Autora de la muerte.

Capítulo VI

Inglaterra

—Que extraño se siente volver a casa. Mira lo mucho que ha cambiado. —Dice una risueña Jade sacando la cabeza por la ventana.

Emma miró hacia un costado notando lo mucho que Inglaterra cambió durante el tiempo que estuvo en Francia. No sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado, pero estaba segura que los años le marcaron el cuerpo sin que se diera cuenta. En su interior sentía nervios y preocupación debido a que dejó Francia a manos de sus sirvientes, el peso de lo que responsabiliza ocultar un secreto. Sin embargo sabía que ellos con la experiencia que tienen gracias a que, durante sus momentos en donde ejercía sus actos de violencia , los tres miraban con tal admiración que no cabe duda que ante su ausencia ellos podrían seguir sus mismos pasos sin ningún problema. Además había dejado todo a cargo de Gabriel que lleva prácticamente juntos una cuarta parte de su vida encaminados de la mano. Entonces Emma al ver sus alrededores tomó aire y lo soltó en un gran suspiro de tranquilidad, después de todo estaba de viaje con su mejor amiga de la infancia.

A unas par de leguas se encontraba la mansión de los padres de Jade. Era casi similar a la suya pese a que, cuando ambas amigas se juntaban para jugar, los hombres de las dos familias pasaban el tiempo juntos, casi como hermanos, así que de lejos se podría decir que ambas mansiones fueron construidas al mismo tiempo. De todas las cualidades de ser y de vivir que ambas jóvenes tenían, había una que las diferenciaba por completo, era que a Jade le gustaba las rosas, cosa que a Emma les desagradaba por completo. No las odiaba pero no le gustaba ese aroma tan dulzón, también a Emma piensa que la originalidad era el éxito de la vida por lo que siempre quiso tratar de ser alguien distintiva de lo común.

Los padres de Jade ya estaban en la puerta cuando la carroza había hecho su parada. Ambas chicas bajaron y sintieron sus piernas estirarse después de muchas horas de viaje por lo que llegar a los brazos de los mayores. fue una tarea casi pesada. Los padres de Jade conocidos como Señora Gloria y Señor Charles Agreste, abrazaron tan fuerte a sus niñas que por la estatura y los preciosos cuerpos, les hacía ver que eran unas mujeres totalmente fuertes. Emma siempre sintió que los padres de su amiga la trataban como si fuera hija propia ya que parte de su infancia, ellos siempre estuvieron allí, incluso cuando los padres de Emma sentían cierto desprecio hacia ella.

—Mis niñas...la hemos extrañado mucho.—Dijo la madre de Jade abrazando fuertemente a las jóvenes.

Emma vió en como los mayordomos de la casa salían a buscar el equipaje de ellas, y fue justo en el momento en donde ella vio en cómo un joven mayordomo tocaba su valija, en donde allí estaban los cuchillos especiales que había traído. Emma en la vida siempre se ha sentido insegura de sí misma y de todo su alrededor por lo que siempre lleva una arma consigo.

—Oh, eso es mío. Yo lo llevaré.—Dijo ella tomando de la mano del joven para quitarle la bolsa, y pues claro, con una sonrisa encantadora.

—Siempre tan reservada con tus cosas, no has cambiado casi en nada—dijo el señor Agreste antes de desviar la mirada hacia Jade—. Hija, muéstrame tus manos.

Ambas jóvenes se miraron extrañas cuando fue entonces que se dieron cuenta el porque ante aquel pedido: El padre de Jade quería saber si había un anillo. Él siempre quiso que su hija se casara con un hombre que la mereciera, y durante todo el tiempo en que el teniente Felix apareció en Francia, Jade se encargó de mandarles periódicamente cartas a su padre para hacerle saber lo enamorada que estaba.

—Papá, aún no hay anillo.—Dijo ella risueña.

—¿En serio que no? ¿Cuánto tiempo más quiere ese joven?

—No hay indicios de ser...su mujer aun. Sólo es un amor pasajero.

—¿¡Qué!? ¿¡Cómo es eso posible!? ¡Mi hija con un hombre que no se sabe qué hacer! ¡Ya debiste haberte casado!

—Ya papá, sabes que siempre me ha gustado esperar a que mi amor verdadero se aparezca. No me molestaría en absoluto esperar por él. Ya que creo... que es el indicado.

Emma dentro suyo sentía un pequeño remordimiento. Nunca le ha gustado la arrogancia de Felix puesto que parece ser de esos hombres que les gusta jugar con las mujeres. Sólo Emma sabe cuantas veces él le ha ocultado la mano izquierda a Jade por algo y también las sospechas de que es alguien casado nunca se le irá de la cabeza. Asimismo, sólo las letras de Emma saben cuantas veces Felix ha estado en la lista, pero luego piensa en Mills y por último mira en Jade, por el momento no sería capaz de quitarle unas de las cosas que le hace feliz. No obstante no significa que sus ojos no estén puestos sobre él ante cualquier mínimo error que cometa con su amiga. Ama a Jade de una manera que no es comprensible para cualquiera, es por eso que se haría cargo de quién la lastimase.

—Ya déjala, papá, nuestra Jade es muy grande para que le estés diciendo siempre lo que debe hacer por los hombres—Dijo interfiriendo la madre de Jade, tocando el brazo de su esposo mientras que miraba con cierto orgullo a su hija—. Bueno, volviendo a nuestros asuntos, cielo, recuerda que dejaste al señor al Fontaine en tu despacho esperando por tí.

—¡Oh, es cierto! Este viejo se anda olvidando de cosas muy importantes. Por favor mis hermosas niñas, relajense que ya están en casa. Emma querida, luego ve hacia mi despacho tengo cosas de que hablar contigo.

—Está bien señor Charles.—Respondió Emma haciéndole una pequeña reverencia y dándole una sonrisa cariñosa. El señor Charles fue el padre que nunca pudo tener.

—Ustedes vendrán conmigo, hay cosas que quiero hablar. Más que nada contigo, mi preciosa Emma, ¿Cómo te sientes?—Habló tomando los brazos de las jóvenes para comenzar a llevarlas hacia las escaleras que iban al segundo piso. Estaba atenta a cada paso y respiración de Emma porque la había extrañado tanto como a su hija—. Ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te ví. Has crecido, mírate, te has vuelto en una hermosa mujer.




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