La tela áspera que cubría los ojos de Ayrinia olía a humedad, a encierro y a suciedad. Todo el viaje fue un golpe constante por el movimiento del carro sobre las piedras y el tirón de las cuerdas que la amarraban. Su cuerpo se sacudía con cada bache del camino. Por momentos sentía el aire frío y luego más pesado. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la atraparon en el callejón. En la oscuridad, no podía calcular las horas; solo sentía que avanzaba hacia un lugar desconocido.
Intentó mover las manos, pero las cuerdas le lastimaron la piel.
—¡Suéltenme! —gritó, y su voz sonó más aguda de lo normal—. ¡No tienen derecho a llevarme a ningún lado!
Una mano pesada le apretó el hombro y la obligó a agacharse.
—Cállate —dijo una voz de hombre, seria y fría.
—¡No me voy a callar! —respondió Ayrinia, respirando agitada—. ¡Yo no soy un bulto! ¡No soy nada de ustedes!
Otra voz, más cerca de ella, hizo un ruido de burla.
—Eso es exactamente lo que eres ahora —murmuró—. Un objeto que sirve para un trabajo.
Ayrinia apretó los dientes con coraje. El carro siguió avanzando y el ruido de los caballos se mezcló con el crujido de la madera.
—¡Díganme a dónde me llevan! —exigió—. ¡No me voy a quedar quieta!
Nadie le contestó. Solo se escuchaba el roce de la ropa, el ruido del cuero y un silencio total, como si a esos hombres no les importaran sus palabras.
El viaje terminó de repente cuando el carro frenó con un golpe seco. Ayrinia perdió el equilibrio y se pegó en la rodilla.
—¡Ah! —se quejó por el golpe.
La bajaron con brusquedad. Sintió la tierra fría en los pies y luego el borde de un escalón. El aire cambió por completo: olía a humo, a velas quemadas, a piedra húmeda y a un metal que le raspaba la garganta al respirar.
—Camina —ordenó el hombre de la voz gruesa.
—No veo nada —le contestó ella.
—Camina igual.
La empujaron y Ayrinia avanzó a tropezones, contando los escalones con los pies. Uno, dos, tres. El eco del lugar devolvía el ruido de su respiración y el sonido lejano de unas cadenas.
—¡¿Qué es este lugar?! —preguntó más despacio, porque el miedo ya le ganaba al coraje—. ¡¿Qué quieren de mí?!
El hombre soltó una risa corta.
—Ya lo vas a saber.
Una puerta de hierro rechinó al abrirse. La metieron a la fuerza y el portazo sonó muy fuerte.
—¡Ey! —Ayrinia se pegó con la frente en la pared para intentar quitarse la venda—. ¡Cobardes! ¡Quítenme esto si van a hacer algo!
Le jalaron la venda de un tirón y la luz de las antorchas la deslumbró. Parpadeó varias veces, mareada, y cuando pudo ver bien, sintió un vacío en el estómago.
Estaba en un cuarto grande iluminado por antorchas. Las paredes tenían dibujos raros hechos con tiza y ceniza. Del techo colgaban cadenas gruesas y pesadas. Sobre unas mesas de madera había frascos con líquidos de colores llamativos: verdes espesos, rojos con burbujas y azules brillantes.
También había otros niños.
Estaban sentados contra la barda. Algunos se abrazaban las piernas y otros miraban al vacío. Había uno muy chico que parecía no entender nada y otro con el labio roto y la ropa empapada de sudor.
Ayrinia sintió que le faltaba el aire.
—No puede ser —susurró.
Un hombre encapuchado con guantes negros se acercó a ella.
—Llegó un nuevo sujeto —dijo, como si hablara de un animal.
Ayrinia apretó los puños.
—¡Yo no soy un sujeto, tengo nombre!
El hombre la miró de arriba abajo.
—Aquí los nombres no sirven para nada.
—¡Claro que sirven! —Ayrinia dio un paso al frente, temblando de rabia—. ¡Es lo único mío que me queda! ¡Lo único que no me han podido quitar!
Otro encapuchado se acercó con un papel. No la miró a la cara; solo le revisó el cuerpo.
—Edad aproximada: ocho años —dijo—. Peso bajo. Cicatrices de vivir en la calle. Buena fuerza para su tamaño.
—¡Deja de hablar de mí como si no estuviera aquí! —le gritó Ayrinia.
Un hombre le agarró el brazo y se lo dobló hacia atrás.
—Se está resistiendo —avisó el que escribía.
—Siempre hacen lo mismo al principio —respondió el otro.
En ese momento entró el jefe del grupo.
Era más alto que los demás y su ropa era completamente negra. Traía un collar de metal en forma de espiral colgado en el pecho. Su presencia hizo que todos en el cuarto se callaran y se hicieran a un lado de inmediato.