Ausencia

Lo que se decide en silencio

Lo que se decide en silencio

Daniel no pudo dormir. No por la libreta. Por lo que significaba.La tenía en la cabeza como si aún la sostuviera con las manos: el peso exacto, el sonido de las hojas, la letra de Bryan reclamando un lugar que ya no tenía. “No es por terquedad. Es porque así fue.” La frase regresaba sola. Como si no fuera un recuerdo, sino una acusación. Se levantó antes del amanecer. No encendió la luz. No quería ver su propia sombra. En la cocina, el reloj marcaba las 4:17. Pensó en lo absurdo de seguir contando horas cuando lo único que importaba era qué versión sobrevivía. No odiaba a Bryan. Eso era lo peor. Lo había querido. Por eso lo había hecho desaparecer del relato.

—Si esto sale —se dijo—, todo vuelve a empezar.

Y no se refería a la historia. Se refería al dolor. A las miradas largas. A las preguntas sin respuesta. A Clara dudando. A Laura reconstruyendo escenas que ya no coincidían. Se sentó. Cerró los ojos. Recordó el día en que acordaron la versión. No fue una imposición. Fue una rendición colectiva. “Así duele menos.” Eso fue lo que pensaron. Pero ahora existía una prueba de que alguien no había aceptado del todo. La libreta no era peligrosa por lo que decía. Era peligrosa porque estaba escrita antes del acuerdo. No era una traición. Era una memoria intacta. Y eso la volvía incompatible.

Daniel se levantó. Fue al lugar donde la habían guardado. No hizo ruido. No porque temiera ser descubierto, sino porque necesitaba que el acto pareciera inevitable, no dramático. Sacó la caja. Abrió la tapa. Ahí estaba. La libreta no parecía importante. No pesaba. No brillaba. No gritaba. Eso la hacía peor. La sostuvo. Pensó en devolverla. Pensó en dejarla ahí. Pensó en decírselo a Clara. Pensó en Bryan. Y sintió algo que no había sentido antes: miedo de sí mismo.

—No es borrar —susurró—. Es proteger.

La abrió por la primera página. Leyó dos líneas. Cerró los ojos. Y entonces hizo algo distinto: Arrancó una hoja. Solo una. La primera. No destruyó la libreta. La mutiló. Como si eso bastara para torcer la verdad sin desaparecerla del todo. Rasgó despacio. El sonido fue mínimo. Pero dentro de su pecho fue como un golpe seco. La hoja quedó en su mano. La dobló. La guardó en el bolsillo. Dejó la libreta donde estaba. No completa. No limpia. Alterada. Cuando regresó a su cuarto, se sentó en la cama. Sintió algo nuevo: no alivio, no culpa, sino una tensión constante. Como si ahora tuviera que recordar dos versiones a la vez: la pública y la que llevaba doblada en el bolsillo.

—Si nadie lo sabe… —murmuró— no cambia nada.

Pero su cuerpo no le creyó. Horas después, Clara entró a la cocina. Lo miró raro.

—¿No dormiste?

—No mucho.

—Soñé con páginas —dijo ella—. Con hojas sueltas.

Daniel bajó la mirada.

—Los sueños no importan.

Clara lo observó.

—Antes decías eso de los recuerdos.

Él no respondió. Porque entendió algo tarde: No estaba defendiendo la historia, estaba defendiéndose a sí mismo de lo que había hecho Y eso era más frágil. Mucho más.

Clara llevaba tres días sintiendo que algo estaba fuera de lugar. No era una frase. No era un recuerdo. No era una imagen clara. Era una sensación. Como cuando una habitación está ordenada, pero sabes que alguien movió un objeto.

Daniel hablaba igual. Se sentaba igual. Incluso sonreía igual. Pero había perdido algo. La pausa. Antes, cuando dudaba, se quedaba callado. Ahora respondía rápido. Demasiado rápido.

—¿Te acuerdas de Adrián? —preguntó Laura desde el otro lado de la mesa.

Daniel no levantó la vista.

—Claro.

Clara notó el microsegundo. Ese espacio mínimo entre la palabra y el tono.

—¿De qué Adrián hablas? —añadió Laura.

Daniel alzó los ojos.

—Del que… ya no está.

Clara sintió el tirón interno. No por la respuesta. Por lo que no dijo. Antes siempre aclaraba: “del que se fue” o “del que nos dejó”

Ahora solo: “el que ya no está” Como si hubiera más de una forma de no estar. Clara bebió agua. No intervino. Se odió un poco por eso. Más tarde, sola en su cuarto, revisó mentalmente los últimos días.

Daniel:
no preguntaba
– no corregía
– no reconstruía

Solo afirmaba.

Como alguien que ya eligió versión. Y eso la asustó. Pensó en Bryan. Pensó en la libreta. Pensó en Adrián. Tres ausencias distintas. Tres formas de romper la historia. Se levantó y fue al pasillo. Vio a Daniel sentado en la cama, con la espalda encorvada, mirando el suelo. No parecía culpable. Parecía cansado.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

Otra respuesta rápida. Clara se apoyó en el marco de la puerta.

—Últimamente… no dudas.

Daniel levantó la cabeza.

—¿De qué?

—De nada —dijo ella—. Eso es lo raro.

Él la miró largo. Por primera vez en días, no respondió de inmediato.

—No sirve dudar —dijo al fin—. Solo empeora las cosas.

Clara sintió que algo se cerraba. Como una puerta interna. No discutió. No lo acusó. No preguntó más. Solo pensó: Daniel ya no recuerda para entender. Recuerda para sostener algo. Y eso no era memoria. Era defensa. Esa noche escribió una frase en una hoja suelta:

“Cuando alguien deja de dudar, ya decidió qué verdad necesita.”

No sabía qué haría con eso. Pero entendió que ya no estaba observando un error. Estaba viendo una elección.

Clara no dijo nada cuando salió de casa. Ni a Laura, ni a Daniel, ni a nadie. No era una decisión valiente; era una decisión silenciosa. Como todo lo que hacía últimamente. El recuerdo la había golpeado esa mañana con una violencia extraña: una imagen incompleta, una frase sin dueño, una sensación de haber estado en un lugar que ya no existía. No era un recuerdo nuevo. Era uno que, de pronto, parecía haber cambiado. Y eso era peor. Caminó hasta el viejo edificio donde habían pasado tantas tardes juntos. No porque esperara encontrar algo concreto, sino porque necesitaba comprobar si el mundo todavía coincidía con lo que llevaba en la cabeza. La puerta seguía allí. Las escaleras también. Pero el pasillo… no. Donde ella recordaba una pared con marcas de humedad, ahora había una capa de pintura reciente. Donde juraba que había una puerta cerrada con llave, ahora había un cuadro colgado, torcido. Se detuvo. Sintió ese malestar específico que no viene del miedo, sino de la duda. El cuerpo reconoce cuando algo no encaja, aunque la mente todavía no sepa decir por qué. Avanzó despacio, tocando la pared con los dedos, como si así pudiera arrancarle una versión anterior. Cerró los ojos un momento e intentó reconstruirlo: la conversación, las risas nerviosas, el silencio incómodo después. Pero no pudo. Era como intentar recordar un rostro después de muchos años: quedaban los gestos, pero no la forma exacta.




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