Las semanas pasaron rápidamente, llevadas por el ajetreo de la cosecha y la preparación para el juicio que se avecinaba. Los campos de la familia Rojas habían dado sus frutos en abundancia: montones de calabazas, zapallos, frijoles y ajíes llenaban el cobertizo improvisado que los vecinos habían ayudado a construir. El mercado del pueblo había recibido sus productos con entusiasmo, y muchos clientes venían directamente a la propiedad para comprar los alimentos frescos y orgánicos que cultivaban con tanto cariño.
Gabriel había pasado las tardes después del trabajo en el campo revisando documentos con el abogado que el pueblo había conseguido para ellos: don Antonio, un hombre de edad avanzada con una larga trayectoria en casos de propiedad rural, que había aceptado defenderlos de forma gratuita. Dijo que la evidencia que tenían era irrefutable, que los documentos de su bisabuelo y la carta de su abuelo eran prueba suficiente para ganar el caso. Pero también advirtió que Carlos Mendoza no se rendiría fácilmente, que contaría con los mejores abogados del país y haría todo lo posible para desacreditar su testimonio y sus documentos.
Una mañana fresca de principios de otoño, mientras Gabriel preparaba las herramientas para trabajar en el riego de las nuevas siembras de trigo, vio llegar un vehículo que conocía: la camioneta del comandante Márquez. El oficial se bajó con una expresión seria pero con un brillo de esperanza en los ojos, acercándose rápidamente a Gabriel.
—Sr. Rojas —dijo, estrechándole la mano—. Tenemos noticias importantes sobre la investigación del incendio.
Gabriel sintió cómo su corazón se aceleraba. Habían pasado meses sin saber nada más sobre lo que había causado el fuego que había destruido su casa, y ahora la verdad parecía estar a punto de salir a la luz.
—Entremos, por favor —dijo, conduciéndolo hacia la carpa donde Elena acababa de servir el desayuno a los niños.
Todos se reunieron alrededor de la mesa mientras el comandante Márquez sacaba una carpeta de su maletín y la abría sobre la superficie de madera. Sacó varias fotografías y documentos, colocándolos uno por uno delante de la familia.
—Hemos estado investigando a Carlos Mendoza desde que ustedes nos mencionaron su nombre —explicó el comandante—. Hemos revisado sus movimientos la noche del incendio, y aunque inicialmente tenía un coartada, hemos descubierto que mintió sobre dónde estaba. Además, hemos encontrado pruebas de que contrató a alguien para que quemara su casa.
Elena cubrió la boca con las manos, mientras los niños miraban con ojos abiertos de incredulidad y rabia. Gabriel sintió cómo la sangre le subía a la cabeza, pero se obligó a mantener la calma para escuchar todo lo que el comandante tenía que decir.
—El hombre que contrató para hacerlo se ha declarado culpable —continuó Márquez—. Dijo que Mendoza le pagó una gran suma de dinero para quemar la casa y hacer que pareciera un accidente, con la intención de asustarlos para que abandonaran las tierras antes de presentar la demanda. También hemos encontrado el bidón de combustible que se usó, con las huellas dactilares del hombre y pruebas de que el dinero que recibió provino de una cuenta bancaria a nombre de Mendoza.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó Elena con voz entrecortada—. ¿Por qué quería destruir nuestra casa, nuestra vida?
El comandante suspiró, mirando con compasión a la familia.
—Según las declaraciones del hombre y las investigaciones que hemos hecho, Mendoza necesita sus tierras para expandir su negocio de exportación —explicó—. Quiere construir una planta de procesamiento de alimentos en esta zona, y sus tierras son el lugar perfecto porque están cerca del camino principal y tienen acceso al agua del canal. Cuando su padre se negó a venderle las tierras, decidió tomar otras medidas.
Matías se puso en pie con fuerza, golpeando la mesa con su puño.
—Así que fue él quien quemó nuestra casa —dijo con voz temblorosa de rabia—. Quiso hacernos daño a nosotros, a mi familia, solo por dinero.
El comandante asintió con tristeza.
—Lamentablemente sí, joven —dijo—. Pero ahora tenemos todas las pruebas necesarias para acusarlo no solo de incendio intencional, sino también de amenazas y tentativa de apropiación indebida de propiedad. El juicio se celebrará en dos semanas, y ustedes serán llamados a declarar como testigos.
Después de que el comandante Márquez se fuera, la familia se quedó en silencio por un largo rato. Las noticias habían sido un golpe duro, pero también habían traído una sensación de alivio: finalmente sabían la verdad, y el responsable de destruir su hogar sería llevado ante la justicia.
Gabriel se levantó y se dirigió hacia las tierras antiguas, donde los escombros de la casa aún permanecían como un recordatorio de lo que habían perdido. Se sentó entre los postes carbonizados, cerrando los ojos por un instante y permitiendo que las emociones lo invadieran. Pensó en todas las noches que habían pasado en aquella casa, en las risas de los niños, en las conversaciones alrededor de la mesa de comedor, en el amor que había llenado cada rincón de aquel lugar. Ahora sabían quién había querido destruir todo eso, y aunque el dolor no desaparecería de la noche a la mañana, al menos tenían la certeza de que la justicia se haría.
Regresó a la carpa donde Elena y los niños seguían sentados alrededor de la mesa. Sofía había cogido una de las fotografías rotas que habían rescatado, mirándola con atención. Era la foto de Navidad que don Miguel había tomado, donde todos lucían felices y llenos de esperanza.
—Mamá —dijo Sofía, sin quitar la mirada de la fotografía—. Aunque la casa se quemó, nosotros seguimos siendo una familia. Eso es lo que realmente importa, ¿no?
Elena abrazó a su hija con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Sí, mi amor —respondió—. Eso es lo que realmente importa. La casa puede ser reconstruida, las cosas pueden ser reemplazadas, pero la familia es para siempre.
En los días siguientes, la noticia se extendió por el pueblo como la pólvora. Los vecinos se reunieron en la plaza principal para discutir lo que había pasado y para mostrar su apoyo a la familia Rojas. Don Enrique anunció que organizaría un convoy para ir todos juntos al juicio, para demostrar que el pueblo estaba detrás de ellos y que no permitiría que la justicia fuera manipulada por el dinero o el poder.
La señora Marta preparó cajas llenas de pan caliente, empanadas y bebidas para llevar al juicio. Don Francisco organizó un grupo de hombres para cuidar las tierras de la familia mientras estuvieran fuera. Don Miguel se ofreció para llevar a todos en su camión, asegurándose de que nadie se quedara atrás.
—Estos son nuestros hermanos —dijo don Enrique en voz alta durante la reunión—. Han trabajado duro para construir su vida aquí, han compartido lo poco que tenían con todos nosotros. Ahora es nuestro turno de demostrarles que no están solos. Vamos todos al juicio para decirle al mundo que en San Javier defendemos a nuestros propios.
La noche antes del juicio, la familia Rojas se reunió alrededor de una fogata que habían encendido cerca de la carpa. Las llamas bailaban en la oscuridad, iluminando sus rostros y proyectando sombras sobre las plantas que crecían a su alrededor. Gabriel había sacado el pequeño corazón de metal que había encontrado entre los escombros de la casa, colocándolo sobre una roca cerca del fuego para que la luz de las llamas lo iluminara.
—Mi abuelo siempre decía que el fuego puede destruir las cosas materiales, pero no puede quemar el amor ni la verdad —dijo Gabriel, mirando el corazón de metal brillar bajo la luz de las llamas—. Carlos Mendoza pensó que con quemar nuestra casa podría hacer que nos fuéramos, pero no contó con que nuestra fuerza está en nuestra unidad, en nuestro amor como familia y en el apoyo de nuestro pueblo.
Matías se acercó a su padre, llevando consigo el cofre de metal que habían encontrado. Había organizado todos los documentos en orden, preparándose para presentarlos en el juicio.
—Papá —dijo—. He estado leyendo los documentos de nuestro bisabuelo, y él decía que la tierra no solo nos pertenece a nosotros, sino que también nosotros pertenecemos a la tierra. Tenemos la responsabilidad de cuidarla y transmitirla a las próximas generaciones, como lo hicieron nuestros antepasados.
Gabriel sonrió y colocó una mano sobre el hombro de su hijo. Sabía que la tradición continuaría, que Matías sería el encargado de cuidar la tierra cuando él ya no pudiera hacerlo, que los valores que habían sido transmitidos de generación en generación seguirían vivos en él y en sus hermanos.
Benjamín se sentó en el regazo de su madre, sosteniendo uno de los juguetes de madera que su abuelo le había tallado.
—Mamá —preguntó el niño—. Después del juicio, vamos a construir una nueva casa, ¿verdad? Como la que teníamos antes, pero aún mejor.
Elena besó la cabeza de su hijo con amor.
—Sí, mijito —respondió—. Vamos a construir una casa hermosa, con muchas habitaciones, un gran comedor donde podamos reunirnos todos los días, un huerto más grande para cultivar nuestras verduras favoritas. Y vamos a plantar un nuevo árbol de guayaba en el mismo lugar donde estaba el de tu abuelo, para que crezca junto con nosotros.
Sofía tomó el cuaderno donde había estado registrando las cosechas y los eventos de la familia, escribiendo algunas últimas palabras antes de cerrarlo.
—He estado escribiendo todo lo que nos ha pasado —dijo—. Desde el día que se quemó nuestra casa hasta ahora. Quiero que cuando crezcamos, recordemos cómo superamos todas estas dificultades juntos, cómo el pueblo nos ayudó y cómo nunca perdimos la fe en nosotros mismos.
La fogata siguió ardiendo durante horas, calentándolos con su luz y su calor mientras conversaban y recordaban los momentos felices que habían vivido en aquellas tierras. Gabriel miró a su familia, a sus hijos que habían crecido tanto en tan poco tiempo, a su esposa que había sido su roca en los momentos más difíciles, y sintió cómo su corazón se llenaba de gratitud y amor. Sabían que el juicio sería difícil, que Carlos Mendoza haría todo lo posible para ganar, pero también sabían que tenían la verdad de su lado, y que no estaban solos en esta batalla.
Al amanecer, el convoy de vehículos del pueblo empezó a reunirse en la entrada de la propiedad. Don Miguel llegó con su camión lleno de vecinos, todos con rostros serios pero con determinación en los ojos. La señora Marta trajo las cajas de comida que había preparado, distribuyéndolas entre todos los presentes. Don Francisco llevó las linternas y los radios que había preparado, asegurándose de que todos estuvieran conectados.
Gabriel miró una vez más hacia las tierras antiguas, luego hacia las nuevas plantaciones que crecían con vigor. Tomó el corazón de metal de la roca donde lo había colocado la noche anterior, guardándolo con cuidado en el bolsillo de su camisa. Elena cogió las fotografías rotas, colocándolas en una carpeta para llevarlas al juicio como recordatorio de lo que habían perdido y de lo que estaban defendiendo. Los niños cogieron sus pertenencias más preciadas: el cuaderno de Sofía, los juguetes de Benjamín, los documentos organizados por Matías.
Mientras subían al camión de don Miguel, Gabriel se detuvo un instante y miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a salir pintando el cielo de colores dorados y rosados. Sintió la presencia de sus antepasados, de su padre, de su abuelo, de todos aquellos que habían trabajado esa tierra antes que él. Sabía que estaban con ellos en ese día importante, que les darían la fuerza y la valentía para decir la verdad y defender lo que era suyo.
El convoy se puso en marcha, dirigiéndose hacia la ciudad donde se celebraría el juicio. Los vecinos cantaban canciones tradicionales del pueblo, llenando el aire de alegría y esperanza a pesar de la seriedad del momento. Gabriel cogió la mano de Elena, mientras los niños se abrazaban unos a otros en el asiento trasero del camión. Sabían que el camino por delante sería difícil, pero también sabían que juntos, como familia y como pueblo, podrían superar cualquier obstáculo y alcanzar la justicia que se merecían.
La tierra se extendía a ambos lados del camino, verde y fértil bajo el sol naciente. Gabriel pensó en todas las generaciones que habían caminado por ese mismo camino, en todas las familias que habían trabajado la tierra con amor y dedicación. Sabía que la historia de su familia formaba parte de la historia del pueblo, que sus luchas y sus triunfos eran los mismos que los de todos aquellos que habían elegido vivir de la tierra y del trabajo honesto.
Mientras se acercaban a la ciudad, el camión de don Miguel se unió a otros vehículos que venían de pueblos cercanos, todos con el mismo propósito: apoyar a la familia Rojas y demostrar que la justicia no se compra con dinero ni con poder. Gabriel miró hacia fuera de la ventana, viendo cómo el convoy crecía cada vez más, cómo más y más personas se unían a su causa, y sintió cómo una esperanza profunda se apoderaba de él. Sabía que ese día no solo decidiría el futuro de su familia, sino también el futuro de todas las personas que creían en la justicia y en el derecho de cada uno a vivir en paz y dignidad en su propia tierra.
#1697 en Otros
#284 en Novela histórica
luchar por lo que es tuyo, amar a tu familia, la familia es primero
Editado: 08.01.2026