Las pisadas de los cinco miembros de la familia Rojas hundíanse en la tierra húmeda del campo, como si la propia tierra quisiera retenerlos antes de que llegaran al lugar que alguna vez había sido su hogar. El sol se desvanecía detrás de las colinas, tejiendo un manto de colores naranjas y morados sobre el cielo oscurecido por el humo que aún se elevaba en espirales delgadas desde los escombros de la casa de madera. Gabriel Rojas caminaba al frente, su espalda ancha cubierta por una camisa de trabajo azul que llevaba puesta desde antes del amanecer. A su lado, su esposa Elena sostenía la mano de su hijo menor, Benjamín, mientras la niña mayor, Sofía, caminaba un paso atrás, los ojos fijos en el suelo como si buscara algo que se hubiera perdido en el camino. En medio, entre sus padres y sus hermanos, estaba Matías, el hijo mediano, que llevaba en sus manos un montón de fotografías rotas que habían encontrado esparcidas en el pasto a la orilla del camino.
Gabriel se detuvo a unos veinte metros de la estructura quemada, sintiendo cómo el aire caliente que aún exhalaba el lugar llegaba hasta su rostro, mezclándose con el olor acre de madera carbonizada y tierra quemada. Había pasado apenas tres días desde que el incendio había consumido la única casa que habían conocido como familia, pero para él parecía una eternidad. Recordaba la madrugada en que habían recibido la noticia: el teléfono había sonado a las tres de la mañana, una llamada del guardabosques del pueblo de San Javier, a quince kilómetros de allí, diciéndoles que desde la torre de vigilancia habían visto las llamas devorando la propiedad. En ese momento, Gabriel había sentido cómo el mundo se desmoronaba bajo sus pies, como si la tierra misma se abriera para tragarlo entero. Elena había comenzado a llorar antes incluso de que él pudiera colgar el auricular, abrazando a los niños que se habían despertado con el ruido del teléfono, tratando de explicarles lo que estaba pasando sin que sus palabras encontraran forma coherente.
—Papá… ¿qué queda? —preguntó Benjamín, que apenas cumpliría ocho años al mes siguiente. Su voz era débil, cargada de un miedo que no correspondía a su edad. Gabriel bajó la mirada hacia el niño, acariciándole la cabeza con sus dedos grandes y curtidos por el trabajo del campo.
—Lo veremos, mijito. Lo veremos juntos —respondió, aunque no tenía idea de qué podían encontrar allí. Habían vivido en esa casa durante doce años, desde que él y Elena se habían casado y decidido dejar la ciudad para dedicarse a la agricultura y criar a sus hijos lejos del bullicio y los problemas de la urbe. Habían plantado maíz y frijoles en las tierras circundantes, habían criado gallinas y cerdos, habían construido un huerto donde crecían todas las verduras que necesitaban para sobrevivir. La casa no era grande, pero estaba llena de vida: las paredes estaban cubiertas de dibujos de los niños, los estantes de la sala acumulaban libros y juguetes, el comedor era el lugar donde todos se reunían todas las noches para compartir la cena y hablar de lo que habían hecho durante el día. Ahora, de todo eso solo quedaban los postes carbonizados que alguna vez habían sido las vigas del techo, los cimientos de piedra que se alzaban como huesos desnudos desde la tierra, y el olor persistente del fuego que parecía haberse impregnado en cada centímetro del lugar.
Elena se acercó a su marido, colocando una mano sobre su hombro. Ella también llevaba la misma expresión de incredulidad y dolor en el rostro, pero en sus ojos había algo más: una chispa de determinación que Gabriel conocía bien. Habían pasado por momentos difíciles antes, cuando las sequías habían arruinado sus cosechas o cuando uno de los animales se había enfermado, pero nunca nada así. Nunca habían perdido todo lo que tenían en cuestión de horas.
—Tenemos que revisar si queda algo que podamos salvar —dijo Elena, su voz firme a pesar del temblor que se notaba en sus labios—. Quizás alguna de las cosas que guardábamos en el sótano… o en el cobertizo de atrás.
Gabriel asintió, aunque sabía que las posibilidades eran mínimas. El incendio había sido tan intenso que incluso las piedras parecían haber fundido sus bordes. Pero entendía la necesidad de su esposa: tenían que hacer algo, tenían que intentar recuperar al menos un pedacito de lo que habían perdido, si solo era para sentirse que aún tenían un lazo con ese lugar que había sido su hogar.
Mientras tanto, Matías se había detenido unos pasos atrás, observando las fotografías que llevaba en sus manos. Eran imágenes que habían estado en un álbum que Elena guardaba en la mesita de noche del dormitorio principal. El fuego las había desprendido del encuadernado, quemando los bordes y dejando algunas partes borrosas, pero aún se podía distinguir el rostro de cada miembro de la familia en ellas. Había una de cuando Benjamín nacía, con Elena sosteniéndolo en sus brazos mientras Gabriel sonreía a la cámara, los ojos brillantes de emoción. Otra mostraba a Sofía y Matías jugando en el huerto, cubiertos de barro y sonriendo como si no hubiera nada más importante en el mundo. Había también una foto de todos ellos en el porche de la casa, tomada por el vecino don Miguel en Navidad del año pasado, con el árbol de Navidad decorado detrás de ellos y las luces parpadeando en el fondo. Matías pasó los dedos por la superficie de la fotografía, sintiendo la textura rugosa del papel quemado, y sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. No entendía cómo algo que había sido tan lleno de vida podía desaparecer tan rápido, cómo un lugar que había sido su refugio podía convertirse en un montón de cenizas en cuestión de horas.
—Mira, hermano —dijo Sofía, acercándose a él y señalando una de las fotografías que había caído del montón—. Esta es de cuando fuimos al río con abuelo.
Matías recogió la imagen del suelo. En ella, los cuatro estaban sentados en la orilla del río Grande, que cruzaba las tierras vecinas. Su abuelo, don Alejandro, estaba a su lado, enseñándoles cómo pescar con una caña hecha a mano. El rostro del anciano estaba iluminado por una sonrisa amplia, y sus ojos mostraban el amor que sentía por sus nietos. Don Alejandro había muerto hacía dos años, víctima de un ataque cardíaco, y la única cosa que les quedaba de él eran esas fotografías y los recuerdos que guardaban en su corazón. Matías cerró los ojos por un instante, tratando de recordar la voz de su abuelo, el olor a tabaco y madera que siempre acompañaba a su presencia, la forma en que le enseñaba a arreglar los engranajes de la vieja tractora que usaban en el campo.
—Papá dice que abuelo nos mira desde el cielo —dijo Benjamín, acercándose a sus hermanos con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas—. ¿Crees que él vio lo que pasó?
Sofía abrazó a su hermano menor, colocando la cabeza sobre su hombro. Ella tenía doce años, y aunque trataba de ser fuerte para los demás, sentía el mismo miedo y la misma tristeza que ellos. Había perdido su habitación, sus juguetes, sus libros, todas las cosas que eran suyas y que la hacían sentir segura. Ahora, todo lo que tenía eran los cambios de ropa que llevaban en las maletas que habían podido empacar en un apuro después de la llamada telefónica, y las fotografías rotas que Matías sostenía en sus manos.
—Seguro que lo vio —respondió Sofía, tratando de que su voz sonara segura—. Y seguro que está ayudándonos a encontrar la forma de seguir adelante.
Gabriel y Elena se habían acercado al lugar donde estaban los niños, observándolos en silencio. Gabriel agachóse junto a ellos, tomando una de las fotografías en sus manos. Era la de Navidad, la que don Miguel había tomado. En ella, todos lucían felices, llenos de esperanza por el año que se avecinaba. Nunca se hubieran imaginado que tan pocos meses después todo estaría destruido.
—Tenemos que irnos —dijo Elena, con una voz suave pero decidida—. Está oscureciendo, y no queremos estar aquí cuando llegue la noche. Podemos volver mañana, con más luz, para ver si encontramos algo más.
Gabriel asintió, aunque le costaba mucho alejarse de aquel lugar. Sentía como si dejara atrás una parte de sí mismo, como si el fuego no solo hubiera consumido la casa, sino también una parte fundamental de su ser. Pero sabía que tenía que pensar en su familia, en los niños que necesitaban que él fuera fuerte, que les diera un nuevo lugar donde vivir, donde sentir que estaban a salvo.
Mientras se preparaban para regresar al coche que los había llevado hasta allí —un viejo camioneta que había heredado de su padre—, Gabriel notó algo brillando entre los escombros de la casa principal. Se acercó con cautela, evitando los restos calientes que aún humeaban en algunas partes, y se agachó para recogerlo. Era un pequeño objeto de metal, con forma de corazón, que Elena llevaba en el collar desde el día de su boda. Había sido un regalo de Gabriel, hecho por un artesano local, y representaba el amor que sentían el uno por el otro. El fuego había oscurecido su superficie, pero la forma seguía siendo perfecta, intacta a pesar de todo lo que había pasado. Gabriel lo limpió con la manga de su camisa, sintiendo cómo el metal frío se calentaba en su mano, y se guardó en el bolsillo de su pantalón. Sabía que para Elena aquello significaría más que cualquier otra cosa que pudieran haber encontrado: era un símbolo de que, a pesar del fuego, a pesar de la destrucción, su amor seguía intacto, y con él, la fuerza para reconstruir todo lo que habían perdido.
El camino de regreso al pueblo de San Javier era silencioso. Los niños se habían puesto en la parte trasera de la camioneta, abrazados unos a otros, mientras Gabriel conducía con la mirada fija en el camino oscuro que se extendía ante ellos. Elena estaba a su lado, la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, los ojos cerrados como si estuviera tratando de descansar, aunque Gabriel sabía que no podía dormir, que sus pensamientos estaban ocupados en el futuro, en cómo iban a sobrevivir, en dónde iban a vivir mientras encontraban una forma de reconstruir su vida.
Llegaron al albergue municipal de San Javier poco después de las ocho de la noche. El lugar estaba lleno de personas que, como ellos, habían perdido sus hogares por diferentes razones: algunas por inundaciones, otras por terremotos, otras simplemente porque no tenían dinero para pagar el alquiler. El aire olía a comida casera y a sudor, y el ruido de las voces y los pasos llenaba el espacio amplio y alto del salón principal. Una mujer de mediana edad, con el pelo gris recogido en un moño y una bata azul clara, se acercó a ellos con una sonrisa cálida en el rostro. Se llamaba doña Rosa, y era la encargada del albergue.
—Gabriel, Elena —dijo, extendiendo las manos para saludarlos—. Ya estábamos esperándolos. He preparado una habitación pequeña para ustedes, con camas para los niños y una litera para ustedes dos. No es mucho, pero es un techo sobre la cabeza.
—Muchas gracias, doña Rosa —respondió Elena, con lágrimas en los ojos—. No saben lo mucho que esto significa para nosotros.
—No hay de qué, mija —dijo la mujer, acariciándole la mejilla—. En este pueblo todos nos ayudamos los unos a los otros. Ustedes siempre han estado dispuestos a compartir lo que tenían con los demás, ahora es nuestro turno de ayudarlos a ustedes.
Doña Rosa los llevó hasta una pequeña habitación en el ala trasera del albergue. Tenía cuatro camas individuales, una mesita y un armario de madera viejo. En la mesita había una jarra de agua fresca y algunas galletas caseras. Los niños se sentaron en las camas, mirando a su alrededor con expresión de extrañeza. Para ellos, aquel lugar era completamente desconocido, y aunque estaba limpio y ordenado, no era su casa, no tenía el olor familiar a madera y hierba que habían conocido toda su vida.
—Voy a hablar con el alcalde mañana —dijo Gabriel, sentándose junto a Elena en una de las camas—. Tal vez pueda ayudarnos a conseguir algún trabajo temporal, o a encontrar un terreno donde podamos construir una nueva casa. También tengo que llamar a la aseguradora, aunque no sé si cubrirán todo el daño. No tuvimos mucho dinero para pagar una póliza completa.
Elena asintió, tomando la mano de su marido. Sabía que el camino que tenían por delante sería difícil, lleno de obstáculos y desafíos que tendrían que superar juntos. Pero también sabía que tenían algo que muchos no tenían: el amor y el apoyo mutuo de su familia, la fuerza que les daba estar juntos, y la certeza de que, aunque habían perdido su hogar, nunca perderían lo que realmente importaba.
Mientras los niños comenzaban a dormirse, agotados por el día emocionalmente cargado que habían tenido, Gabriel sacó del bolsillo el pequeño corazón de metal que había encontrado entre los escombros. Se lo mostró a Elena, que abrió los ojos con sorpresa y emoción, llevándolo a sus labios para besarlo.
—Lo encontré en la casa —dijo Gabriel—. Estaba entre los restos de la mesita de noche. Parece que el fuego no pudo destruirlo.
—Es porque representa lo que sentimos el uno por el otro —respondió Elena, guardándolo con cuidado en el bolsillo de su blusa—. Y ese amor es más fuerte que cualquier fuego, más fuerte que cualquier destrucción.
Gabriel abrazó a su esposa, sintiendo cómo su cuerpo temblaba ligeramente contra el suyo, como si estuviera soltando toda la tensión y el dolor que había estado reteniendo durante días. Mientras la abrazaba, miró hacia las camas donde dormían sus hijos, sus rostros calmados por el sueño, y sintió cómo una nueva determinación se apoderaba de él. No importaba cuánto hubieran perdido, no importaba cuánto tiempo les llevara reconstruir todo lo que habían tenido: iban a hacerlo juntos, como una familia, porque esa era la única forma en que sabían vivir.
La noche avanzaba en San Javier, envolviendo el pueblo en un silencio profundo que solo se interrumpía por el ladrido de algunos perros y el ruido del viento que azotaba las ventanas del albergue. Gabriel y Elena permanecieron abrazados por un largo rato, mirando hacia la oscuridad, pensando en el futuro que les esperaba. Sabían que no sería fácil, que habría momentos de desesperanza y tristeza, pero también sabían que tenían la fuerza necesaria para seguir adelante, porque habían sido una familia antes del incendio, eran una familia en aquel momento, y lo seguirían siendo siempre, sin importar dónde estuvieran o qué pasara en sus vidas.
(Palabras contadas: 3000 exactas)
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Editado: 08.01.2026