Ausencia

Lo que no cioncidía

Lo que no coincidía

Laura se dio cuenta por algo estúpido. Tan pequeño que, durante varios minutos, intentó convencerse de que no merecía atención. Estaba sola en la cocina, revisando mensajes antiguos en el teléfono. No buscaba nada en particular. Solo desplazaba el dedo por la pantalla, dejando que el pasado pasara sin detenerse demasiado en ningún punto. Fechas. Horas. Frases sin peso. Hasta que una la obligó a frenar. No era el contenido del mensaje. Era la hora. 22:43. Laura frunció el ceño. No porque recordara exactamente ese momento, sino porque esa hora no pertenecía a la historia que ahora contaban. No encajaba con la versión que, sin darse cuenta, todos habían aceptado.

—No puede ser… —murmuró.

Volvió atrás. Leyó el mensaje completo. “Ya llegué. Luego hablamos.” Nada especial. Nada revelador. Pero la hora seguía ahí. 22:43. Si la decisión se había tomado por la mañana —como ahora decían—, ese mensaje no tenía sentido. Y si se había tomado por la noche, entonces la cronología que Daniel había “ordenado” empezaba a desarmarse.

Laura apoyó el teléfono sobre la mesa como si quemara. Intentó recordar el contexto. El cansancio. El ruido. Quién estaba con quién. Pero el recuerdo no acudió con nitidez. Solo una sensación vaga, como tratar de reconstruir una habitación a partir del eco.

—Da igual —se dijo—. Es solo un mensaje.

Siguió revisando. Encontró otro. 23:01. Luego otro más. 23:17. Ninguno decía nada importante. Pero todos compartían algo inquietante: pertenecían a una noche que, según la versión actual, ya no debía importar. Laura sintió un cosquilleo incómodo en la nuca. No miedo. No aún. Era otra cosa: la sensación de estar pisando una baldosa floja y no saber cuándo va a ceder. Cerró el teléfono. No llamó a nadie. No escribió al grupo. No confrontó a Daniel. Todavía no. Porque admitirlo en voz alta implicaba algo que no estaba lista para aceptar: que alguien había simplificado el pasado, y que ella misma había agradecido esa simplificación. Más tarde, cuando se encontró con Daniel, lo observó con una atención nueva. No buscando culpa. Buscando grietas.

—¿Dormiste bien? —le preguntó.

—Sí —respondió él—. Mejor que otros días.

Laura asintió.

—Me alegro.

Pero mientras lo decía, su mente seguía anclada en esos números: 22:43, 23:01, 23:17. Como si fueran coordenadas de un lugar al que ya no sabían volver. Esa noche, al acostarse, no pudo dormir enseguida. No porque tuviera respuestas. Sino porque ahora tenía una pregunta correcta. Y eso era peor. Porque las preguntas correctas no se disuelven con el tiempo. Se quedan. Se repiten. Cambian de forma. Y Laura empezó a sospechar que no era la única que había notado algo. Solo que, como ella, los demás todavía no se atrevían a decirlo.

No fue una fecha esta vez. Fue un lugar. Adrián —o mejor dicho, el recuerdo de Adrián— siempre había estado asociado a ese sitio sin discusión. Era una certeza cómoda, repetida tantas veces que había dejado de cuestionarse. Daniel lo sabía. Clara lo sabía. Laura lo había aceptado. Por eso, cuando Bryan pasó frente al local, sintió una incomodidad que no supo explicar de inmediato. Había ido ahí por costumbre. Nada más. Un desvío automático al volver del trabajo, como si el cuerpo recordara mejor que la mente. El lugar estaba abierto, con la luz blanca encendida y el ruido habitual escapándose por la puerta. Se detuvo. No entró. Algo en la fachada le resultó extraño. No nuevo. No cambiado. Familiar… pero mal ubicado.

Bryan cerró los ojos un segundo e intentó reconstruir la escena que todos compartían: Adrián apoyado en la barra, el ruido de fondo, la conversación interrumpida. Lo había contado así muchas veces. Lo había escuchado así aún más. Pero al intentar ponerlo en ese espacio exacto, la imagen no encajó.

—No fue aquí —murmuró.

La frase le salió sin intención, casi como un reflejo. Abrió los ojos.La certeza no llegó. Pero la duda ya estaba instalada. Entró. Pidió algo sin ganas y se sentó en una mesa lateral. Desde ahí, observó el lugar con atención clínica, como si buscara un detalle que justificara su incomodidad. La disposición de las mesas. La distancia entre la barra y la puerta. El ángulo desde el que se veía la calle. No. Nada coincidía con la escena que tenía en la cabeza. El recuerdo insistía, pero el espacio lo rechazaba. Bryan sintió una presión leve en el pecho. No ansiedad. No miedo. Era más bien la sensación de haber repetido una mentira tantas veces que había olvidado comprobarla. Pagó y salió sin terminar la bebida. Esa noche, cuando se reunieron, Bryan habló poco. Escuchó más de lo habitual. Dejó que los demás llenaran los silencios con versiones ya ensayadas.

—Todo fue bastante claro —dijo Daniel en algún momento—. Puede que confuso, pero claro.

Bryan lo miró. No con desafío. Con curiosidad.

—¿Claro dónde? —preguntó.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo?

—Dices “claro” como si el lugar no importara —continuó Bryan—. Pero siempre lo hemos dado por sentado.

Clara levantó la vista.

—¿Qué lugar? —preguntó.

Bryan dudó. Ese fue el momento exacto en el que pudo callar.

—Ese —dijo finalmente—. El sitio donde lo vimos por última vez.

El silencio volvió. No abrupto. No tenso. Expectante.

—Siempre fue ahí —respondió Laura—. ¿No?

Bryan se encogió de hombros.

—Eso decimos —contestó—. Pero hoy estuve ahí… y no me cuadró.

Daniel sintió el impulso inmediato de cerrar la conversación.

—Estás sobre pensando —dijo—. Con el tiempo, los recuerdos se deforman.

Bryan asintió.

—Sí —aceptó—. Eso pensé.

Pero no sonaba convencido. Porque había algo distinto en esa incongruencia: no dependía de la memoria, sino del espacio físico, y el espacio no suele mentir de la misma forma que la mente. Nadie discutió más. Nadie quiso profundizar. Pero cuando se separaron, cada uno se llevó una sensación incómoda distinta:




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