Aquí estoy de nuevo, tumbado en mi habitación
hundido en la oscuridad de mis pensamientos
por lo que hice o dejé de hacer en algún momento.
Envidiando a los demás, sintiendo que yo soy el problema,
que no he puesto el mismo esfuerzo
para conseguir lo que anhelo.
Me dejé llevar por las adicciones,
olvidé mis metas, mis planes de futuro.
Sé que me falta disciplina, constancia,
que debo perder el miedo al riesgo.
Pero como el perdedor que me he vuelto,
le he echado la culpa a las circunstancias,
al ambiente en que me tocó nacer.
Ha llegado el momento de reconocer mi miseria,
de aceptar que lo que he sufrido
no se compara con lo que han padecido otros;
comparado con ello, lo mío no es nada.
Esto no es una reflexión,
sino una autocrítica para mi yo débil.
De pie, lenta pero firme,
mi mirada desafía lo que yace por delante.
La vida cuesta demasiado,
pero lo más duro es llegar a viejo
hundido en recuerdos nostálgicos de lo que no logré.
Y es verdad que trabajamos mucho para morir,
¿qué más da si no tenemos valor para vivir,
para disfrutar de este regalo que es el existir?
Sentir lo lindo de amar y ser amado,
dar gracias por cada segundo,
no retroceder en el camino:
mañana será mejor.