El amanecer apenas empezaba cuando salí al callejón con los pies descalzos y el estómago vacío.
La madera de las casas seguía húmeda por la niebla. El suelo estaba frío. Yo caminaba rápido, pero sin hacer ruido. Conocía cada piedra floja, cada tabla rota y cada esquina donde podía esconderme si alguien abría una puerta antes de tiempo.
No había nadie esperándome en ninguna casa.
Nunca lo hubo.
Tenía unos ocho años. Al menos eso calculaba. Nadie me había dicho cuándo nací y tampoco había alguien que celebrara esas cosas conmigo. Yo contaba el tiempo por lo que me pasaba: el invierno en que casi se me congelaron los dedos, el verano en que tuve fiebre varios días y el otoño en que me hice daño al caer de un techo.
Así llevaba la cuenta.
Me detuve detrás de un barril viejo y asomé la cabeza. La plaza empezaba a moverse. Los comerciantes abrían sus puestos, bajaban cajas y acomodaban telas. En el puesto del panadero ya salía olor a pan caliente.
Mi estómago hizo ruido.
Me apreté la barriga con una mano.
—Cállate —murmuré—. No me metas en problemas.
El panadero se llamaba Lenart. Era grande, tenía los brazos gruesos y siempre estaba rojo por el calor del horno. También tenía mala paciencia.
—¡Apúrense con esas cajas! —gritó a su ayudante—. ¡Si la masa se enfría, perdemos tiempo!
Yo no aparté la vista de sus manos.
Lenart siempre repetía los mismos movimientos. Revisaba las bandejas, se limpiaba la frente, miraba hacia la calle, volvía a agacharse y se olvidaba del borde del mostrador por unos segundos.
Eso era todo lo que necesitaba.
—Uno... dos... —susurré, contando el momento—. Uno... dos...
Cuando se agachó para abrir un costal de harina, salí corriendo.
Agarré un pan pequeño. Me quemó los dedos porque estaba recién hecho, pero no lo solté. Lo apreté contra el pecho y me metí entre la gente.
—¡Ey! —gritó Lenart—. ¡Regresa aquí, niña ladrona!
No miré atrás.
Salté un charco, pasé por debajo de una carreta y corrí hacia un callejón estrecho.
—¡Es ella otra vez! —gritó un guardia desde la plaza—. ¡La niña descalza! ¡Atápenla!
Reconocí las voces de inmediato. Uno era Tor, el guardia joven que siempre quería lucirse. El otro era Bren, que corría poco y se quejaba mucho.
—¡Detente! —gritó Tor—. ¡Por orden del mercado!
Yo casi me reí.
—Sí, claro —murmuré sin bajar la velocidad.
Llegué a una escalera vieja apoyada contra una pared. La subí de prisa y salté al techo. Mis pies estaban fríos, pero conocía esas tejas. Sabía dónde pisar para que no se rompieran.
Tor apareció abajo, mirando hacia arriba.
—¡Subió al techo!
Bren llegó detrás, respirando fuerte.
—No subas con esas botas —le dijo—. Te vas a romper algo.
—¡Tengo que atraparla!
—Tienes que cuidar la plaza, no hacerte el héroe.
Tor intentó subir de todos modos. La madera estaba mojada y casi se cayó en el segundo peldaño.
Yo lo miré desde arriba, con el pan apretado contra el pecho.
—Mejor quédate abajo —le dije en voz baja, aunque no podía oírme.
Salté al siguiente techo y luego a otro. Cuando estuve lejos de los gritos, me escondí detrás de una chimenea baja. Ahí me senté, respiré hondo y mordí el pan.
Estaba caliente y me quemó un poco la lengua. Me dio igual.
Comí rápido. Tenía tanta hambre que me temblaban las manos.
Desde arriba vi a una mujer arreglándole la ropa a su hijo. El niño lloraba porque quería algo del mercado.
—No llores —le decía ella—. Hoy te compro un pan dulce.
—¿Dos? —preguntó el niño.
—Uno. Y ya es bastante.
Me quedé mirando más tiempo del que debía. Sentí una molestia en el pecho. No era envidia. Era algo peor, porque no sabía cómo quitarlo.
Me obligué a apartar la vista.
—No mires esas cosas —me dije—. Si miras demasiado, te vuelves lenta.
Guardé la mitad del pan en mi morral roto.
—Para después.
Bajé de los techos al mediodía. El lodo se me pegó a los pies y el aire olía a madera mojada. Pasé por detrás de unas casas y vi una canasta con manzanas cerca de una reja.