Un mes había pasado desde que la carpa fue montada en el terreno al lado de sus tierras antiguas. El sol ya calentaba con fuerza la espalda de Gabriel mientras arreglaba los riegos de las nuevas plantaciones de calabaza y zapallo. Las plantas crecían con vigor, extendiendo sus tallos por el suelo fértil, y ya se podían ver los primeros frutos pequeños, verdes y brillantes bajo el sol. Junto a ellos, el surco de frijoles que había encontrado hacía un mes mostraba hileras rectas de plantas jóvenes que prometían una buena cosecha.
Los niños habían adaptado la nueva vida con más facilidad de lo que Gabriel y Elena hubieran esperado. Benjamín había hecho un pequeño huerto para sí mismo en un rincón del terreno, donde plantaba semillas de tomate que le había regalado la señora Marta. Pasaba horas ahí, hablando con las plantas y asegurándose de que tuvieran suficiente agua y sol. Sofía se había convertido en la ayudante de Elena en la cocina improvisada que habían armado junto a la carpa, aprendiendo a cocinar con los productos que cultivaban ellos mismos y a conservar las frutas y verduras para los meses de escasez. Matías, por su parte, pasaba todas las tardes ayudando a su padre en el campo, aprendiendo los secretos de la tierra que su abuelo había enseñado a Gabriel y que ahora se transmitían a la siguiente generación.
Esa mañana, mientras Gabriel revisaba las instalaciones de riego, oyó el sonido de una camioneta que se acercaba por el camino de tierra. Se quedó de pie, protegiendo los ojos con la mano para ver quién llegaba. Era un vehículo de la policía, blanco con letras azules en los costados. Se detuvo a unos metros de la carpa, y dos hombres bajaron: uno alto y delgado con el pelo corto y canoso, y otro más joven, corpulento, con una libreta en la mano.
—Gabriel Rojas? —preguntó el hombre mayor, acercándose con paso firme—. Soy el comandante Márquez, de la policía regional. Estamos investigando el incendio que destruyó su propiedad hace unos meses.
Gabriel sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. Habían pasado semanas sin que nadie mencionara la investigación, y ya empezaba a pensar que nunca descubrirían la verdad sobre lo que había pasado. Ahora, con la llegada de la policía, todas las sospechas y miedos que había estado reprimiendo volvían con fuerza.
—Sí, soy yo —respondió, extendiendo la mano para saludar al comandante—. Entren, por favor. Mi esposa y mis hijos están en la carpa. Tal vez puedan ayudarlos con alguna información.
El comandante Márquez asintió, mientras el oficial más joven sacaba su libreta y preparaba una pluma para tomar notas. Mientras caminaban hacia la carpa, Gabriel notó cómo el comandante miraba a su alrededor, observando las plantaciones, la carpa, las herramientas que estaban ordenadas en un rincón del terreno. Parecía estar evaluando cada detalle con atención.
—Han hecho un buen trabajo aquí en poco tiempo —dijo el comandante, señalando las plantas de calabaza—. No es fácil reconstruir todo desde cero.
—El pueblo nos ha ayudado mucho —respondió Gabriel—. Sin ellos, no hubiéramos podido hacerlo.
Cuando llegaron a la carpa, Elena y los niños estaban sentados alrededor de una mesa de madera improvisada, desayunando pan y café. Al ver a los policías, se pusieron en pie, con expresiones serias en sus rostros. Elena fue la primera en hablar.
—Bienvenidos, señores —dijo con voz firme, aunque sus manos temblaban ligeramente mientras recogía los platos vacíos—. ¿Qué podemos hacer por ustedes?
—Venimos a preguntarles algunas cosas sobre el incendio —explicó el comandante Márquez—. Hemos estado revisando los informes del guardabosques y hemos encontrado algunas cosas que nos hacen pensar que el fuego no fue un accidente.
Benjamín se acercó a su madre, agarrándose de la falda de su vestido. Sofía colocó una mano sobre el hombro de su hermano menor, tratando de transmitirle calma. Matías se quedó de pie junto a su padre, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a los policías con una mezcla de miedo y determinación.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó Gabriel, sentándose en una de las sillas de madera que habían hecho ellos mismos.
El comandante Márquez sacó una carpeta de su maletín y la abrió, mostrando algunas fotografías en blanco y negro. Eran imágenes de los escombros de la casa quemada, tomadas poco después del incendio.
—El guardabosques encontró rastros de combustible inflamable en tres puntos diferentes del terreno —explicó, señalando algunas marcas en las fotografías—. También encontró restos de un bidón plástico que parece haber sido usado para llevar el combustible. Además, algunos vecinos han reportado haber visto un vehículo desconocido circulando por el camino de acceso a su propiedad la noche antes del incendio.
Elena se sentó junto a su marido, tomándole la mano con fuerza. Sabía que esta conversación iba a ser difícil, pero también sabía que necesitaban saber la verdad, sin importar cuán dolorosa fuera.
—¿Alguna idea de quién podría haber hecho esto? —preguntó el oficial más joven, tomando notas en su libreta.
Gabriel se quedó en silencio por un momento, pensando en todas las personas que habían conocido en estos años, en los vecinos, en los proveedores, en los clientes a los que les vendían sus productos. No podía pensar en nadie que tuviera motivos para hacerles daño. Habían tratado a todos con respeto y amabilidad, habían compartido lo poco que tenían cuando alguien lo necesitaba. No tenía sentido que alguien quisiera destruir todo lo que habían construido.
—No puedo pensar en nadie —respondió finalmente—. Siempre nos hemos llevado bien con todo el mundo en el pueblo. Hemos trabajado duro para construir nuestra vida aquí, nunca hemos tenido problemas con nadie.
El comandante Márquez asintió, mirando a cada miembro de la familia a los ojos. Parecía estar evaluando la sinceridad de sus palabras.
—Hay algo más —dijo después de un rato—. Hemos revisado los registros de propiedad y hemos descubierto que su terreno es parte de una extensión más grande que pertenecía a su padre, don Alejandro Rojas. Parece que hay alguien más que reclama derechos sobre esa tierra.
Gabriel se puso en pie de un salto, con los ojos abiertos de sorpresa. Nunca había escuchado hablar de nadie más que tuviera derechos sobre las tierras que su padre le había dejado. Don Alejandro siempre había dicho que la tierra era suya desde hacía generaciones, que había sido heredada de su propio padre y de su abuelo antes que él.
—Eso es imposible —dijo Gabriel con voz firme—. Mi padre me dejó la tierra en su testamento. Lo tengo escrito en un documento que está guardado en el banco del pueblo. Nadie más tiene derechos sobre ella.
—El documento es válido —aclaró el comandante—. Pero alguien ha presentado una reclamación diciendo que su padre le vendió una parte de la tierra hace muchos años, antes de que usted llegara aquí. El nombre de esa persona es Carlos Mendoza. ¿Le suena?
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Editado: 08.01.2026