Nick Fury avanzaba por los pasillos de S.H.I.E.L.D. con paso firme, su gabardina negra ondeando detrás de él a cada movimiento. A su lado caminaba María Hill, su mano derecha y agente de absoluta confianza. Ambos guardaban silencio, conscientes de que tenían un asunto urgente que atender: nada menos que una reunión solicitada directamente por el presidente.
Habían recibido la llamada desde Washington unos minutos antes, exigiendo la presencia de S.H.I.E.L.D. y de los Vengadores con carácter de emergencia.
Hill ya había contactado al equipo, y todos estaban en camino.
Lo que no comprendía era la razón de tanta prisa. Habían pasado cuatro días desde el ataque de Loki y, aunque la ciudad seguía siendo un caos, los organismos de rescate trabajaban sin descanso. Equipos de reconstrucción reparaban edificios, y las fuerzas militares, la CIA y el FBI coordinaban la ayuda a los sobrevivientes. Incluso con todo ese apoyo, a Nueva York le tomaría al menos cinco meses recuperarse por completo.
Para los ciudadanos, todo había cambiado.
Ahora sabían que no estaban solos en el universo, y la amenaza de nuevos invasores era real. Los Vengadores eran un equipo excepcional, sí, pero no podían estar en todas partes. El planeta era demasiado grande y el próximo ataque podría darse en el lugar más inesperado.
Fury lo sabía… y lo temía.
Tenía un plan en mente, pero desarrollarlo no era sencillo. Necesitaba hablar con Stark, convencerlo de financiar una parte del proyecto. Pero antes, debía atender al presidente.
—Señor, el Zephyr One está listo para abordar —informó Hill, sacándolo de sus pensamientos al llegar a la pista de despegue—. Si salimos ahora, estaremos allá en cuarenta y cinco minutos. Una hora como máximo.
—Bien. Solo espero no llegar despeinado ante el presidente —comentó Fury con un sarcasmo apenas marcado.
Hill esbozó una leve sonrisa.
—Los demás nos alcanzarán allá —concluyó Fury.
—Señor, estamos listos para despegar —anunció el agente Grant Ward mientras se acercaba con paso rápido. Hizo una señal a los pilotos, que respondieron al instante encendiendo los motores. El rugido de la aeronave creció, llenando el ambiente con un estruendo ensordecedor.
—Gracias, agente Ward. Vuelva a encargarse de la búsqueda y rescate de los civiles afectados. Manténgame informado de cualquier novedad —ordenó Fury mientras subía al Zephyr y ajustaba su gabardina—. No quiero sorpresas.
Ward asintió, y Fury cerró la puerta tras asegurarse de que Hill ya estaba dentro.
La nave comenzó a elevarse lentamente. El Zephyr One rugió mientras los motores despejaban la pista, levantando una enorme ráfaga de aire que hizo volar polvo, papeles y hojas alrededor. Grant Ward entrecerró los ojos ante la fuerza del viento, manteniéndose firme mientras observaba a la aeronave ganar altura con majestuosa precisión.
La sombra del jet pasó sobre él.
Ward alzó la vista, siguiendo la silueta que se perdía entre las nubes.
Luego, con un movimiento automático, llevó dos dedos a su oído y activó el comunicador.
—Objetivo en movimiento —murmuró con voz baja y controlada—. Procedan según lo acordado. Nadie debe saber lo que encontramos en Nueva York.
Bajó la mano lentamente, sin apartar la mirada del cielo.
Y apenas sonrió.
Como si supiera que todo estaba a punto de complicarse.
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El sonido de las noticias llenaba la habitación, repitiendo una y otra vez las imágenes de la Batalla de Nueva York. Edificios a punto de colapsar, hospitales repletos de heridos y equipos de rescate trabajando entre los restos de naves Chitauri. Melany cambió de canal varias veces, pero todos mostraban lo mismo desde distintos ángulos. Ya estaba cansada de ver las mismas escenas… aunque había una parte que nunca le aburría: los Vengadores en acción.
Thor aparecía levantando su martillo entre los escombros y Melany se quedaba ahí, embobada. Una belleza que sí parecía digna de un dios nórdico.
Y Loki… bueno, Loki estaba completamente trastornado, pero aun así tenía un magnetismo extraño. A pesar de las imágenes borrosas, la gente ya había hecho ilustraciones de ambos. El Capitán América también era atractivo, claro, pero a Melany no terminaba de llamarle la atención.
Demasiado perfecto… demasiado correcto. Aburrido. Para gustos, colores, pensó.
—¡MELANY, A COMER! —gritó su madre desde la cocina.
Resopló con fastidio, tanteó con los pies las sandalias debajo del escritorio y volvió a escuchar:
—¡APÚRATE, QUE SE TE VA A ENFRIAR!
—¡YA VOY! —respondió, levantándose mientras intentaba domar su cabello negro y ondulado.
Bajó las escaleras arrastrando los pies. En la mesa había tortillas, frijoles, arroz… y algo más a lo que no le prestó atención, porque su mirada se fue directo a Bruno, el enorme pitbull de color café canela, que justo en ese instante estaba haciendo popó en la mitad del comedor, a un lado de donde ella se iba a sentar.
—¡No mames! ¿Quién dejó la puerta del patio abierta? ¡Este perro baboso se cagó en todo el comedor, mamá! —dijo Melany tapándose la nariz ante el olor asqueroso que invadía el aire.
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Editado: 20.08.2026