Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 3 - Hermandad de dolor

Dejé de contar los días.

Al principio sí lo intenté. Marcaba la pared con las uñas, contaba cuántas veces nos daban agua y miraba las velas para saber si era mañana o noche. No servía de mucho. Los guardias cambiaban las velas antes de que se acabaran. Nos daban comida cuando querían. A veces nos sacaban de la celda después de dormir y a veces cuando apenas habíamos cerrado los ojos.

Ese lugar estaba hecho para que una persona perdiera la noción de todo.

Yo no quería perderme.

Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, levantaba la cabeza. Cada vez que abrían una puerta, contaba cuántos guardias venían. Cada vez que me llevaban a una sala nueva, miraba las paredes, el suelo, los cerrojos y las rutas de salida. Rilacia decía que yo parecía incapaz de descansar.

Tenía razón.

Descansar era peligroso.

Mi cuerpo también empezó a cambiar. Ellos anotaban todo en sus papeles, como si mi dolor fuera parte de su trabajo. Yo solo pensaba en seguir viva. Me adapté porque no tenía otra opción.

Mis brazos se hicieron más fuertes, aunque seguía estando flaca. Aprendí a aguantar el hambre sin doblarme. Aprendí a recibir golpes sin quedar tirada mucho tiempo. Aprendí a respirar cuando el líquido me quemaba por dentro. Tenía marcas nuevas en la piel. Algunas eran cicatrices y otras eran quemaduras de esos dibujos que nos hacían con herramientas calientes.

No me gustaba verme.

A veces encontraba mi reflejo en el vidrio de un frasco o en el agua sucia del suelo. Me quedaba mirando un segundo y sentía rabia.

—Debería verme como yo —murmuraba.

Rilacia siempre me escuchaba, aunque yo hablara bajo.

—Sigues siendo tú —me decía.

—No lo sabes.

—Sí lo sé. Si no fueras tú, ya habrías dejado de pelear.

No sabía qué contestarle.

Rilacia también había cambiado. Se veía cansada, pero no bajaba la cabeza. Tenía el cabello rojo amarrado de cualquier manera para que no le tapara la cara. Sus manos estaban llenas de heridas pequeñas, y aun así me tomaba la mano cuando yo temblaba. A veces tenía los labios partidos. A veces apenas podía caminar. Pero cuando me miraba, parecía que todavía podía sostenerse.

Yo no entendía cómo hacía eso.

Una mañana, o lo que creímos que era una mañana, los guardias abrieron la celda antes de que termináramos de comer el pan duro. Entraron tres. Uno tenía una lista. Los otros dos traían cadenas.

—Sujeto 17 —dijo el de la lista.

Apreté los dientes.

—Me llamo Ayrinia.

El hombre ni siquiera me miró.

—Sujeto 18.

Rilacia se levantó despacio.

—Aquí estoy.

Levanté la vista hacia ella.

—No respondas cuando te llamen así.

Rilacia me miró de lado.

—No nos conviene discutir.

—Siempre es necesario.

—No cuando pueden quitarte la comida de tres días.

Tenía razón, pero eso no me gustó.

Nos sacaron al pasillo. El suelo estaba frío y húmedo. Las paredes olían a moho. Yo caminaba mirando los pies de los guardias. Uno arrastraba un poco la pierna izquierda. Otro llevaba una llave colgada en el cinturón. El tercero siempre miraba hacia atrás cada ocho pasos.

Rilacia me tocó el hombro con dos dedos.

—No los mires tanto —susurró.

—Estoy contando.

—Ya lo sé.

—Entonces déjame.

—Te lo digo porque uno de ellos ya se dio cuenta.

Le hice caso. Bajé la mirada, pero seguí contando el sonido de sus botas.

Nos llevaron a una sala grande. La usaban para las pruebas peores. Había una mesa de piedra, frascos, cadenas y marcas en el suelo. Todo estaba limpio de una forma que daba asco, porque sabíamos lo que hacían ahí.

Un encapuchado abrió una caja de metal y sacó dos frascos con líquido rojo oscuro.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Hoy toca doble dosis —dijo.

Rilacia se puso rígida a mi lado.

—¿Doble? —pregunté.

El encapuchado me miró por primera vez.

—Sigues viva. Queremos ver cuánto resistes.

—¡Váyanse al infierno!

Uno de los guardias me golpeó en la boca con el dorso de la mano. Me ardió el labio. Noté sangre en la lengua, pero no bajé la cabeza.

Rilacia se acercó un poco.

—Respira conmigo —me dijo.

—No quiero respirar. Quiero romperle la cara.

—Primero aguanta. Luego piensa en romper caras.

La miré de reojo. Estaba intentando sonreír, pero tenía miedo. Lo noté en sus manos.



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Editado: 17.07.2026

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