Ayrinia dejó de contar los días hacía mucho tiempo.
Al principio, cuando la secta la encerró bajo tierra, intentó medir el paso del tiempo. Marcaba las paredes con las uñas y con piedras, contaba las veces que le daban agua y se fijaba en el grosor de las velas para adivinar las horas. Pero el lugar estaba hecho para confundirla. Cambiaban las velas antes de que se terminaran, los guardias rotaban sin un horario fijo y las puertas se cerraban siempre con el mismo ruido.
A pesar de todo, ella cambió.
No cambió como ellos querían, para convertirse en el sujeto 17. Cambió para no morir.
Su cuerpo ya no era el de una niña común. Sus hombros se veían más firmes y sus brazos tenían músculos delgados y duros por el hambre, los golpes y las pruebas. Tenía cicatrices nuevas sobre las viejas. En su piel quedaron marcas de los dibujos quemados, como si le hubieran escrito encima en otro idioma.
Ayrinia se daba cuenta de eso cada vez que veía su reflejo en el vidrio de algún frasco o en los charcos del piso. Miraba esa imagen con mucho coraje.
—Debería verme diferente —susurraba a veces.
Rilacia siempre estaba cerca cuando se ponía a pensar en eso.
Rilacia también había cambiado. Su mirada era más firme y no se agachaba ni cuando estaba muy cansada. Su cabello rojizo ahora estaba siempre amarrado de forma sencilla para que no le estorbara en la cara. Tenía moretones que nunca se le quitaban, pero seguía muy decidida a salir de ahí.
Esa mañana las sacaron de la celda muy temprano. El pasillo olía a metal y a humedad. Los guardias encapuchados caminaban adelante en silencio, y solo se escuchaba el ruido de las cadenas y el roce de sus capas.
Rilacia tocó el hombro de Ayrinia con los dedos, muy despacio.
—No los mires —le susurró—. Mírame a mí.
Ayrinia volteó un poco la cabeza.
—Los miro para contar sus pasos —respondió en voz baja—. Si sé dónde están, no me van a sorprender.
Rilacia soltó una risa seca.
—Sigues siendo la misma de siempre.
Ayrinia apretó los dientes.
—Yo soy lo único que tengo.
Las llevaron a un cuarto amplio. En el suelo había un círculo de piedra marcado con dibujos hechos con ceniza. Era un lugar sucio que usaban solo para sus experimentos.
—Al centro —ordenó uno de los hombres.
Ayrinia entró al círculo de inmediato y Rilacia la siguió.
Un encapuchado se acercó con una caja de metal, la abrió y sacó varios frascos.
—Hoy les toca doble dosis —anunció con frialdad.
Ayrinia sintió escalofríos.
—¿Por qué? —preguntó de golpe.
El hombre la miró con desprecio.
—Porque todavía aguantas.
Rilacia le apretó la mano a Ayrinia.
—Respira conmigo —le susurró.
Ayrinia asintió despacio.
—Uno... —susurró—. Dos...
—Tres... —continuó Rilacia—. Cuatro...
La aguja les entró en la piel y el líquido comenzó a quemarles por dentro.
Ayrinia ya no gritó como antes, solo tembló fuerte. Abrió mucho los ojos y sintió que la garganta se le cerraba mientras el dolor se le extendía por todo el brazo.
—No te dejes vencer —le dijo Rilacia con voz tensa—. No los dejes.
Ayrinia apretó los dientes.
—No me voy a rendir —jadeó.
Le vaciaron el segundo frasco.
El dolor fue todavía peor porque ya sabía exactamente lo que venía y no podía hacer nada para evitarlo.
Ayrinia cayó de rodillas al suelo. Rilacia se arrodilló junto a ella de inmediato.
—Mírame —le ordenó Rilacia con tono firme—. Mírame a mí, Ayrinia. No los veas a ellos.
Ayrinia levantó la vista con los ojos llorosos.
—No quiero —susurró con la voz rota—. Ya no quiero estar aquí.
Rilacia le apretó la mano con mucha fuerza.
—Yo tampoco —respondió—. Y por eso nos vamos a ir de este lugar. Pero hoy solo tienes que aguantar.
Ayrinia respiraba con mucha dificultad.
—¿Y si nunca salimos?
Rilacia la miró muy seria, casi molesta.
—No digas eso —le dijo en voz baja—. Si lo dices, ellos ganan, y yo no lo voy a permitir.
Ayrinia tragó saliva.
—Estoy muy cansada —admitió—. Cansada de ser un número, de que me toquen y me midan todo el tiempo.
Su cuerpo se sacudió y ya no pudo terminar la frase. Rilacia le agarró la muñeca para calmarla.
—Escúchame —le dijo—. Yo también estoy cansada todos los días. Pero mira todo lo que hemos aguantado juntas.
Ayrinia soltó una risa amarga.
—¿Esto es vivir?