Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 2 - La sustancia prohibida

Cuando me cubrieron los ojos, lo primero que pensé fue que no debía llorar.

Me la habían apretado tanto que me raspaba la piel de la cara. Tenía las muñecas atadas y los tobillos lastimados por los golpes del carro. Cada vez que una rueda pasaba sobre una piedra, mi cuerpo chocaba contra la madera.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que me atraparon en el callejón.

Podían haber sido minutos o tal vez horas.

Yo solo sabía una cosa: me estaban llevando lejos de la aldea.

Intenté mover las manos. Las cuerdas se clavaron en mi piel y me ardieron las muñecas.

—¡Suéltenme! —grité, aunque la voz me salió más aguda de lo que quería—. ¡Suéltenme ahora mismo!

Una mano grande me empujó la cabeza hacia abajo.

—Cállate.

La voz era de un hombre adulto. No gritó. Eso me dio más rabia.

—¡No me voy a callar! —respondí, respirando rápido—. ¡No soy una bolsa de comida! ¡No soy un animal!

Otro hombre soltó una risa corta.

—Ahora eres lo que nosotros digamos.

Apreté los dientes.

Quise patear, pero tenía las piernas mal acomodadas y apenas pude moverme. El carro siguió avanzando. Escuché caballos, cuero, ruedas y hombres que respiraban cerca de mí. Ninguno parecía nervioso. Para ellos esto era normal.

Eso me asustó más.

—¿A dónde me llevan? —pregunté.

Nadie respondió.

—¡Díganme a dónde me llevan!

La misma mano me apretó el hombro.

—Vas a saberlo cuando lleguemos.

Me quedé callada unos segundos porque necesitaba pensar.

Si saltaba del carro, tal vez me rompía una pierna. Si gritaba más, podían golpearme. Si me quedaba quieta, al menos podía escuchar.

Eso hice.

Escuché el camino. Primero había piedra. Luego tierra. Después el ruido cambió otra vez, como si pasáramos por un lugar cerrado. El aire se volvió más frío.

No me gustó.

El carro frenó de golpe. Me fui hacia un lado y me golpeé la rodilla.

—¡Ah! —solté, sin poder evitarlo.

Alguien me agarró de los brazos y me bajó sin cuidado. Mis pies tocaron tierra fría. Luego sentí piedra bajo las plantas. Había escalones.

—Camina —ordenó un hombre.

—No veo nada.

—Camina igual.

Me empujaron.

Bajé contando los escalones para no caerme

Bajé contando los escalones para no caerme. Uno. Dos. Tres. Seguían y seguían. El lugar tenía eco. A lo lejos escuché una cadena arrastrarse y me quedé helada.

—¿Qué es este lugar? —pregunté, más bajo.

Nadie contestó.

Seguimos bajando. El olor a humo y metal se hizo más fuerte. Me raspaba la garganta al respirar.

Llegamos a una puerta. Escuché cómo abrían un cerrojo grande. Después, una puerta de hierro rechinó de una forma horrible.

Me metieron de un empujón.

—¡Oye! —grité, intentando mantener el equilibrio—. ¡Quítenme esto de la cara!

Me arrancaron la venda de un tirón.

La luz de las antorchas me hizo cerrar los ojos. Me dolió. Parpadeé muchas veces hasta que pude ver bien.

Entonces me quedé quieta.

El cuarto era grande. Las paredes estaban húmedas y llenas de dibujos hechos con tiza, carbón y pintura oscura. Había mesas de madera, frascos, herramientas y cadenas colgadas en varios puntos. Sobre una mesa vi líquidos de varios colores. Algunos eran verdes, otros azules y otros rojos. No entendía qué eran, pero sabía que no quería estar cerca.

Después vi a los niños.

Había varios sentados contra una pared. Algunos tenían la ropa rota. Otros estaban tan quietos que no sabía si dormían o si ya no podían moverse. Uno era muy pequeño. Otro tenía el labio partido. Una niña abrazaba sus rodillas y miraba al suelo sin parpadear.

El estómago se me apretó.

—No puede ser —susurré.

Un hombre con capucha y guantes negros se acercó a mí.

—Llegó otra —dijo.

No dijo niña. No dijo persona. Dijo otra.

Eso me hizo reaccionar.

—Tengo nombre —le dije, levantando la barbilla.

El hombre me miró como si yo hubiera dicho una tontería.

—Aquí eso no importa.



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Editado: 17.07.2026

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