El nombre de Carlos Mendoza resonó en la carpa como un trueno en un día despejado. Gabriel se sentó de nuevo, pasándose las manos por la cara con una mezcla de incredulidad y rabia. Recordaba a don Ramón Mendoza, un hombre astuto y ambicioso que había intentado comprar las tierras de su padre en más de una ocasión, ofreciendo sumas de dinero que don Alejandro siempre rechazó. Decía que la tierra no se vendía, se transmitía de generación en generación, y que formaba parte del alma de la familia.
—Carlos es el hijo de don Ramón —explicó Gabriel al comandante Márquez, su voz cargada de emoción—. Mi padre nunca le vendió nada. Don Ramón quería comprar las tierras para unirla a las suyas y expandir su negocio de exportación de productos agrícolas, pero mi padre se negó rotundamente. Siempre dijo que aquellas tierras eran para sus hijos y nietos, no para enriquecer a extraños.
El comandante asintió, tomando nota en su libreta. El oficial más joven seguía observando a la familia con atención, como si buscara algún detalle que hubieran pasado por alto.
—Carlos Mendoza vive ahora en la ciudad capital —continuó el comandante—. Heredó la propiedad de su padre hace cinco años y ha estado expandiendo sus negocios de manera considerable. Según nuestros registros, ha presentado una demanda judicial para reclamar el 50% de sus tierras, argumentando que su padre llegó a un acuerdo verbal con don Alejandro hace más de quince años.
—Un acuerdo verbal que nunca existió —interrumpió Elena, con los ojos brillantes de indignación—. Mi suegro habló con nosotros muchas veces sobre don Ramón. Decía que era un hombre que no respetaba las palabras ni los lazos familiares, que solo pensaba en dinero y poder. Jamás hubiera llegado a un acuerdo con él.
El comandante Márquez cerró su libreta y guardó la carpeta en el maletín. Parecía haber recogido toda la información que necesitaba por el momento.
—Entendemos su indignación —dijo con voz calmada—. Vamos a seguir investigando esta línea de investigación. Si Mendoza tiene algo que ver con el incendio, encontraremos pruebas. En el meant tiempo, les recomendamos que estén atentos y que notifiquen a la policía si ven algo sospechoso en sus tierras o alrededor del pueblo.
Después de despedirse de los policías, Gabriel salió de la carpa y se dirigió hacia las tierras antiguas, donde aún quedaban los escombros de la casa. Caminó entre los postes carbonizados, sintiendo el peso de las nuevas noticias sobre sus hombros. Pensó en Carlos Mendoza, un hombre que probablemente no conocía ni de vista, y que ahora pretendía arrebatárselo todo lo que su padre le había dejado. La rabia empezó a nublar su juicio, pero se detuvo antes de que se descontrolara: sabía que la rabia no serviría de nada, que necesitaba mantener la calma para proteger a su familia y defender lo que era suyo.
Mientras caminaba por los escombros, su pie tropezó con algo duro debajo de la tierra. Se agachó y removió la ceniza y la tierra con sus manos, descubriendo un pequeño cofre de metal que parecía haber estado enterrado durante mucho tiempo. Lo limpió con la manga de su camisa y trató de abrirlo, pero estaba cerrado con una cerradura oxidada. No tenía llave, pero sabía que don Francisco tendría alguna herramienta que pudiera ayudarlo a abrirlo.
Volvió a la carpa con el cofre bajo el brazo, encontrando a Elena y los niños reunidos alrededor de la mesa, todos con expresiones preocupadas en sus rostros. Benjamín se acercó a él inmediatamente.
—Papá, ¿quién es Carlos Mendoza? —preguntó el niño, con los ojos llenos de miedo—. ¿Va a quitarnos nuestra tierra?
Gabriel se agachó para estar a la altura de su hijo, colocando una mano sobre su hombro.
—Nadie va a quitarnos nada, mijito —respondió con calma—. Esta tierra es nuestra, desde hace mucho tiempo, y vamos a defenderla con todas nuestras fuerzas. Carlos Mendoza puede decir lo que quiera, pero la verdad estará de nuestro lado.
Matías se acercó a su padre, mirando el cofre de metal con curiosidad.
—¿Qué es eso, papá? —preguntó.
—No lo sé todavía —respondió Gabriel—. Lo encontré entre los escombros de la casa vieja. Parece haber estado enterrado ahí durante mucho tiempo. Quizás tenga algo que nos ayude a demostrar que la tierra es nuestra.
Decidieron ir inmediatamente a buscar a don Francisco en su ferretería. El hombre estaba detrás del mostrador, organizando herramientas cuando llegaron la familia Rojas. Al ver el cofre de metal en las manos de Gabriel, frunció el ceño con curiosidad.
—Eso parece antiguo —dijo, tomándolo con cuidado para examinarlo—. Debe tener por lo menos cincuenta años. ¿Dónde lo encontraste?
—Entre los escombros de la casa vieja —explicó Gabriel—. Estaba enterrado bajo la tierra. Necesito abrirlo, pero la cerradura está oxidada. ¿Tienes alguna cosa que pueda servir?
Don Francisco sonrió y se dirigió hacia un estante en la parte trasera de la tienda. Volvió con una pequeña sierra de mano y unas herramientas de percusión.
—Vamos a intentarlo con esto —dijo—. Tenemos que tener cuidado para no dañar lo que esté dentro.
Colocaron el cofre sobre una mesa de trabajo en el patio trasero de la ferretería. Don Francisco trabajó con cuidado, aplicando presión sobre la cerradura oxidada hasta que finalmente oyó un crujido y la cerradura se abrió. Gabriel removió la tapa con manos temblorosas, descubriendo dentro una pila de documentos amarillentos por el tiempo y algunas fotografías en blanco y negro.
Elena se acercó para mirar los documentos junto a su marido. El primero que Gabriel tomó en sus manos era un título de propiedad de la tierra, fechado en 1948, a nombre de su bisabuelo, don José Rojas. Debajo había otros documentos: testamentos, escrituras de herencia, recibos de impuestos pagados durante décadas. Todo demostraba claramente que la tierra había pertenecido a la familia Rojas durante cuatro generaciones, sin ninguna deuda ni reclamación pendiente.
Entre los documentos también había una carta manuscrita, fechada en 1982, escrita por su abuelo don José a su padre don Alejandro. Gabriel la leyó en voz alta para que todos la escucharan:
"Querido Alejandro,
Escribo esta carta para que la guardes con cuidado y la transmitas a tus hijos cuando llegue el momento. Sé que don Ramón Mendoza ha estado intentando comprar nuestras tierras, ofreciendo grandes sumas de dinero. Pero tú debes saber que esta tierra no es solo propiedad, es parte de nuestra sangre, de nuestra historia. Cada piedra, cada surco, cada árbol tiene el alma de nuestros antepasados.
Don Ramón me ha ofrecido dinero y hasta ha tratado de presionarme, pero yo nunca cederé. He dejado todos los documentos necesarios para demostrar que la tierra es nuestra, y que nadie más tiene derecho sobre ella. Cuídala, ármala, y transmítela a tus hijos, para que ellos la transmitan a los suyos. Así será como nuestra familia seguirá viva, aunque pasen los años y las generaciones."
Las lágrimas corrían por las mejillas de Gabriel mientras leía la carta. Sentía la presencia de sus antepasados, como si estuvieran allí con ellos, dándoles la fuerza y la prueba que necesitaban para defender su hogar. Elena abrazó a su marido desde atrás, mientras los niños miraban los documentos con expresión de admiración y orgullo.
—Tenemos lo que necesitamos —dijo Elena con voz firme—. Ahora Carlos Mendoza no podrá decir nada. La tierra es nuestra, y estos papeles lo prueban.
Don Francisco sonrió, golpeando suavemente el cofre con su mano.
—Tu abuelo fue un hombre sabio —dijo—. Sabía que algún día podría haber problemas, así que preparó todo con anticipación. Esta tierra siempre será de los Rojas, eso está escrito en los documentos y en la propia tierra.
Mientras volvían a su propiedad con los documentos guardados con cuidado en una carpeta, Gabriel sintió cómo un peso se alejaba de sus hombros. Sabía que la batalla con Carlos Mendoza no terminaría ahí, que probablemente tendrían que ir a los tribunales para defender sus derechos, pero ahora tenían la prueba que necesitaban. Tenía la certeza de que su padre y sus antepasados estaban mirándolos desde el cielo, ayudándolos en cada paso del camino.
Al llegar a la carpa, decidieron organizar una reunión con el alcalde y los líderes del pueblo para mostrarles los documentos. Sabían que el apoyo del pueblo sería fundamental en esta batalla, y que juntos serían más fuertes que cualquier enemigo externo.
Mientras Elena preparaba una comida con los productos de su huerto para compartir con los vecinos que vendrían a la reunión, Gabriel se sentó junto a los niños cerca de las plantaciones de calabaza. Matías estaba mirando los documentos con atención, preguntándose sobre la historia de su familia y las tierras que habían heredado.
—Papá —dijo Matías—. ¿Abuelo José también trabajaba esta tierra como nosotros?
—Sí, hijo —respondió Gabriel, acariciándole la cabeza—. Y su padre antes que él. Cada uno de ellos dejó su huella aquí, cada uno sembró y cosechó, cada uno luchó por mantener esta tierra en la familia. Ahora es nuestro turno, y vamos a hacer lo mismo. Vamos a trabajar la tierra, a cuidarla, y a defenderla como ellos lo hicieron.
Benjamín se sentó en el regazo de su padre, sosteniendo uno de los juguetes de madera que había rescatado de los escombros.
—Abuelo Alejandro también está con nosotros, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, mijito —respondió Gabriel con una sonrisa—. Está aquí, en cada planta que crece, en cada gota de agua que riega la tierra, en cada rayo de sol que nos calienta. Todos nuestros antepasados están aquí, cuidándonos y ayudándonos a seguir adelante.
La tarde avanzaba, y los primeros vecinos empezaron a llegar a la propiedad para la reunión. Don Enrique llegó con su esposa, seguida de don Miguel, la señora Marta y muchos otros habitantes del pueblo. Todos habían oído hablar de la reclamación de Carlos Mendoza y querían mostrar su apoyo a la familia Rojas.
Gabriel colocó los documentos sobre la mesa improvisada, permitiendo que todos los miraran y los tocaran. El alcalde leyó algunos de los papeles con atención, frunciendo el ceño con satisfacción cuando terminó.
—Esto es todo lo que necesitamos —anunció don Enrique en voz alta, para que todos lo escucharan—. La tierra pertenece a los Rojas desde hace generaciones, y estos documentos lo prueban fehacientemente. Carlos Mendoza puede presentar todas las demandas que quiera, pero aquí en San Javier vamos a defender los derechos de esta familia. Ellos han dado mucho al pueblo, y ahora es nuestro turno de darles todo nuestro apoyo.
Los vecinos asintieron con firmeza, algunos golpeando las mesas con sus puños en señal de apoyo. La señora Marta se puso en pie, con los ojos brillantes de emoción.
—Yo fui testigo de cómo don Alejandro trabajaba esta tierra —dijo en voz clara—. Vi cómo plantaba cada árbol, cómo arreglaba cada canal de riego. Esta tierra es de los Rojas, y nadie la va a quitarles mientras nosotros estemos aquí.
Don Miguel se levantó también, sosteniendo su sombrero en la mano.
—Mañana mismo vamos a ir todos juntos a la oficina del notario del pueblo para hacer copias de estos documentos —anunció—. Así tendremos pruebas suficientes para que nadie pueda decir nada. Y si Carlos Mendoza se atreve a venir aquí a hacer problemas, encontrará a todo el pueblo contra él.
Gabriel sintió cómo su corazón se llenaba de gratitud hacia estos hombres y mujeres que lo habían aceptado como uno de los suyos, que estaban dispuestos a luchar con él por lo que era justo. Sabía que la batalla no estaría fácil, que Carlos Mendoza tendría dinero y abogados para intentar arrebatarles la tierra, pero también sabía que tenía algo que el otro no tenía: el amor y el apoyo de su familia y su pueblo, y la certeza de que tenía la razón de su lado.
Mientras la reunión continuaba y los vecinos compartían comida y historias sobre los antiguos tiempos en el pueblo, Gabriel se alejó un poco hacia las tierras antiguas. Miró hacia los escombros de la casa que había sido su hogar durante doce años, luego miró hacia las nuevas plantaciones que crecían con vigor en el terreno vecino. Pensó en su padre, en su abuelo, en todos sus antepasados que habían trabajado esa tierra antes que él. Sentía que estaba cumpliendo con su deber, que estaba haciendo lo que ellos hubieran querido que hiciera: defender la familia y la tierra que les había sido entregada.
La luna empezaba a aparecer en el cielo, bañando el campo con su luz plateada. Gabriel cerró los ojos por un instante, agradeciendo por todo lo que tenía: por su familia, por su pueblo, por la tierra que lo sostenía. Sabía que el camino por delante sería difícil, que habría momentos de duda y miedo, pero también sabía que tenía la fuerza necesaria para seguir adelante. Porque no estaba solo: tenía a su familia a su lado, tenía a su pueblo detrás de él, y tenía a sus antepasados cuidándolo desde el cielo.
Regresó a la carpa donde todos seguían reunidos, listo para enfrentar cualquier desafío que el futuro les preparara. Sabía que la tierra seguiría siendo suya, que su familia seguiría siendo fuerte, y que juntos construirían un futuro mejor, sembrando la esperanza en cada surco y cuidando la tierra como sus antepasados lo habían hecho antes que ellos.
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Editado: 08.01.2026