Ausencia

Elección

Elección

No fue una decisión inmediata. Fue peor: fue lenta. Primero nadie dijo nada. Se quedaron en la sala, cada uno en un extremo distinto, como si Bryan aún pudiera aparecer y ocupar su lugar.

—No va a salir —dijo Laura al fin.

—Déjenlo —respondió Marcos—. Se le pasará.

Daniel miraba el teléfono.

—¿Y si no?

Silencio. Clara se sentó en el suelo, apoyando la espalda en el sillón.

—No debimos leer eso.

—No debimos fingir que no existía —replicó Daniel—. Ya viste cómo reaccionó.

—Porque lo expusiste.

Daniel la miró.

—Porque tú dudaste.

Eso la atravesó. Laura se levantó.

—No podemos seguir como si nada. Si mañana viene alguien… si pregunta por él…

—Diremos que no está —dijo Daniel.

—¿Así de simple?

—Así de necesario.

Marcos se pasó la mano por el rostro.

—¿Y si vuelve a decir esas cosas? ¿Que no confía? ¿Que ocultamos algo?

Daniel habló despacio:

—Entonces tendremos que demostrarle que no puede confiar.

Clara alzó la vista.

—¿Qué significa eso?

Daniel no respondió de inmediato. Se levantó, fue hasta la mesa y tomó el cuaderno que Bryan había dejado olvidado.

—Esto no puede quedarse.

—Es suyo —dijo Laura.

—Es peligroso.

Clara se puso de pie.

—No.

Daniel la miró fijo.

—¿Prefieres que vuelva a leerlo en voz alta mañana?

Nadie contestó. Daniel fue hacia la cocina. El sonido del fregadero llenó la casa. Clara caminó detrás.

—No hagas eso.

Daniel abrió el grifo.

—Es papel.

—Es su cabeza.

Daniel no la miró.

—Entonces es mejor vaciarla.

Las hojas se mojaron. La tinta empezó a correrse. Clara sintió náuseas.

—Esto está mal.

—Todo está mal —respondió Daniel—. Él ya no está con nosotros.

Laura apareció en la puerta.

—¿Qué haces?

—Evito que vuelva.

Marcos llegó después.

—¿Y si pregunta por su cuaderno?

Daniel lo apretó contra el fondo del fregadero.

—Diremos que lo perdió.

El agua lo deshacía. Clara se llevó la mano a la boca.

—No somos así.

Daniel cerró el grifo.

—Lo somos desde que lo dejamos solo.

Nadie dijo nada más. Cuando terminaron, la cocina olía a papel mojado. Volvieron a la sala. Se sentaron en los mismos lugares. Como si nada. Como si Bryan nunca hubiera escrito. Como si nunca hubiera estado. La puerta de su cuarto seguía cerrada. Nadie tocó. Esa noche hicieron un pacto sin nombrarlo: No hablar de él. No buscarlo. No explicar nada. Y en ese silencio compartido, algo se selló. No fue una traición abierta. Fue peor. Fue una eliminación lenta. Y en algún lugar, detrás de una puerta cerrada, Bryan seguía respirando… sin saber que ya había sido borrado.

Bryan salió de su habitación cuando la casa ya estaba en silencio. No había dormido. No había pensado con claridad. Solo había escuchado. El murmullo lejano del agua en la cocina. Los pasos. Las voces bajas. No entendió qué hacían, pero entendió que hablaban de él. Caminó despacio hasta la mesa. Su cuaderno no estaba. Se quedó quieto, esperando que apareciera si miraba mejor. Revisó el sillón. El respaldo de la silla. El suelo. Nada. Fue a la cocina.El fregadero estaba húmedo. Había restos de tinta en el fondo, como una sombra diluida. Bryan apoyó las manos en el borde. No necesitó preguntar. La imagen se le armó sola: las hojas, el agua, la tinta corriendo. Sintió un calor subirle por el pecho, como una quemadura lenta. Regresó a la sala. Ellos estaban ahí. Clara, Laura, Marcos… y Daniel.

—¿Dónde está mi cuaderno? —preguntó.

Nadie respondió enseguida.

—¿Dónde está? —repitió.

Laura miró al suelo. Marcos se frotó el cuello. Clara abrió la boca y la cerró. Daniel habló:

—No era bueno para ti.

Bryan lo miró.

—¿Lo tiraste?

—Lo destruimos.

La palabra cayó como algo sólido.

—¿Quién decidió eso?

Silencio.

—¿Quién? —insistió.

—Fue lo mejor —dijo Daniel—. Esas cosas te estaban haciendo daño.

Bryan rió. No de alegría. De incredulidad.

—¿Y qué te hizo pensar que podías tocarlo?

—Porque estabas perdiendo el control.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Ahora ya estoy bien?

Nadie respondió. Bryan miró a Clara.

—Tú sabías.

Ella asintió apenas.

—No supe cómo detenerlo.

—No lo intentaste.

Clara sintió que le faltaba el aire.

—Yo…

—No digas nada —la cortó Bryan—. Ya lo dijiste ayer.

Miró a Laura.

—¿Tú también?

Laura murmuró:

—No queríamos empeorar las cosas.

—Las empeoraron.

Daniel dio un paso al frente.

—Bryan, tienes que entender que…

—No —lo interrumpió—. Yo tengo que entender que ya no confían en mí.

Daniel sostuvo su mirada.

—Confiar no es permitir que te pierdas.

—¿Y borrar lo que siento sí?

Daniel no respondió. Bryan respiraba rápido.

—Ese cuaderno era lo único que tenía para no olvidarme de mí.

Clara dio un paso hacia él.

—Bryan, por favor…

—No te acerques.

Ella se detuvo.

—¿Saben qué es lo peor? —dijo él—. Que ahora no tengo cómo saber si lo que recuerdo era verdad… o si ustedes la borraron.

Nadie pudo contradecirlo.

—No me quitaron un cuaderno —continuó—. Me quitaron una versión de mí mismo.

Se dio la vuelta.

—No vuelvan a decir que lo hacen por mí.

Entró a su habitación y cerró la puerta con seguro. La casa quedó muda. Clara se sentó despacio. Laura se llevó las manos al rostro. Marcos miraba la pared. Daniel fue el único que siguió de pie.

—Era necesario —dijo.

Clara lo miró.

—No.

—Si seguía así, nos iba a arrastrar a todos.

—No —repitió—. Tú lo arrastraste primero.

Daniel apretó los labios.

—Alguien tenía que elegir.

Clara sintió frío. No por Bryan detrás de la puerta. Sino por la idea que acababa de entender: Ya no se trataba de proteger recuerdos. Se trataba de decidir quién podía tenerlos. Y quién no.




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