Repetición
Daniel no gritó. Eso fue lo que más inquietó a Clara. Habló como quien da instrucciones simples.
—Tenemos que decidir algo —dijo—. Ahora.
Laura aún tenía los ojos rojos.
—¿Decidir qué?
—Si vamos a usar eso —señaló el cuaderno— para destruirnos… o para cerrar esto.
—¿Cerrar qué? —preguntó Marcos.
—El ciclo.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—Eso es exactamente lo que dijiste antes.
—Porque sigue siendo cierto.
Daniel se sentó.
—Escuchen… No quería borrar a nadie. Quería que no nos hundiéramos con ellos.
—¿Y quién decide quién hunde? —preguntó Clara.
Daniel tardó.
—La mayoría.
Esa palabra cayó pesada.
—Entonces Bryan perdió porque estaba solo —dijo Laura.
—Bryan perdió porque no supo soltar —respondió Daniel.
—O porque nadie lo sostuvo —dijo Clara.
Silencio. Daniel respiró hondo.
—Si sacamos esto a la luz… si decimos que dudamos de lo que recordamos… no queda nada firme.
—Tal vez eso es lo real —dijo Marcos—. Que nunca fue firme.
Daniel negó con la cabeza.
—Eso nos deja sin historia.
—Nos deja sin mentira —corrigió Clara.
Daniel se levantó.
—No entiendes lo que haces.
—Sí —dijo ella—. Entiendo que quieres salvar una versión aunque tenga que perder personas.
Laura habló, por primera vez con dureza:
—Ya perdimos demasiadas.
Daniel la miró.
—¿Entonces qué quieren? ¿Que todo se vuelva incierto? ¿Que nadie sepa qué pasó con Bryan? ¿Que Adrián sea solo un hueco?
Clara dio un paso al frente.
—Quiero que dejemos de fingir que no duele.
Daniel la miró como si eso fuera una traición.
—Eso no es vivir. Eso es recordar.
Daniel apretó los dientes.
—Si aceptamos tu versión… esto no se sostiene.
—Entonces que no se sostenga —dijo Clara.
El aire se tensó. Daniel habló bajo:
—Si haces esto… rompes el grupo.
Clara respondió:
—El grupo se rompió cuando empezamos a elegir a quién olvidar.
Nadie habló. Nadie corrigió. Marcos tomó su chamarra.
—Yo no voy a seguir fingiendo.
Laura dudó. Miró a Daniel. Luego a Clara.
—Yo tampoco.
Daniel sintió que algo se le iba. No personas. Control.
—Si salen… no van a poder volver a decir que somos los mismos.
Clara lo miró con tristeza.
—Nunca lo fuimos.
Salieron. La puerta se cerró. Daniel quedó solo. Por primera vez, sin versión común. Se sentó. Abrió el cuaderno. Lo miró largo rato. Y entendió algo que no había querido aceptar: No estaba salvando recuerdos. Estaba construyendo un refugio donde no entraba el dolor. Pero tampoco entraba nadie más.
Clara no sabía a dónde ir. Caminaron sin hablar. Laura iba detrás. Marcos unos pasos más lejos, como si no quisiera estorbar. Se sentaron en una banca del parque. El mismo donde Bryan escribía. Nadie lo dijo. Pero todos lo pensaron.
—Si lo decimos en voz alta… —empezó Laura— ¿se vuelve real?
Clara miró al suelo.
—Ya lo es.
Marcos respiró hondo.
—Yo creí que me estaba volviendo loco.
—Yo también —dijo Laura—. Creí que exageraba.
Clara los miró.
—No exageraban. Nos acostumbramos a no preguntar.
El viento movió las hojas.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Laura.
—Recordar mal —dijo Clara—. Pero recordar nosotras.
Marcos se rió sin humor.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
Silencio. Laura rompió a llorar.
—Yo no quería que se fueran.
—No se fueron —dijo Clara—. Nosotras dejamos de sostenerlos.
Laura negó.
—Eso es peor.
Marcos miró el cielo.
—Si Adrián desaparece… —dijo de pronto— ¿quién lo va a notar?
Clara lo miró alarmada.
—Tú no.
—No me refiero a mí —dijo él—. Me refiero al Adrián que ya no está en sus historias.
Clara entendió.
—Lo vamos a nombrar.
—¿A quién? —preguntó Laura.
—A los dos.
Laura dudó.
—¿Y si eso duele?
—Entonces dolerá —respondió Clara—. Pero no se va a borrar.
Se quedaron en silencio un momento más.
—Bryan odiaba este lugar —dijo Laura—. Decía que aquí la gente fingía ser feliz.
Clara sonrió triste.
—Y aquí venimos a despedirnos.
—No se muere nadie —dijo Marcos.
—Sí —respondió Clara—. Muere la versión cómoda.
Laura respiró hondo.
—Entonces… ¿esto es una despedida?
Clara negó.
—Es un reconocimiento.
Se levantaron. No abrazaron. No prometieron nada. Solo dijeron:
—Bryan. Adrián.
Los nombres quedaron en el aire. No como recuerdos editados. Como heridas aceptadas. Cuando se fueron, Clara sintió algo extraño: No alivio. No cierre. Presencia. Como si al fin… hubieran dejado de desaparecerlos.