Áviamos Sido Una Familia

HUELLAS EN LA TIERRA

ÁVÍAMOS SIDO UNA FAMILIA
El sol se alzaba sobre San Javier con un brillo dorado que bañaba las calles de tierra del pueblo y hacía brillar el agua de los canales que llevaban riego a los campos circundantes. Gabriel despertó antes que nadie, con el peso de las preocupaciones sobre los hombros y la imagen de la casa quemada grabada en su mente. Se deslizó con cuidado fuera de la litera para no despertar a Elena, vestió su camisa de trabajo y salió de la habitación del albergue, cerrando la puerta con suavidad detrás de sí.
El salón principal del albergue estaba vacío salvo por doña Rosa, que estaba arreglando las mesas y preparando el café en una gran cafetera de metal. Al ver a Gabriel, ella sonrió y señaló una de las mesas del rincón.
—Ya sabía que estarías despierto temprano —dijo, vertiendo una taza de café negro y caliente—. Los hombres que tienen que cargar con el mundo sobre los hombros nunca duermen mucho.
Gabriel se sentó y tomó la taza con ambas manos, sintiendo cómo el calor se extendía por sus dedos fríos. Agradeció con una inclinación de cabeza y tomó un sorbo fuerte que quemó su garganta, pero que le dio la energía que necesitaba para empezar el día.
—Voy a ir a ver al alcalde después del desayuno —dijo—. También quiero pasar por la propiedad de nuevo, ver si puedo encontrar alguna herramienta que haya sobrevivido al fuego. Incluso unas cuantas azadas o martillos pueden servirnos de algo.
—El señor alcalde está en su oficina desde las siete los días de semana —explicó doña Rosa, limpiando una mesa con un paño húmedo—. Me dijo que esperara su visita. También he hablado con don Francisco, el dueño de la ferretería del pueblo. Dice que puede dejarles algunas herramientas de préstamo mientras se arreglan las cosas. Este pueblo no va a dejar que se queden con las manos vacías.
Gabriel sintió un nudo en la garganta. Habían llegado a San Javier hace doce años como extraños, con poco más que sus sueños y sus manos trabajadoras, y desde entonces el pueblo les había abrazado como si fueran de la familia. Don Francisco le había vendido las herramientas para trabajar la tierra a crédito cuando no tenían dinero suficiente. La señora Marta, que tenía la panadería del centro, siempre les daba a los niños unos panecillos calientes cuando pasaban por su tienda. Y el alcalde, don Enrique, había ayudado a Gabriel a conseguir los permisos necesarios para trabajar sus tierras, incluso cuando los trámites parecían imposibles de resolver.
—No sé cómo agradecerles todo esto —murmuró Gabriel, mirando el fondo de su taza de café.
—No hace falta agradecer nada, hijo —respondió doña Rosa con una sonrisa cálida—. Cuando uno se queda sin techo, todos somos su familia. Eso es lo que nos enseña la tierra aquí: cuando llueve mucho, el agua se reparte por todos los campos. Cuando hace sol fuerte, todos sufrimos el calor juntos. Así es como funciona el mundo.
Mientras tanto, en la habitación del albergue, Elena también había despertado. Se sentó en la orilla de la litera y miró a los niños, que seguían dormidos tranquilamente. Benjamín tenía los brazos abiertos y la boca entreabierta, como si estuviera soñando con correr por el campo. Matías dormía acurrucado sobre su costado, abrazando una de las fotografías rotas que habían recuperado la tarde anterior. Y Sofía tenía la cabeza apoyada sobre una almohada, sus cejas entrecerradas como si incluso en sus sueños estuviera preocupada por algo.
Elena se levantó y fue hasta la ventana, abriéndola para dejar entrar el aire fresco de la mañana. Desde allí podía ver las colinas que se extendían hasta el horizonte, y entre ellas, a lo lejos, el humo tenue que aún se elevaba de su propiedad. Cerró los ojos por un instante y trató de recordar cómo era la vista desde la ventana de su casa: los campos de maíz ondulando con el viento, el cobertizo de madera donde guardaban las herramientas, el árbol de guayaba que su abuelo había plantado el día que nacieron Sofía y Matías, los mellizos.
Había sido una decisión difícil dejar la ciudad para venir a vivir al campo. Gabriel había trabajado durante años como mecánico en un taller de la ciudad, y ella como empleada en una tienda de ropa. Ganaban justo lo suficiente para sobrevivir, pero nunca tenían dinero de más, y el estrés de la vida urbana les estaba consumiendo. Un día, Gabriel había recibido una carta de su padre, que le decía que estaba enfermo y que quería dejarle las tierras que había heredado de su propio padre. Don Alejandro sabía que su hijo siempre había soñado con trabajar la tierra, con criar una familia en un lugar tranquilo, lejos del ruido y la contaminación de la ciudad. Habían cogido la decisión en menos de una semana:




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