En algún restaurante del centro de honduras; El calor de la cocina era constante.
Sartenes chisporroteando, el golpe seco de los cuchillos sobre la tabla, órdenes cortas que se cruzaban entre vapores y olores intensos. Cristhofer se movía con cuidado entre las estaciones, concentrado en no cometer errores. Aún estaba en prácticas, aún tenía que demostrar que merecía estar ahí.
Llevaba el delantal manchado y en su cabeza un gorro, demasiado apretado, la piel morena brillando ligeramente por el sudor. Cada movimiento era preciso, aprendido a fuerza de repetirlo una y otra vez.
Sobre la pared, varios televisores permanecían encendidos.
Nadie les prestaba demasiada atención… excepto él.
Las noticias no dejaban de repetirse: imágenes de edificios dañados, de naves alienígenas destruidas, de personas corriendo entre el caos. Nueva York. Los Vengadores. La ONU.
—Sube el fuego —le indicó el chef sin mirarlo—. No te quedes atrás.
—Sí, chef —respondió Cristhofer de inmediato.
Giró la perilla, pero su mirada volvió al televisor.
“Debate internacional sobre la responsabilidad de los llamados Vengadores…”
—Siempre lo mismo —murmuró uno de los cocineros—. Primero los aplauden, luego los quieren meter presos.
Cristhofer no dijo nada.
Recordaba poco de su padre. Tenía apenas tres años cuando murió. Lo que sí recordaba era a su madre trabajando jornadas eternas, sosteniéndolo con esfuerzo y silencios. Nadie había venido a salvarlos entonces. Nadie había pedido permiso para que la vida fuera injusta.
Volvió a cortar verduras, más rápido ahora.
“¿Quién vigila a los vengadores?”, decía una voz en la televisión.
Ellos no estaban vigilando.
Pensó Cristhofer
Estaban defendiendo.
Una olla empezó a hervir con fuerza.
—¡Ojo con eso! —gritó alguien.
Cristhofer reaccionó de inmediato, bajando el fuego, respirando hondo.
No era un héroe.
No tenía poderes.
No estaba en una gran ciudad.
Vivía con su madre en una casa pequeña, en el centro, donde cada peso contaba. Estudiaba lo básico mientras hacía un curso de cocina, soñando con algo sencillo: estabilidad, un futuro donde su madre pudiera descansar un poco.
Pero, aun así, entendía. Entendía lo que significaba ponerse en medio del peligro cuando nadie más podía hacerlo.
Levantó la vista una vez más.
En la pantalla aparecieron los Vengadores entrando a la sala de la ONU.
Expuestos.
Juzgados.
Humanos.
Cristhofer apretó los labios.
—Hicieron lo correcto —murmuró, casi como una promesa—. Aunque el mundo no lo vea.
El chef volvió a pasar junto a él.
—Concéntrate —le dijo—. Aquí no se arregla el mundo.
Cristhofer asintió.
Pero mientras seguía trabajando, sabía que algo había cambiado. Porque, aunque él solo estuviera aprendiendo a cocinar
El mundo ya estaba en llamas.
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S.H.I.E.L.D. – Oficinas centrales
Nivel restringido
Grant Ward permanecía frente a su estación de trabajo, con la espalda recta y el gesto neutro de siempre. Para cualquiera que pasara por allí, no era más que otro agente concentrado en su labor: informes, registros, líneas de código que se desplazaban con normalidad por la pantalla.
Nada fuera de lugar.
Nada que levantara sospechas.
Sus dedos se movían con precisión, introduciendo datos, archivando reportes de recolección, actualizando protocolos de seguridad. Cada acción estaba medida, ensayada. Sabía exactamente qué vería cada supervisor si revisaba su historial.
Normalidad absoluta.
En una de las pantallas laterales, un pequeño recuadro mostraba una transmisión sin sonido: Nick Fury avanzando por los pasillos de la ONU, rodeado por los Vengadores. Grant no apartó la vista de su trabajo, pero cada movimiento quedaba registrado en su mente.
Esperaba.
Siempre había sido bueno esperando.
—Ward —dijo una voz a su espalda.
Grant no se sobresaltó. No giró de inmediato. Terminó de escribir una línea más antes de responder.
—¿Sí?
—¿Alguna novedad del perímetro de recolección? —preguntó el agente Phil, revisando una carpeta.
—Nada fuera de lo esperado —respondió Grant con calma—. Los protocolos se mantienen estables. Sin incidentes.
Era cierto. Desde cierto punto de vista.
El agente asintió y se alejó sin más preguntas. Phil no sospechaba de Grant, habían trabajado durante incontables operaciones, que no desconfiaba de él. Al menos no por ahora.
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Editado: 14.09.2026