Ausencia

Insomnio

Insomnio

Clara no pudo dormir. No por ruido. No por miedo. Por la sensación de que había visto algo romperse y no había hecho nada. La escena de Bryan con Laura se le repetía como un error matemático: algo no cuadraba, pero nadie lo quería resolver. Se levantó antes que los demás. Buscó a Bryan. No estaba en su habitación. Lo encontró en el patio, sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando nada.

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

Bryan tardó en reaccionar.

—Sí.

Era una respuesta automática.

—No parecías bien ayer.

Él no contestó.

—Laura no quiso escucharte —dijo Clara—. Pero eso no significa que estés loco.

Bryan levantó la vista.

—¿Entonces qué significa?

Clara dudó. Ahí estaba su oportunidad: callar, como siempre… o cruzar una línea.

—Que alguien quiere que te sientas así.

Bryan frunció el ceño.

—¿Quién?

Clara pensó en Daniel. No dijo su nombre.

—No lo sé —mintió—. Pero no es casual.

Bryan respiró hondo.

—Yo… siento que algo me falta. Como si me hubieran quitado un pedazo.

Clara se sentó frente a él.

—Tal vez no te lo quitaron. Tal vez lo escondieron.

Bryan la miró con intensidad.

—¿Tú crees eso?

Ella asintió. Y en ese gesto pequeño, Clara cometió su primer error real. Porque Bryan no necesitaba sospecha. Necesitaba certeza.

—Entonces no soy el problema —dijo él.

Clara dudó.

—No… no creo que lo seas.

Bryan se puso de pie.

—Entonces tengo que saber qué pasó.

—Bryan, despacio…

—No —la interrumpió—. Si todos actúan como si nada, alguien miente.

Clara sintió que el control se le escapaba.

—Solo… no vayas a hacer algo sin pensar.

Bryan no respondió. Se alejó. Clara se quedó sola con una sensación nueva: no de alivio, sino de haber encendido algo que no sabía apagar. Más tarde, Daniel la encontró en la cocina.

—Te ves cansada —dijo.

—No dormí.

—Eso nos pasa a los que pensamos demasiado.

Clara lo miró fijamente.

—¿Qué le pasa a Bryan?

Daniel ladeó la cabeza.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque está peor.

Daniel sonrió leve.

—Eso no depende de mí.

Clara sintió frío.

—Tú sabes algo.

—Todos sabemos algo —respondió él—. Lo difícil es recordar qué.

Clara tragó saliva.

—Yo no quiero que alguien se rompa.

Daniel se acercó un poco más.

—Entonces no lo empujes.

Clara entendió tarde la frase. En la tarde, Bryan no regresó con el grupo. Dejó solo su cuaderno sobre la mesa. Dentro había una frase escrita muchas veces: Si lo recuerdo, duele. Si no lo recuerdo, también. Clara cerró el cuaderno. Por primera vez desde que todo empezó, no se sintió solo testigo. Se sintió responsable.

Clara no pudo dormir. No por ruido. No por miedo. Por la sensación de que había visto algo romperse y no había hecho nada. La escena de Bryan con Laura se le repetía como un error matemático: algo no cuadraba, pero nadie lo quería resolver. Se levantó antes que los demás. Buscó a Bryan. No estaba en su habitación. Lo encontró en el patio, sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, mirando nada.

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

Bryan tardó en reaccionar.

—Sí.

Era una respuesta automática.

—No parecías bien ayer.

Él no contestó.

—Laura no quiso escucharte —dijo Clara—. Pero eso no significa que estés loco.

Bryan levantó la vista.

—¿Entonces qué significa?

Clara dudó. Ahí estaba su oportunidad: callar, como siempre… o cruzar una línea.

—Que alguien quiere que te sientas así.

Bryan frunció el ceño.

—¿Quién?

Clara pensó en Daniel. No dijo su nombre.

—No lo sé —mintió—. Pero no es casual.

Bryan respiró hondo.

—Yo… siento que algo me falta. Como si me hubieran quitado un pedazo.

Clara se sentó frente a él.

—Tal vez no te lo quitaron. Tal vez lo escondieron.

Bryan la miró con intensidad.

—¿Tú crees eso?

Ella asintió. Y en ese gesto pequeño, Clara cometió su primer error real. Porque Bryan no necesitaba sospecha. Necesitaba certeza.

—Entonces no soy el problema —dijo él.

Clara dudó.

—No… no creo que lo seas.

Bryan se puso de pie.

—Entonces tengo que saber qué pasó.

—Bryan, despacio…

—No —la interrumpió—. Si todos actúan como si nada, alguien miente.

Clara sintió que el control se le escapaba.

—Solo… no vayas a hacer algo sin pensar.

Bryan no respondió. Se alejó. Clara se quedó sola con una sensación nueva: no de alivio, sino de haber encendido algo que no sabía apagar. Más tarde, Daniel la encontró en la cocina.

—Te ves cansada —dijo.

—No dormí.

—Eso nos pasa a los que pensamos demasiado.

Clara lo miró fijamente.

—¿Qué le pasa a Bryan?

Daniel ladeó la cabeza.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque está peor.

Daniel sonrió leve.

—Eso no depende de mí.

Clara sintió frío.

—Tú sabes algo.

—Todos sabemos algo —respondió él—. Lo difícil es recordar qué.

Clara tragó saliva.

—Yo no quiero que alguien se rompa.

Daniel se acercó un poco más.

—Entonces no lo empujes.

Clara entendió tarde la frase. En la tarde, Bryan no regresó con el grupo. Dejó solo su cuaderno sobre la mesa. Dentro había una frase escrita muchas veces: Si lo recuerdo, duele. Si no lo recuerdo, también. Clara cerró el cuaderno. Por primera vez desde que todo empezó, no se sintió solo testigo. Se sintió responsable.

La tarde estaba tranquila. Demasiado. Daniel eligió ese momento.

—Bryan —dijo en voz alta, cuando todos estaban en la sala—, ¿puedes venir?

Bryan apareció desde el pasillo.

—¿Qué pasa?

Daniel sostuvo el cuaderno de Bryan entre las manos. Clara se tensó.

—¿Por qué tienes eso?

—Lo dejó en la mesa —respondió Daniel—. Lo abrí sin querer.




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