Ausencia

Donde nadie dice lo que piensa

Donde nadie dice lo que piensa.

El pueblo estaba llena esa noche. No por una razón específica. No por una celebración oficial. Simplemente uno de esos fines de semana en que todo coincide: clima templado, sueldos recién pagados, la necesidad colectiva de olvidar algo que nadie menciona. Las calles vibraban. Bocinas impacientes. Risas que salían de los bares. Música filtrándose desde puertas entreabiertas. El aire estaba cargado de olores: cerveza derramada, comida frita, humo dulce.

Daniel caminaba entre la gente con una sensación incómoda de desajuste, como si estuviera fuera de ritmo. Todo avanzaba rápido. Demasiado rápido para alguien que sentía cada paso como una decisión. El bar estaba casi lleno cuando entró. Luces bajas. Mesas apretadas. Conversaciones superpuestas. Un refugio ruidoso donde nadie esperaba pensar. La vio de inmediato.

Clara estaba sentada cerca de la barra, de perfil, girando el vaso entre los dedos. No parecía buscar a nadie. Tampoco parecía querer estar sola. Su postura era rígida, como si llevara demasiado tiempo esperando algo que no terminaba de ocurrir. Daniel dudó. Se acercó.

—Hola —dijo, elevando la voz lo justo para atravesar el ruido.

Clara levantó la vista. Sonrió, pero no con sorpresa. Con reconocimiento. Como si hubiera sabido que ese encuentro iba a suceder, aunque no cuándo. Hablaron de cosas simples. Demasiado simples. El trabajo. El bar. La música demasiado alta. El calor que empezaba a sentirse incluso dentro. Afuera, una ráfaga de viento golpeó las ventanas, sacudiendo los anuncios luminosos. Adentro, nadie pareció notarlo. Cada frase era una maniobra. Cada silencio, una oportunidad que nadie tomaba. Daniel notaba cómo Clara evitaba ciertos temas con una precisión casi quirúrgica. Ella, a su vez, percibía cómo él se adelantaba a justificar cosas que ella no había cuestionado.

—¿Has dormido bien? —preguntó ella, de repente.

La pregunta cayó con un peso extraño.

—Más o menos —respondió Daniel, tras una pausa mínima, pero significativa.

No preguntó por qué. Ella no insistió. La incomodidad no era visible. No se notaba desde afuera. Pero estaba ahí, entre ellos, ocupando el espacio como una tercera presencia. En una mesa cercana, un grupo celebraba algo. Brindaban, reían, chocaban vasos con descuido. Una pareja discutía en voz baja, tensa, sin darse cuenta de que todos podían sentir la electricidad entre ellos. Un camarero empujaba entre la multitud con una bandeja llena, esquivando cuerpos como si fuera parte del paisaje. La vida seguía. Y eso, para Daniel, era lo más perturbador.

—A veces pienso —dijo Clara, mirando su vaso— que recordamos las cosas según lo que necesitamos creer.

Daniel sintió un leve sudor recorrerle la espalda. No frío. Cálido. Inquietante.

—¿Tú crees? —respondió, cuidando el tono.

—Sí —dijo ella—. No porque mintamos. Sino porque… no siempre podemos cargar con todo.

Daniel asintió lentamente. Demasiado lentamente. El viento volvió a soplar afuera, esta vez acompañado por un trueno lejano. Nadie parecía alarmado. El clima había cambiado sin aviso, como cambian las cosas importantes.

Clara se levantó primero.

—Me voy —dijo—. Mañana trabajo temprano.

Daniel también se puso de pie. Pagó la cuenta sin mirarla. Se quedaron frente a frente un segundo más de lo necesario.

—Cuídate —dijo ella.

No fue una despedida casual. Sonó a advertencia. Cuando Clara salió, la multitud la absorbió de inmediato. Daniel se quedó un momento más, inmóvil, sintiendo el ruido del bar como una presión constante en el pecho. Habían estado juntos. Habían hablado. Y, sin embargo, no se habían dicho nada

La mañana siguiente llegó sin dramatismo. Ese fue el primer problema. Daniel despertó con la sensación de haber olvidado algo importante. No un objeto, no una cita. Algo más difícil de nombrar. Permaneció unos segundos mirando el techo, escuchando los sonidos habituales de la casa: el refrigerador, un auto pasando a lo lejos, una puerta cerrándose en algún departamento vecino. Todo seguía igual. Demasiado igual. Mientras se preparaba café, repasó mentalmente la noche anterior. No buscaba errores, se dijo. Solo intentaba entender por qué sentía esa presión en el pecho, como si hubiera dejado una conversación inconclusa en el punto exacto donde ya no se puede volver atrás. Clara no había dicho nada comprometedor. Él tampoco. Y aun así, algo se había roto. En el trabajo, Daniel notó cambios mínimos en sí mismo. Revisaba correos dos veces. Cerraba ventanas que siempre dejaba abiertas. Se sorprendió observando a la gente más de lo necesario, preguntándose —sin razón concreta— qué tanto sabían, qué tanto notaban. Ese pensamiento lo incomodó.

¿Desde cuándo creo que alguien me observa?

Clara, por su parte, caminaba por la ciudad con una atención nueva. No nerviosa, sino selectiva. Notaba rostros. Gestos. Conversaciones fragmentadas que antes habrían pasado como ruido de fondo. En una parada de autobús, escuchó a dos personas mencionar el nombre de Adrian. Fue casual. Apenas una referencia. Nada importante. Y aun así, su cuerpo reaccionó antes que su mente: un leve mareo, el pulso acelerado, los dedos apretándose contra la correa del bolso. No se giró. No preguntó. Pero la sospecha se instaló como una astilla.

Laura fue la primera en admitirlo, aunque solo para sí misma: ya no creía en las coincidencias. No después del “casi accidente”. No después de los silencios cuidadosamente colocados. Empezó a unir puntos sin dibujar el mapa completo. Observó quién llamaba a quién. Quién evitaba ciertos temas. Quién parecía saber cuándo detener una conversación justo antes de volverse peligrosa. Y ahí apareció una idea que no quería aceptar:

Tal vez no todos están buscando lo mismo.

Daniel pensó en Clara varias veces ese día. No con reproche. Con una duda suave, persistente. Se preguntó qué había querido decir realmente con aquella frase sobre la memoria. Si era una reflexión general… o un mensaje dirigido. Cada posibilidad llevaba a una conclusión distinta. Ninguna lo tranquilizaba. Clara, mientras tanto, abrió su cuaderno de notas y se quedó mirándolo sin escribir. Había listas, fechas, nombres. Pero ahora sentía que cualquier cosa nueva que agregara podría inclinar la balanza hacia un lugar del que ya no podría volver. Por primera vez desde la desaparición de Adrian, consideró seriamente algo que hasta entonces había evitado:




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