Las lluvias de principios de temporada habían transformado completamente el paisaje. Los campos de calabaza y zapallo se extendían como un mar verde y vibrante hasta donde alcanzaba la vista, con frutos ya grandes y maduros que prometían una cosecha abundante. El surco de frijoles había dado sus primeros racimos, y las plantas de ají que Sofía había rescatado del huerto viejo ahora florecían con flores amarillas que pronto se convertirían en frutos picantes y sabrosos.
Gabriel se levantó antes que el sol, como todos los días, para revisar los riegos y asegurarse de que las plantas no hubieran sufrido con el viento fuerte que había azotado el pueblo durante la noche. Mientras caminaba por los senderos entre las plantaciones, notó que alguien había estado en sus tierras: había huellas de botas en el suelo húmedo, diferentes a las de los vecinos que venían a ayudarlos. Se detuvo para examinarlas con atención: eran huellas grandes, de un calzado robusto, y parecían haber sido hechas hacía la madrugada, cuando aún llovía.
Siguió el rastro de las huellas hasta el límite de su propiedad, donde se encontraba el camino de tierra que llevaba hasta la carretera principal. Allí, las huellas se perdieron en el barro mezclado con el polvo del camino, pero pudo ver marcas de neumáticos que no reconocía. Sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero se obligó a mantener la calma: no podía dejar que el miedo le impidiera hacer su trabajo ni cuidar de su familia.
Regresó a la carpa donde Elena ya estaba preparando el desayuno. Los niños aún dormían tranquilamente en sus camas improvisadas, cubiertos con las mantas que Elena había cosido con tanto cuidado. Gabriel le contó a su esposa sobre las huellas y las marcas de neumáticos, viendo cómo su rostro se tensaba con preocupación.
—¿Crees que fue él? —preguntó Elena, bajando la voz para no despertar a los niños—. ¿Carlos Mendoza?
—No lo sé —respondió Gabriel, sentándose a la mesa y tomando una taza de café caliente—. Pero es la única persona que conocemos que tiene motivos para querernos daño. Tenemos que estar más atentos de ahora en adelante. Voy a hablar con el alcalde y con los vecinos para organizar turnos de vigilancia por las tierras, especialmente por la noche.
Mientras hablaban, Matías entró en la carpa, frotándose los ojos y estirándose. Había oído parte de la conversación y su rostro se puso serio.
—Papá, yo puedo ayudar a vigilar —dijo con determinación—. Ya soy lo suficientemente grande para cuidar de las tierras y avisar si veo algo sospechoso.
Gabriel miró a su hijo con orgullo. Matías tenía catorce años, pero ya mostraba la misma responsabilidad y fortaleza que su abuelo y su bisabuelo habían tenido antes que él.
—Gracias, hijo —dijo, colocando una mano sobre su hombro—. Pero no quiero que te pongas en peligro. Vamos a organizarlo con los vecinos, así nadie tendrá que estar solo.
Después del desayuno, Gabriel se dirigió al pueblo para hablar con don Enrique. Encontró al alcalde en su oficina, junto a don Francisco y don Miguel, revisando algunos documentos sobre la cosecha que se aproximaba. Al ver la expresión seria de Gabriel, todos dejaron lo que estaban haciendo y le pidieron que les contara lo que había pasado.
—Así que ya ha llegado hasta aquí —dijo don Enrique con voz grave, después de escuchar las palabras de Gabriel—. No vamos a permitir que alguien intente intimidarlos para que abandonen sus tierras. He hablado con algunos amigos en la policía regional, y ellos han prometido aumentar las rondas por esta zona. Además, hemos organizado un grupo de vigilancia entre los vecinos: cada noche habrá dos hombres vigilando las tierras de los Rojas y las áreas circundantes.
Don Miguel se puso en pie con fuerza.
—Yo me ofrezco para el primer turno —anunció—. He conocido a la familia Rojas desde que llegaron aquí, y nadie va a hacer daño a nadie en este pueblo mientras yo esté vivo.
Don Francisco asintió con firmeza.
—Yo también me uno —dijo—. Y he preparado algunas linternas potentes y radios de comunicación para que podamos estar en contacto entre nosotros y con la policía si es necesario.
Gabriel sintió cómo un peso se alejaba de su corazón. Sabía que podía confiar en estos hombres, que ellos cuidarían de su familia y de sus tierras como si fueran suyos.
Regresó a la propiedad con la determinación de no dejar que el miedo paralizara su trabajo ni sus planes. Los niños estaban ayudando a Elena a recolectar las primeras calabazas maduras, riendo mientras cargaban los grandes frutos hasta la carpa para guardarlos. Benjamín corría entre las plantas, buscando las calabazas más pequeñas para su propio huerto, mientras Sofía registraba cada recolecta en un cuaderno que había encontrado en la ferretería.
—Papá, mira qué grande está esta —gritó Benjamín, señalando una calabaza naranja que parecía pesar más que él mismo—. Podemos hacer mucha sopa con esta, ¿no?
Gabriel sonrió y se acercó para ayudar a su hijo a levantar la calabaza. Mientras trabajaban juntos, sintió cómo la preocupación y el miedo se disipaban un poco, reemplazados por la satisfacción de ver los frutos de su trabajo y la alegría de su familia.
Ese día, mientras preparaban las calabazas para venderlas en el mercado del pueblo, llegó un vehículo desconocido a la propiedad. Era una camioneta negra moderna, muy diferente a los vehículos que solían ver en la zona. Se detuvo a unos metros de la carpa y un hombre bajó: alto, delgado, con el pelo corto y oscuro, vestido con traje y corbata, como si viniera de una oficina de la ciudad. Se acercó con paso firme, extendiendo la mano hacia Gabriel.
—Sr. Rojas? Soy Carlos Mendoza —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Espero que no le moleste que venga sin previo aviso, pero quería hablar con usted en persona.
Gabriel se quedó inmóvil por un instante, mirando al hombre que había estado intentando arrebatárselo todo lo que era suyo. Luego extendió la mano y la estrechó con firmeza, sin dejar que la rabia se apoderara de él.
—Sr. Mendoza —respondió con voz neutra—. No esperaba su visita. ¿Qué puedo hacer por usted?
Carlos Mendoza miró a su alrededor, observando las plantaciones, la carpa, los niños que se habían detenido en su trabajo para mirarlo con curiosidad y recelo.
—Es un buen terreno que tiene aquí —dijo, como si estuviera evaluando una mercancía—. Mi padre siempre habló bien de estas tierras, de lo fértil que es el suelo y de lo bien que se presta para la agricultura comercial. Ese es el motivo de mi visita, Sr. Rojas. Quiero hacerle una oferta.
Gabriel sintió cómo Elena se acercaba a su lado, tomándole la mano con fuerza. Los niños se agruparon cerca de ellos, con expresiones defensivas en sus rostros.
—Ya le he dicho a sus abogados que la tierra no se vende —respondió Gabriel con firmeza—. Pertenece a mi familia desde hace generaciones, y la vamos a mantener así.
Carlos Mendoza frunció el ceño, como si no estuviera acostumbrado a que le dijeran que no.
—Quizás no entiende la situación, Sr. Rojas —dijo con voz más seria—. Tengo recursos para llevar esta batalla hasta los tribunales más altos. Puede tomar años, y le costará mucho dinero en gastos legales. Mientras tanto, sus hijos no tendrán un lugar estable donde vivir, no podrán estudiar como se merecen, no tendrán las oportunidades que podrían tener si aceptara mi oferta.
Matías dio un paso adelante, mirando a Carlos Mendoza a los ojos sin miedo.
—No necesitamos su dinero —dijo el joven con voz clara—. Tenemos nuestra tierra, tenemos nuestro pueblo, y tenemos nuestra familia. Eso es lo que realmente importa.
Carlos Mendoza miró a Matías con sorpresa, como si no esperara que un niño se atreviera a hablarle de esa manera. Luego volvió la mirada hacia Gabriel.
—Usted está criando a sus hijos con ideas muy antiguas, Sr. Rojas —dijo—. En el mundo moderno, el dinero es lo que da poder, lo que da oportunidades. Esta tierra podría valer mucho más en manos de alguien que sepa aprovecharla, alguien que pueda llevar los productos a mercados internacionales, generar empleos, hacer crecer la economía de la zona.
—Ya estamos haciendo crecer la economía de la zona —interrumpió Elena con voz firme—. Vendemos nuestros productos en el mercado local, ayudamos a otros agricultores con nuestras experiencias, enseñamos a los jóvenes cómo trabajar la tierra con respeto y amor. Ese es el legado que queremos dejar, no edificios de hormigón ni negocios que solo buscan el beneficio económico.
Carlos Mendoza suspiró, como si se diera cuenta de que no iba a conseguir nada con palabras dulces. Su expresión se endureció, y su voz tomó un tono más amenazante.
—Bueno, Sr. Rojas —dijo—. He hecho lo posible por resolver esto de manera pacífica. Pero si usted insiste en mantenerse en su camino, tendré que tomar medidas más firmes. Recuerde que la ley es igual para todos, y yo tengo los documentos que me dan derecho a esta tierra.
—Los documentos que usted tiene no son válidos —respondió Gabriel con calma—. Tenemos pruebas fehacientes de que la tierra pertenece a mi familia desde hace cuatro generaciones. Mi abuelo dejó todo registrado, y el pueblo está dispuesto a dar testimonio de nuestra historia aquí.
Carlos Mendoza miró a los niños de nuevo, luego volvió la mirada hacia Gabriel. Parecía estar evaluando si valía la pena continuar con su amenaza o si era mejor retirarse por el momento.
—Bien, Sr. Rojas —dijo finalmente—. Tenga cuidado con lo que desea. A veces, las cosas pueden salir mal para quienes se oponen a los intereses mayores.
Con esas palabras, se volvió y se dirigió hacia su camioneta. Antes de subir, se detuvo y miró hacia las tierras antiguas, donde aún quedaban los escombros de la casa quemada. Gabriel notó cómo sus ojos se tensaban por un instante, como si algo en aquel paisaje le recordara algo. Luego subió al vehículo y se fue, dejando un rastro de polvo en el camino.
Después de que se fuera, los niños se acercaron a sus padres, con expresiones preocupadas en sus rostros. Benjamín cogió la mano de Elena y la apretó con fuerza.
—Mamá, ¿él va a hacer algo malo? —preguntó el niño con voz temblorosa.
Elena abrazó a su hijo con fuerza, besándole la cabeza.
—No, mijito —respondió con calma—. Estamos a salvo aquí. Tenemos a nuestro pueblo con nosotros, y la verdad está de nuestro lado. Nadie va a hacer nada malo mientras estemos juntos.
Gabriel se dirigió hacia los vecinos que habían visto llegar a Carlos Mendoza y se habían acercado para ayudar en caso de necesidad. Don Miguel estaba allí, junto con otros hombres del pueblo, todos con expresiones serias en sus rostros.
—No vamos a permitir que vuelva a venir aquí para intimidarlos —dijo don Miguel con voz firme—. Desde hoy mismo, los turnos de vigilancia empezarán. Yo estaré aquí esta noche, y don Francisco mañana. Así sucesivamente, hasta que esta situación se resuelva.
Los demás hombres asintieron con firmeza, mostrando su apoyo a la familia Rojas. Gabriel sintió cómo su corazón se llenaba de gratitud hacia estas personas que lo habían aceptado como uno de los suyos, que estaban dispuestos a defenderlo y a su familia como si fueran suyos.
Esa tarde, mientras el sol se ponía sobre las tierras, pintando el cielo de colores naranjas y morados, Gabriel se sentó junto a sus hijos cerca de las plantaciones de calabaza. Les habló de sus antepasados, de cómo habían luchado por mantener la tierra en la familia, de los valores que habían transmitido de generación en generación.
—La tierra no es solo un lugar donde trabajar y cosechar —explicó Gabriel, mirando a cada uno de sus hijos a los ojos—. Es nuestro hogar, nuestra historia, nuestra identidad. Carlos Mendoza puede tener mucho dinero y muchos abogados, pero no tiene lo que nosotros tenemos: el amor por esta tierra, el respeto por nuestros antepasados y el apoyo de quienes nos quieren. Eso es algo que no se puede comprar con dinero.
Matías asintió con entendimiento, mientras Sofía tomaba nota de las palabras de su padre en su cuaderno. Benjamín miraba hacia las tierras antiguas, donde la luna empezaba a aparecer entre las nubes.
—Papá —dijo Benjamín—. Abuelo Alejandro está ahí, ¿verdad? Protegiéndonos.
—Sí, hijo —respondió Gabriel con una sonrisa—. Está aquí, junto con todos nuestros antepasados. Nos están cuidando, y nos darán la fuerza para enfrentar cualquier cosa que venga.
Mientras regresaban a la carpa donde Elena esperaba con una comida caliente lista para servir, Gabriel miró hacia el horizonte, donde la oscuridad iba cubriendo gradualmente el campo. Sabía que la batalla con Carlos Mendoza no había terminado, que probablemente vendrían más dificultades y más amenazas. Pero también sabía que tenía todo lo que necesitaba para enfrentarlas: su familia a su lado, su pueblo detrás de él y la certeza de que estaba defendiendo lo que era justo.
El viento soplaba suavemente sobre las plantaciones, llevando consigo el olor a tierra húmeda y a plantas maduras. Gabriel cerró los ojos por un instante, agradeciendo por todo lo que tenía y pidiendo fuerza para el camino que aún quedaba por recorrer. Sabía que el futuro sería difícil, pero también sabía que juntos, como familia y como pueblo, podrían superar cualquier obstáculo y construir un hogar donde la paz y la justicia reinaran siempre.
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luchar por lo que es tuyo, amar a tu familia, la familia es primero
Editado: 08.01.2026