Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 1 - La niña de las sombras

Las primeras luces del amanecer apenas comenzaban a colarse entre los tejados de madera de la aldea cuando una figura pequeña y descalza se deslizó entre los callejones aún húmedos por la niebla nocturna. Ayrinia avanzaba con pasos ligeros, casi sin hacer ruido, como si su cuerpo conociera de memoria cada grieta del suelo y cada tabla suelta. Sus ojos oscuros se movían sin descanso, atentos a cualquier cambio, a cualquier puerta que se abriera antes de tiempo, a cualquier perro que asomara el hocico desde un patio. No había nadie esperándola en ninguna casa. No existía una puerta que pudiera llamar ni una voz que pronunciara su nombre con preocupación. Desde que tenía memoria, la calle había sido su único hogar, su único refugio y su única escuela.

Tenía ocho años —tal vez—, porque nadie le había contado con certeza cuándo había nacido. Ayrinia se guiaba por estaciones y por cicatrices: el invierno del frío que le dejó las uñas moradas, el verano de la fiebre que casi la tumbó, el otoño en que se abrió la ceja al caer de un alero. La miseria no le había robado la astucia; la había apretado por dentro, como si su vida fuera un puño cerrado que no podía relajarse ni un segundo.

Se detuvo detrás de un barril agrietado, pegando la espalda a la madera y asomando apenas la cabeza. La plaza comenzaba a despertar con lentitud. Los comerciantes levantaban sus puestos con movimientos torpes, todavía adormecidos, desplegando telas desteñidas y descargando cajas pesadas. El olor del pan recién horneado se extendió por el aire como una bofetada directa al estómago de Ayrinia, que respondió con un gruñido involuntario.

—Cállate... —murmuró entre dientes, presionándose el vientre—. No es momento. No me delates.

Observó al panadero desde su escondite. El hombre era ancho de hombros, con brazos como troncos y la cara roja de calor incluso a esa hora. Se llamaba Lenart, lo había escuchado mil veces a voces.

—¡Apúrense con esas cajas! —gritaba Lenart a un ayudante—. ¡Si se enfría la masa, la jornada se arruina!

Ayrinia contó cada paso que daba, cada vez que giraba la cabeza, cada distracción. El panadero tenía hábitos, y los hábitos eran puertas. Cuando se inclinaba a acomodar bandejas, dejaba el borde del puesto sin vigilancia. Cuando se limpiaba el sudor con el antebrazo, tardaba dos respiraciones en volver a mirar.

—Uno... dos... —susurró ella—. Uno... dos...

En el mismo instante en que Lenart se inclinó para revisar una canasta de harina, Ayrinia tensó el cuerpo.

—Ahora —se dijo—. Es ahora.

Salió disparada. Su brazo delgado se estiró con precisión y atrapó un trozo de pan aún tibio. El calor le quemó un poco la piel, pero no soltó. Lo apretó contra el pecho y, en menos de un parpadeo, ya estaba corriendo, deslizándose entre las piernas de los clientes que comenzaban a llegar.

—¡Eh! ¡¿Qué...?! —bramó Lenart al notar la ausencia—. ¡Vuelve aquí! ¡Maldita niña!

Ayrinia no miró atrás. Saltó un charco, rodó bajo una carreta y giró bruscamente por un callejón.

—¡Es ella otra vez! —gritó un guardia desde la plaza—. ¡La de los pies descalzos! ¡No la dejen escapar!

—¡Como si fuera tan fácil! —respondió el otro, jadeando apenas con solo empezar—. ¡Esa cosa corre como si no tocara el suelo!

Ayrinia escuchaba cada palabra mientras avanzaba. Sabía exactamente quién la perseguía. Reconocía el sonido de sus botas, el ritmo desigual de sus pasos, el chirrido de una rodillera mal ajustada. Uno de ellos era Tor, el joven que se creía héroe. El otro era Bren, grande y cansado, el que odiaba correr.

—¡Detente! —gritó Tor, intentando sonar firme—. ¡Por la autoridad del mercado, detente!

Ayrinia soltó una risa corta, sin alegría.

—¡Autoridad! —susurró para sí—. Tu autoridad no me alimenta.

Giró por una esquina, pasó junto a una pared donde alguien había dejado una escalera vieja apoyada.

—Perfecto —pensó.

Trepó con rapidez, subió dos peldaños y saltó a una viga. Un segundo después, Tor llegaba al lugar y alzaba la vista.

—¡Ahí está! —vociferó—. ¡Arriba!

Bren llegó detrás, con la respiración más pesada.

—Tor, eres un idiota —refunfuñó—. ¿Vas a subir tú también? ¿Con esas botas?

—¡Claro que voy a subir! ¡Es mi deber!

—Tu deber es no romperte el cuello —gruñó Bren—. Y mi deber es no correr como un perro detrás de una niña.

Tor no escuchó. Intentó trepar por la escalera, pero sus botas resbalaron en la madera húmeda.

—¡Maldita sea! —soltó entre dientes.

Ayrinia, desde el tejado más bajo, los observó un segundo.

—Se están cansando —pensó—. Uno finge que puede. El otro sabe que no quiere.

Saltó al siguiente techo, y luego a otro. Su cuerpo se movía con un ritmo aprendido a golpes. Cuando cometía un error, no había salida. Cuando huía con éxito, podía seguir viviendo.

Se detuvo solo cuando estuvo segura de que había suficiente distancia. Se agachó detrás de una chimenea, respirando rápido, y mordió el pan con desesperación. Tenía hambre de verdad, esa hambre que hace que la cabeza duela y que las manos tiemblen.



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Editado: 26.05.2026

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