Áviamos Sido Una Familia

SOMBRAS DEL PASADO

ÁVÍAMOS SIDO UNA FAMILIA
El sol ya había alcanzado la mitad del cielo cuando Gabriel regresó al albergue, cargando sobre sus hombros un saco de lona con las herramientas que había podido rescatar de los escombros: dos azadas, un martillo, unas tenazas oxidadas y un viejo serrucho que aún mantenía el filo. Junto a él venía don Enrique, el alcalde del pueblo, un hombre corpulento de sesenta años con el pelo blanco como la nieve y los ojos llenos de ternura para los habitantes de San Javier.
—Ya hemos hablado de todo lo necesario —anunció el alcalde, sacudiendo las manos de Gabriel antes de entrar al salón—. He conseguido que la junta municipal apruebe un subsidio temporal para ustedes, suficiente para cubrir la comida y algunos gastos básicos mientras encuentran la forma de reconstruir. También he hablado con el señor Martínez, que tiene un terreno baldío al lado de su propiedad antigua. Dice que pueden instalar una carpa allí y empezar a preparar el suelo para sembrar algo que les dé ingresos en poco tiempo.
Elena, que acababa de terminar de vestir a los niños, se acercó corriendo al oír esas palabras. Sus ojos brillaban con una mezcla de esperanza y incredulidad, como si no pudiera creer que la suerte estuviera empezando a sonreírles de nuevo.
—¿Un terreno para sembrar? —preguntó, llevándose las manos a la boca—. Pero… ¿cómo vamos a hacerlo sin casa, sin herramientas adecuadas?
—El pueblo se encargará de eso, Elena —respondió don Enrique con una sonrisa—. He hablado con los demás agricultores del área. Mañana mismo vendrán todos con sus herramientas y sus carretas para ayudarles a limpiar el terreno y montar la carpa. Algunos incluso traerán semillas de calabaza y zapallo que pueden dar fruto en pocos meses. Aquí en San Javier, nadie se queda solo cuando pasa algo así.
Mientras el alcalde seguía explicando los detalles del plan, Matías se retiró a un rincón del salón, llevándose las fotografías a un lugar donde pudiera verlas con más claridad. Había encontrado una mesa vacía en el extremo opuesto a la entrada, y allí había dispuesto todas las imágenes rotas sobre la superficie de madera, intentando ordenarlas como si fueran un rompecabezas. Sofía se unió a él, apoyando los codos en la mesa y observando con atención cada una de las fotos.
—Mira esta —dijo Matías, señalando una imagen donde se veía a toda la familia montada en la vieja tractora de su abuelo—. Recuerdas cuando papá nos enseñó a conducirla? Yo apenas tenía seis años y tuve miedo de hacer algo mal, pero abuelo me dijo que la tierra respeta a quienes la tratan con cuidado.
Sofía asintió, pasando los dedos por el borde quemado de la fotografía. Recordaba perfectamente aquel día: su abuelo había puesto a Matías en el asiento del conductor, mientras ella y Benjamín se sentaban en el guardabarros trasero, riendo mientras la tractora avanzaba a paso lento por los campos de maíz. Don Alejandro había estado de pie junto a ellos todo el tiempo, con una mano sobre el hombro de Matías, guiándolo con paciencia y amor.
—También recuerdo que después de eso, abuelo nos preparó su famoso atole de maíz —añadió Sofía—. Decía que el trabajo en la tierra requería energía, y que nada daba más fuerza que el alimento que uno mismo cultivaba.
Benjamín se acercó a sus hermanos, llevando consigo un trozo de pan que doña Rosa le había dado. Se quedó de pie junto a la mesa, mirando las fotografías con expresión seria.
—¿Por qué alguien querría quemar nuestra casa? —preguntó de repente, haciendo que sus hermanos se detuvieran en seco.
Matías y Sofía intercambiaron una mirada. Habían evitado hablar de esa posibilidad hasta el momento, pero la pregunta de Benjamín ponía sobre la mesa lo que todos habían estado pensando en silencio. El guardabosques había dicho que el incendio parecía haber comenzado en tres lugares diferentes a la vez, lo que hacía pensar que no había sido un accidente. Gabriel y Elena aún no habían hablado del tema delante de los niños, pero todos sabían que la sospecha rondaba en sus mentes.
—Quizás fue un rayo —dijo Sofía, aunque ni siquiera ella creía lo que decía—. O quizás algún cable eléctrico se desprendió y causó el fuego.
—Pero el guardabosques dijo que no había llovido en semanas —insistió Benjamín—. Y papá revisaba los cables todas las semanas para asegurarse de que estaban bien.
Matías colocó una mano sobre el hombro de su hermano menor. Sabía que Benjamín era más inteligente de lo que aparentaba, y que las preguntas que hacía venían de un lugar de miedo profundo: el miedo a que alguien hubiera querido hacerles daño intencionalmente.
—Lo importante es que estamos todos bien —dijo Matías con calma—. Y que vamos a construir una nueva casa, mejor que la anterior. Con un jardín más grande para tus juguetes y un cobertizo donde podamos guardar todas las herramientas que necesitemos.
Mientras tanto, Gabriel y Elena habían acompañado al alcalde hasta la puerta del albergue, donde este se despidió con una palmada en el hombro de Gabriel.
—Mañana a las siete en punto en tu propiedad —dijo el alcalde antes de subir a su camioneta—. No vengan con prisa en hacer las cosas; el trabajo se hace bien cuando se tiene paciencia. Y recuerden: San Javier es su hogar, y los hogares cuidan de sus propios hijos.
Una vez que el alcalde se fue, Gabriel se volvió hacia su familia, encontrándose con los ojos de los niños fijos en él. Sintiendo que necesitaba hablarles con sinceridad, se acercó a la mesa donde estaban las fotografías y se sentó junto a ellos.
—He oído lo que han estado diciendo —comenzó, mirando a cada uno de sus hijos a los ojos—. Y sé que tienen muchas preguntas sobre lo que pasó con la casa. La verdad es que no sabemos aún qué causó el incendio. El guardabosques está investigando, y la policía también vendrá a revisar los restos en los próximos días. Pero lo que sí puedo decirles es que, sea cual sea la causa, nadie nos va a hacer daño. Este pueblo nos protegerá, y yo también los protegeré a ustedes con todas mis fuerzas.
—¿Pero qué pasa si fue alguien que nos quería hacer daño? —preguntó Benjamín, acercándose a sentarse en el regazo de su padre—. ¿Volverá a hacerlo?
Gabriel abrazó a su hijo con fuerza, sintiendo cómo su pequeño cuerpo temblaba contra el suyo. Elena se unió a ellos, colocando sus brazos alrededor de ambos, mientras Sofía y Matías se acercaban hasta formar un círculo familiar.
—Nadie va a volver a tocarnos —dijo Elena con voz firme—. Porque estamos juntos, y la familia es más fuerte que cualquier cosa mala que pueda existir en el mundo. Nuestra casa se quemó, pero nosotros seguimos aquí, intactos, y eso es lo que realmente importa.
Después de ese momento, Gabriel decidió que era hora de volver a la propiedad para empezar a limpiar algunos de los escombros antes de la llegada de los vecinos al día siguiente. Los niños insistieron en acompañarlo, y aunque Elena tuvo dudas al principio, finalmente accedió, sabiendo que era importante para ellos volver al lugar y empezar a tomar posesión de él de nuevo.
El camino hasta la propiedad era el mismo de la tarde anterior, pero esta vez se sentía diferente. El sol brillaba con fuerza sobre los campos, y el viento llevaba el olor a tierra seca y hierba recién cortada. Cuando llegaron al lugar donde había estado la casa, los niños se dispersaron por el terreno, buscando cualquier cosa que pudiera haber sobrevivido al fuego.
Benjamín encontró un pequeño cajón de madera que había estado debajo de una pila de ladrillos carbonizados. Al abrirlo, descubrió dentro algunos de sus juguetes de madera que su abuelo le había tallado con sus propias manos: un caballo, un toro y una pequeña casa que parecía una réplica de la que habían perdido. Aunque estaban cubiertos de ceniza y algunos tenían las esquinas quemadas, estaban intactos. El niño se quedó mirándolos con los ojos llenos de lágrimas, luego corrió hacia su padre para mostrarle su hallazgo.
—Abuelo los hizo para mí —dijo entre sollozos—. Dijo que siempre estarían conmigo, pase lo que pase.
Gabriel tomó los juguetes con manos temblorosas, limpiándolos con la manga de su camisa. Recordaba cómo su padre pasaba horas en su taller de madera, tallando esos juguetes con paciencia y amor, pensando en sus nietos. Sentía la presencia de don Alejandro en aquel lugar, como si el anciano estuviera allí con ellos, ayudándolos a encontrar las cosas que más les importaban.
Sofía encontró en el huerto.




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