Ausencia

Decisiones pequeñas

Decisiones pequeñas.

El error más común es pensar que las decisiones importantes se sienten grandes. Daniel lo descubrió una mañana cualquiera, mientras elegía una camisa frente al clóset abierto. Azul o gris. Manga larga o corta. Nada que importara realmente. Y aun así, tardó más de lo normal. No porque dudara de la ropa, sino porque su cuerpo seguía reaccionando como si cada elección pudiera desencadenar algo irreversible. Se puso la azul. Se arrepintió inmediatamente. No por la camisa, sino por la sensación de haber elegido mal sin saber por qué. En el camino al trabajo, el semáforo tardó más de lo habitual. Daniel apoyó la frente contra el volante. Sintió de nuevo ese sudor frío en la espalda, el pulso acelerado sin motivo aparente. Pensó en Adrián, sí, pero no como recuerdo central. Pensó en él como se piensa en una palabra que está a punto de decirse y se queda atrapada en la garganta. Podría hablar. Podría no hacerlo. Esa era la libertad que tenía. Y también su condena.

Clara tomó una decisión distinta ese día. Aceptó una invitación que normalmente habría rechazado. Café con gente que no conocía del todo. Conversaciones superficiales. Risas forzadas. Lo hizo porque necesitaba demostrarse que seguía siendo capaz de estar presente en una habitación sin sentir que algo la observaba desde dentro. Al principio funcionó. Escuchó historias ajenas. Opinó sobre temas que no le importaban. Bebió más café del recomendable. Durante un rato, incluso olvidó la tensión constante en los hombros. Hasta que alguien mencionó, sin mala intención, la palabra ausencia. No como concepto profundo. Como una queja trivial. Un asiento vacío en una reunión. Un compañero que no apareció.

Clara sintió el vello erizarse en los brazos. Una reacción instantánea. Automática. Como si su cuerpo hubiera decidido que esa palabra ya no era neutral. Sonrió. Asintió. Nadie notó nada. Pero el café le supo amargo de pronto.

Laura, por su parte, decidió hacer algo bueno. No grande. No heroico. Algo sencillo: acompañar a una amiga al hospital para una consulta rutinaria. Sala de espera. Sillas incómodas. El sonido constante de un televisor mal sintonizado. Laura se ofreció a ir por agua. A sostener la bolsa. A escuchar. Mientras esperaba, observó a las personas a su alrededor. Algunas parecían tranquilas. Otras tensas. Todas cargando algo invisible. Pensó que nadie entra a un hospital completamente ligero, aunque no esté enfermo. Sintió una punzada breve en el pecho. No dolor. Memoria corporal. Pensó en Adrián de nuevo. Pensó en cómo habría reaccionado él ante un lugar así. Pensó en si habría dicho algo inapropiado para aliviar la tensión. Pensó en si habría sabido quedarse en silencio. Ese pensamiento fue suficiente para marearla levemente. Se apoyó contra la pared. Cerró los ojos unos segundos. Nadie lo notó. Nadie tenía por qué hacerlo. Ahí está el punto donde la historia se vuelve incómodamente humana: no porque algo terrible ocurra, sino porque la vida sigue ocurriendo al mismo tiempo. Daniel cometió un error esa tarde. Nada grave. Nada visible. Dejó un documento abierto en su escritorio más tiempo del debido. No lo leyó nadie. O eso creyó. Pero el simple hecho de haberlo dejado ahí lo acompañó el resto del día como una comezón bajo la piel.

Clara hizo algo parecido: evitó una llamada. Vio el nombre. Dejó que sonara. Se dijo que devolvería la llamada más tarde. No lo hizo.

Laura, en cambio, eligió hablar. Solo un poco. Solo lo suficiente para aliviar la presión. Dijo una frase vaga. Inofensiva. Algo que no comprometía a nadie. Pero incluso las frases vagas dejan rastro.




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