Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 2 - La sustancia prohibida

La tela áspera que cubría los ojos de Ayrinia olía a humedad vieja, a encierro y a manos ajenas. El mundo era un golpe constante: el traqueteo del carro, el vaivén de las ruedas sobre piedras, el tirón de las cuerdas que la mantenían sujeta. Su cuerpo pequeño se estremecía con cada bache. A ratos, el aire se volvía más frío; luego, más denso. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la capturaron en aquel callejón. Para ella, en la oscuridad, los minutos no tenían forma. Solo existía la sensación de avanzar hacia algo que no podía ver.

Intentó mover las manos, pero las ataduras le quemaron la piel.

—¡Suéltenme! —gritó, y su voz sonó más aguda de lo que quería—. ¡No tienen derecho! ¡No me van a llevar a ningún lado!

Una mano dura le presionó el hombro, obligándola a inclinarse.

—Cállate —dijo una voz masculina, grave, sin emoción.

—¡No me callo! —respondió Ayrinia, jadeando—. ¡No soy un saco! ¡No soy... no soy nada de ustedes!

Otra voz, más cercana, soltó un resoplido.

—Eso es lo que eres —murmuró—. Un objeto. Y los objetos sirven para un propósito.

Ayrinia apretó los dientes con rabia. El carro siguió avanzando. El sonido de cascos se mezcló con el chirrido de madera.

—¿A dónde me llevan? —exigió—. ¡Díganme a dónde! ¡No voy a quedarme callada!

Nadie contestó. Solo oyó el roce de telas, el crujido de cuero y un silencio que se sentía deliberado, como si sus palabras no merecieran existir.

El viaje terminó de golpe. El carro frenó con un tirón brusco. Ayrinia perdió el equilibrio y se golpeó la rodilla.

—¡Ah...! —se le escapó un quejido.

La bajaron con rudeza. Sintió tierra fría bajo sus pies, luego el borde de un escalón. El aire cambió de inmediato: olía a hollín, a velas consumidas, a piedra mojada y a algo metálico que le raspaba la garganta al respirar.

—Camina —ordenó la voz grave.

—No veo —escupió ella.

—Camina igual.

La empujaron. Ayrinia avanzó a trompicones, contando escalones con los pies. Uno. Dos. Tres. El eco de la piedra devolvía sus respiraciones y el sonido de cadenas lejanas.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, más bajo, porque el miedo se le metía por debajo de la rabia—. ¿Qué... qué quieren de mí?

Una risa corta respondió, sin alegría.

—Lo sabrás cuando llegue el momento.

Una puerta de hierro chirrió. La empujaron dentro y el portazo retumbó como un sello.

—¡Oigan! —Ayrinia golpeó la tela en sus ojos con la frente, intentando arrancársela—. ¡Oigan, cobardes! ¡Mírenme a la cara si van a...!

Le tiraron de la venda y la luz de antorchas le explotó en los ojos. Parpadeó con fuerza, mareada, y cuando por fin pudo enfocar, el estómago se le apretó.

Estaba en una cámara iluminada por antorchas. Las paredes estaban cubiertas de símbolos pintados con tiza y ceniza. Cadenas colgaban del techo, gruesas, pesadas. Mesas de madera sostenían frascos con líquidos de colores imposibles: verdes espesos, rojos burbujeantes, azules que brillaban como estrellas atrapadas en cristal.

Había niños.

Niños sentados contra la pared, algunos abrazándose las rodillas, otros con la mirada perdida. Había uno tan pequeño que parecía no entender dónde estaba. Había otro con el labio partido y la camisa pegada al cuerpo por el sudor.

Ayrinia sintió que el aire se volvía más corto.

—No... —susurró.

Una figura encapuchada se acercó. Sus manos estaban cubiertas por guantes negros.

—Nuevo sujeto —dijo, como si hablara de un objeto.

Ayrinia apretó los puños.

—No soy un sujeto —escupió—. ¡Tengo nombre!

La figura inclinó la cabeza.

—Los nombres no importan aquí.

—¡Sí importan! —Ayrinia dio un paso adelante, temblando de furia—. ¡Importan porque son lo único que es mío! ¡Lo único que nadie me ha podido quitar!

Otro encapuchado se acercó con un pergamino. No la miró a los ojos; la miró como se mira una herida.

—Edad aproximada: ocho —dijo—. Peso: bajo. Marcas antiguas de calle. Buena musculatura para su tamaño.

—¡Deja de hablar de mí como si no estuviera! —gritó Ayrinia.

Una mano le cerró el brazo y se lo giró.

—Se resiste —comentó el escriba.

—Siempre se resisten —respondió otro.

Entonces entró él.

El líder de los encapuchados.

Era más alto que los demás, su capa era más oscura, como si absorbiera la luz. Llevaba un colgante metálico en forma de espiral que colgaba en su pecho. Su presencia heló la sala. Los otros se apartaron apenas, con una obediencia automática.

Ayrinia lo miró con odio.

—¿Tú mandas aquí? —le escupió—. Entonces mírame. ¡Mírame cuando te hablo!



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Editado: 26.05.2026

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