Despedida
Daniel los vio desde lejos. No se acercó. Los observó sentados en la banca, como si nada hubiera pasado. Como si no se hubieran ido. Como si él no se hubiera quedado atrás. Sintió algo parecido al rechazo… pero más lento. Como si ahora fuera él el que no encajaba en la versión nueva. Clara fue la primera en notarlo.
—Está ahí.
Laura volteó. Marcos también. Daniel dudó antes de acercarse. No sabía qué decir. No tenía versión preparada.
—No vine a discutir —dijo—. Solo… no quiero que esto quede así.
Clara lo miró sin dureza. Eso fue peor.
—Ya quedó.
—No —respondió Daniel—. Quedó distinto.
Silencio. Laura habló:
—¿Sabes qué es lo peor?
Daniel negó.
—Que ahora sí duele.
—Eso querías evitar —dijo Marcos.
—Sí —admitió Daniel—. Y fallé.
Clara respiró hondo.
—No fallaste en evitar el dolor. Fallaste en decidir por todos.
Daniel miró al suelo.
—Yo creí que si nadie preguntaba… nadie se iba.
—Pero se fueron igual —dijo Laura.
Daniel levantó la mirada.
—¿Entonces qué quieren hacer ahora?
Clara tardó en responder.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada que se parezca a antes.
Daniel sintió el vacío.
—¿Y Bryan?
Clara apretó los labios.
—No va a volver.
—¿Y Adrián?
Marcos habló:
—Estoy aquí.
—Pero no como antes —dijo Clara.
Daniel entendió. No era un reencuentro. Era un límite.
—Entonces… ¿esto es el final?
Laura negó.
—Es lo que queda.
Daniel quiso decir algo más. Pero no encontró palabras que no sonaran a corrección. Se alejó. Mientras caminaba, escuchó que Clara decía:
—No volvamos a hacer eso.
—¿El qué? —preguntó Laura.
—Actuar como si alguien se fuera solo porque es más fácil.
Daniel se detuvo un momento. Sintió algo que no esperaba: alivio. Y miedo. Porque si ya no podían borrar a nadie… entonces el grupo iba a doler siempre. Y entendió algo tarde: la memoria no destruye personas. Las decisiones sí.
Clara empezó a notarlo por cosas pequeñas. No por una ausencia. Por un silencio. En el grupo nuevo —el que quedó después— había una chica que hablaba poco. Se llamaba Eva. No discutía. No dudaba. Solo escuchaba. Y un día, dejó de ser tomada en cuenta. No porque hiciera algo mal. Sino porque no hacía ruido.
—¿Eva dijo algo? —preguntó Clara una vez.
Laura negó.
—No.
Marcos tampoco.
—Creo que no estaba —dijo.
Pero Clara la había visto. Sentada. Callada. Presente. Esa noche, Clara no pudo dormir. Pensó en Bryan. En Adrián. En Daniel. En cómo todo empezó así: no con una pelea sino con una omisión. Al día siguiente, buscó a Eva. La encontró en el mismo lugar donde siempre se sentaba.
—¿Te has sentido rara estos días? —preguntó Clara.
Eva dudó.
—Un poco… como si estorbara.
Clara sintió frío.
—¿Por qué?
Eva se encogió de hombros.
—No sé. Nadie me pregunta nada. Es como si… ya no importara lo que diga.
Clara apretó los labios.
—Eso importa.
Eva la miró sorprendida.
—¿De verdad?
Clara asintió.
—Sí.
Caminaron juntas un rato. Clara no explicó todo. No habló de Bryan. Ni de Adrián. Ni de Daniel. Solo dijo:
—A veces, cuando un grupo se cansa de algo… deja de verlo.
Eva frunció el ceño.
—¿Y qué pasa con lo que deja de ver?
Clara respondió sin pensar:
—Empieza a desaparecer.
Eva se detuvo.
—Eso da miedo.
Clara también se detuvo.
—Sí. Porque nadie lo decide en voz alta.
Esa noche, Clara escribió algo en una hoja suelta:
No desaparecemos cuando nos vamos.
Desaparecemos cuando ya no somos nombrados.
La dobló. La guardó en su mochila. No para salvar a todos. Solo para no volver a fingir. Al día siguiente, en el grupo, dijo:
—Eva estaba ayer.
Laura la miró.
—¿Ayer?
—Sí. Y hoy también.
Marcos entendió. No dijo nada. Pero asintió. No era una solución. Era una resistencia mínima. Pero era suficiente para que el patrón no se sintiera invisible. Clara pensó entonces: Tal vez no se puede impedir que alguien sea olvidado. Pero sí se puede elegir no ser quien empieza.