Sueños
El problema no fue que alguien recordara algo distinto. Eso ya había pasado antes. El problema fue que el recuerdo apareció donde no debía. Daniel estaba en la cocina, con el teléfono apoyado contra la encimera, cuando recibió la notificación. Un mensaje en el grupo que llevaba semanas en silencio. Bryan había escrito.
¿Alguien sabe por qué en el registro del bar aparece Adrián?
Daniel sintió el primer tirón en el estómago. No pánico. Algo peor: desajuste. Abrió el mensaje con calma, como si el cuerpo no hubiera reaccionado antes que la mente. Bryan continuó:
Fui hoy. Pregunté por casualidad. El encargado nuevo no sabía nada, pero el viejo sí. Dijo que Adrián estuvo ahí la última noche.
Daniel cerró los ojos. El bar. No lo había considerado porque no era un recuerdo. Era un registro. Un dato externo. Algo que no dependía de la memoria de nadie. Escribió de inmediato. Eso no tiene sentido. El encargado puede estar confundido. El mensaje quedó leído, sin respuesta. Daniel apoyó ambas manos en la encimera. Sintió el sudor frío en la espalda, ese que aparece cuando el cuerpo entiende algo antes que la razón: esto no se arreglaba con palabras.
Minutos después, Laura escribió.
¿Qué registro?
Bryan respondió rápido.
Una libreta. Tienen anotaciones de clientes habituales. No nombres completos, pero sí iniciales. “A.” coincide con la fecha.
Daniel sintió cómo el ajuste empezaba a tensarse, como una tela demasiado estirada. Escribió despacio.
“A.” puede ser cualquiera.
Esta vez, Clara reaccionó.
Pero esa noche solo éramos nosotros…
Silencio. Daniel notó el pulso en el cuello. Cada latido parecía marcar una pregunta que nadie quería formular.
—No —dijo en voz baja, solo.
Se levantó de la silla. Caminó por el departamento sin rumbo. Pensó en llamar. En intervenir de forma directa. En corregir. Pero cualquier movimiento brusco ahora dejaba huella. El problema no era el recuerdo del bar. Era que el ajuste dependía de que nadie buscara pruebas fuera de sí mismo. Y Bryan había salido a buscar. El teléfono vibró otra vez. Mensaje privado. De Bryan.
Tú dijiste que estaba confundido. Pero ¿y si no lo estaba?
Daniel tardó en responder. Demasiado. Cuando finalmente escribió, eligió la frase más neutra posible.
La memoria nos traiciona a todos.
Bryan leyó. No contestó.
Daniel dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó. Por primera vez desde hacía mucho, sintió algo cercano al miedo, pero no por lo que pudiera salir a la luz, sino por algo más íntimo: el ajuste ya no estaba bajo su control. Porque los recuerdos podían moldearse. Las personas, quizá. Pero los rastros externos no obedecían. Y cuando eso ocurre, no se rompe de golpe. Empieza a resistirse.
Clara no fue a buscar nada. Eso era lo importante. No salió de casa pensando en Adrián, ni en Daniel, ni en la conversación del día anterior. Salió porque necesitaba caminar. Porque el aire dentro del departamento se había vuelto espeso, como si cada objeto guardara una versión distinta del pasado. El cielo estaba bajo. Gris sin amenaza de lluvia. Ese tipo de día que no promete nada, pero tampoco lo niega. Caminó sin rumbo hasta que reconoció el letrero del bar antes de darse cuenta de que había llegado ahí. Se detuvo. No entró de inmediato. El lugar estaba casi vacío. Una mesa ocupada al fondo. Música baja. Nada que invitara a quedarse, nada que empujara a huir. Entró porque no había razón para no hacerlo. Se sentó cerca de la barra. Pidió lo primero que se le ocurrió. Mientras esperaba, apoyó el bolso en la silla contigua. El cierre estaba roto desde hacía meses; siempre se abría solo. Metió la mano para acomodar las cosas. Y entonces lo tocó. El papel era más grueso de lo normal. No era un recibo ni una nota suelta. Lo sacó sin pensar. Una servilleta doblada. No recordó haberla guardado. La abrió con cuidado, como si el gesto importara. Había una letra conocida. No perfectamente legible, pero sí reconocible. Inclinada hacia la derecha. Presionada de más en algunas partes, como si quien escribía hubiera apretado el bolígrafo con rabia o prisa. No leyó todo de golpe. Leyó por partes.
“…no me gusta este lugar…”
Clara sintió un escalofrío leve, como si alguien hubiera pronunciado su nombre en voz baja. Siguió.
“…pero dijeron que aquí sería más fácil…”
El ruido del bar desapareció por un segundo. No se dio cuenta de que había dejado de respirar hasta que tuvo que inhalar de golpe. Al final, una frase incompleta.
“…si mañana no…”
Nada más. No había firma. No había fecha. Pero no hacía falta. Clara dobló la servilleta otra vez. Las manos le temblaban, apenas. No de miedo. De reconocimiento. Adrián odiaba ese lugar. Eso lo sabían todos. O eso creían. Pagó sin terminar la bebida. Salió sin mirar atrás. Caminó dos cuadras antes de darse cuenta de que estaba llorando, pero sin lágrimas. Solo con esa presión en el pecho que aparece cuando algo encaja demasiado tarde. No llamó a Daniel. No llamó a nadie. Por primera vez desde la desaparición, no quiso compartir lo que sabía. Porque entendió algo con una claridad incómoda: Si esa servilleta había estado todo ese tiempo en su bolso, si ella la había llevado sin recordarlo, entonces no solo Daniel había estado ajustando cosas. Todos lo habían hecho. Y ahora, algo había sobrevivido al ajuste. Algo pequeño. Frágil. Pero real. Clara siguió caminando. Con el hallazgo doblado contra el cuerpo, como si pudiera desaparecer si lo soltaba.
Daniel aún no sabía nada. Y cuando lo supiera, ya sería tarde para corregirlo sin romper algo más.
Clara no dijo nada al día siguiente. Ni al siguiente. No fue una decisión consciente. No se despertó pensando “voy a ocultarlo”. Simplemente ocurrió así: cada vez que estuvo a punto de hablar, algo en su cuerpo se lo impidió. Como si la frase no encontrara salida. Guardó la servilleta en un libro que no estaba leyendo. Uno viejo, de tapas blandas, que había sobrevivido a varias mudanzas sin cumplir ninguna función real. La colocó entre dos páginas al azar. No marcó el lugar. No quería poder encontrarla fácilmente. El secreto no debía ser cómodo. Durante el día, hizo todo lo que siempre hacía. Trabajó. Respondió mensajes. Caminó por calles conocidas. Pero algo había cambiado en la forma en que miraba a los demás, como si ahora observara desde un punto ligeramente desplazado. Daniel la llamó por la tarde.