Nueva York, 2012
El humo empezaba a disiparse lentamente sobre la ciudad. Las sirenas resonaban por todas partes mientras policías, bomberos y equipos de socorro corrían en todas direcciones ayudando a los civiles heridos. Las calles estaban cubiertas de escombros, edificios semidestruidos y restos de criaturas caídas. Los cuerpos mutilados de los Chitauri, junto con sus armas, yacían regados entre pedazos de metal y concreto.
El olor era insoportable. Los cadáveres alienígenas se descomponían a una velocidad alarmante, liberando un hedor desconocido. Funcionarios de salud, equipados con trajes improvisados, los recogían con palas y los arrojaban dentro de grandes contenedores, alejándolos lo más posible de los sobrevivientes. Nadie sabía qué tipo de enfermedades podían portar aquellos cuerpos, ni qué mutaciones eran capaces de generar al contacto con la atmósfera terrestre. No existía manual médico para una invasión extraterrestre.
Mientras las autoridades intentaban restablecer el orden, otro grupo, mucho más discreto, se movía entre los callejones oscuros y las zonas menos vigiladas. No llevaban emblemas del gobierno ni uniformes oficiales. Trabajaban rápido, en silencio, recogiendo restos de tecnología alienígena que habían quedado abandonados tras la batalla.
Guardaban cada fragmento en bolsas reforzadas de distintos colores, clasificándolos con precisión casi quirúrgica. Evitaban tocar directamente cualquier superficie; sabían que un solo error podía ser fatal.
Fue entonces cuando ella apareció.
Una joven, pequeña de aspecto débil y demacrado, avanzaba con movimientos calculados. El casco oscuro del traje que usaba ocultaba la mayor parte de su rostro, pero sus ojos —fríos y concentrados— seguían cada destello entre los escombros. Se detuvo cuando vio algo semienterrado bajo una lámina retorcida de metal: un fragmento curvado de un arma Chitauri, aún pulsante con restos de energía violácea.
Miró alrededor.
Nadie la observaba.
La joven extendió la mano con cautela… y tomó el fragmento. Lo guardó con rapidez dentro de su traje, en un compartimento que no pertenecía al equipo oficial.
Un ruido detrás de ella la hizo tensarse.
—¡Oye! —la voz de un hombre resonó con fuerza—. ¡Tú, la del fondo! ¡Deja de perder el tiempo y tráeme las bolsas rojas, ahora!
Ella giró apenas la cabeza, lo suficiente para ver a un superior observándola desde unos metros, impaciente. El hombre no había visto nada… o quizá no le pareció importante.
—Ya voy —respondió ella, modulando la voz para sonar neutral.
Cerró el compartimento oculto con un clic casi inaudible.
Su respiración se aceleró por un instante, pero sus pasos se mantuvieron firmes. Tomó las bolsas indicadas y se unió al resto del equipo, como si nada hubiera ocurrido.
Nadie allí sabía que ese pequeño fragmento alienígena —escondido entre los pliegues de su traje— no solo cambiaría su destino, sino que alteraría el rumbo del mundo entero.
En cuestión de minutos, el grupo desapareció tan silenciosamente como había llegado, llevándose consigo piezas de tecnología que, en manos equivocadas, podrían definir el futuro de la humanidad.
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Editado: 01.08.2026