Ausencia

La forma exacta del error

La forma exacta del error.

Durante casi dos días, Daniel creyó que había hecho lo correcto. No fue una certeza eufórica ni un alivio pleno, sino algo más modesto, casi doméstico: la sensación de haber puesto una pieza en su lugar. Dormía mejor. No bien, pero mejor. El insomnio dejó de ser una pelea frontal y se volvió una negociación cansada. Se despertaba varias veces en la madrugada, sí, pero ya no con el corazón desbocado, sino con esa resignación tibia de quien acepta que algunas noches no están hechas para descansar. La ciudad también parecía colaborar con esa ilusión de control. El tráfico fluía. El cielo se mantenía gris, sin amenazas. La gente caminaba con prisa, ajena, ocupada en problemas que no tenían nombre propio ni pasado compartido. Daniel observaba todo eso desde fuera, como si hubiera recuperado una distancia que creyó perdida desde la desaparición de Adrián. Incluso Clara lo notó.

—Te ves distinto —dijo una tarde, sin mirarlo directamente—. No mejor… distinto.

Daniel sonrió, apenas. No quiso explicarle nada. No porque desconfiara de ella, sino porque explicar implicaba fijar los recuerdos, darles una forma definitiva, y todavía no estaba listo para eso. Había aprendido —a fuerza de errores— que los recuerdos, cuando se verbalizan demasiado pronto, se endurecen. Se vuelven inamovibles. Y si después resultan estar mal, el golpe es doble. La decisión que había tomado era pequeña. Razonable. Había seguido una línea lógica: un lugar, una hora aproximada, una conversación que recordaba con claridad. Nada heroico. Nada impulsivo. Solo un paso más hacia adelante. Y durante cuarenta y ocho horas, todo pareció confirmar que ese paso había sido correcto. Hasta que no lo fue. El error no llegó como una revelación. No hubo frases lapidarias ni llamadas urgentes. No apareció nadie diciendo “eso nunca pasó”. El error se deslizó con la suavidad de una corrección sin intención, como suelen hacerlo las cosas verdaderamente graves. Fue un detalle administrativo. Una fecha. Daniel estaba sentado en una cafetería —una de esas que parecen iguales en todas las ciudades— revisando unas notas cuando escuchó la conversación en la mesa contigua. Dos empleados hablaban de turnos, de horarios cruzados, de un cambio que había ocurrido semanas atrás. Una de las fechas mencionadas coincidía exactamente con el día que Daniel estaba convencido de haber visto a Adrián por última vez. Sintió primero el sudor. Una línea fría recorriéndole la espalda, como si alguien hubiera abierto una ventana invisible detrás de él. Luego, una presión en el pecho. No dolor: peso. Un peso sordo, insistente. Intentó ignorarlo. Se dijo que era casualidad. Que la mente busca patrones incluso donde no los hay. Que estaba cansado. Que llevaba meses mirando el pasado como quien examina una herida, esperando que cambie. Pero la incomodidad no se fue. Al contrario: empezó a acomodarse dentro de él. Pagó y salió sin terminar el café. Afuera, el ruido del tráfico le resultó excesivo. Cada claxon era demasiado cercano. Cada voz, invasiva. Caminó sin rumbo claro durante varias cuadras, tratando de reconstruir mentalmente aquella última escena con Adrián. La conversación. El tono. La ropa. El lugar exacto donde estaban sentados. Todo seguía ahí… pero ahora había algo nuevo: una sensación de ligera desalineación, como si el recuerdo estuviera un par de centímetros fuera de lugar. No lo suficiente como para descartarlo. Pero sí lo suficiente como para desconfiar.

Daniel se detuvo frente a un semáforo. El rojo tardó más de lo normal. O tal vez fue su percepción. Sintió un mareo breve, apenas un vaivén, y tuvo que apoyar la mano en un poste para estabilizarse. Pensó en Adrián. Pensó en lo fácil que había sido aceptar ese recuerdo como cierto. En lo cómodo que resultaba creer que, al menos esa parte, estaba clara. Y entonces entendió lo verdaderamente inquietante:

Si ese recuerdo era incorrecto, no solo había tomado una mala decisión. Había tomado decisiones basadas en una mentira fabricada por su propia mente. El semáforo cambió a verde. La gente cruzó. Daniel tardó un segundo más en reaccionar. Esa noche no habló con nadie. No llamó a Clara. No escribió. No corrigió nada. Se limitó a sentarse en su departamento, con las luces apagadas, escuchando los sonidos del edificio: tuberías, pasos lejanos, una televisión encendida en algún piso superior. La calma seguía ahí. Pero ahora tenía grietas. Y Daniel supo, con una certeza incómoda, que no estaba más cerca de Adrián. Estaba más lejos. Porque lo peor no era no saber qué había pasado. Lo peor era empezar a comprender que tal vez nunca supieron realmente nada.

Daniel descubrió algo inquietante esa mañana: mentir no siempre requería palabras. Bastaba con no ajustar un detalle, no corregir una frase, no fruncir el ceño cuando alguien afirmaba algo que ya no encajaba del todo. El silencio, entendió, podía ser una forma elegante de traición. Incluso hacia uno mismo. Se miró al espejo mientras se afeitaba. La hoja tembló apenas al pasar por la mandíbula. No lo suficiente como para cortarse, pero sí como para recordarle que su cuerpo sabía cosas que su mente aún estaba tratando de ordenar. La duda seguía ahí. No había crecido. Tampoco se había ido. Era una presencia estática, como un objeto olvidado en medio de una habitación: no estorbaba al caminar, pero obligaba a rodearlo siempre. Cuando se reunió con los demás —Clara, Marcos y Elisa— notó algo nuevo en sí mismo: una vigilancia constante de sus propias reacciones. Medía los gestos, calculaba silencios, ensayaba expresiones neutras. No quería confirmar ni negar nada. No todavía.

—Entonces —dijo Marcos—, si eso fue así, Adrián tuvo que pasar por ahí después de las diez.

Daniel asintió. Ese gesto fue el primero. Un movimiento mínimo. Casi automático. Pero irreversible.

Clara lo observó por un segundo más de lo habitual. No dijo nada. Daniel sintió un leve cosquilleo en la nuca, como si su piel reaccionara antes que su conciencia. Bajó la mirada, fingiendo revisar su teléfono. El plan siguió avanzando. Pequeño. Lógico. Razonable. Exactamente como el anterior.




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