Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 3 - Hermandad de dolor

Ayrinia dejó de contar los días hacía mucho.

Al principio, cuando la secta la encerró bajo tierra, ella intentó resistirse a la confusión del tiempo: marcaba con uñas y piedras los muros, contaba las veces que le daban agua, se fijaba en el grosor de las velas para adivinar cuánto había pasado. Pero el lugar estaba diseñado para romper esa necesidad. Las velas se reemplazaban antes de consumirse. Los turnos cambiaban sin patrón. Las puertas se cerraban siempre al mismo sonido, indiferentes a la hora real afuera.

Y aun así, ella cambió.

No como ellos querían. No como "el sujeto 17". Cambió como alguien que decide no morir.

Su cuerpo ya no era el de una niña. Sus hombros estaban más firmes, sus brazos tenían músculo fino, duro, construido a base de hambre, golpes y pruebas. Tenía cicatrices nuevas sobre cicatrices viejas. En su piel quedaban marcas de símbolos quemados, como si un hierro caliente hubiese escrito sobre ella en otro idioma.

Ayrinia lo notaba cada vez que veía su reflejo en el vidrio de un frasco o en un charco dentro del recinto. Se quedaba mirando esa imagen con una mezcla de incredulidad y rabia.

—No tiene sentido... —susurraba a veces—. Debería verme... diferente. Debería...

Rilacia siempre estaba cerca cuando esas ideas le golpeaban la cabeza.

Rilacia también había cambiado. Su mirada era más firme, su postura no se encorvaba ni siquiera cuando el cansancio la quería doblar. Su cabello rojizo, antes descuidado, ahora estaba siempre atado de alguna forma sencilla para que no estorbara. Tenía moretones que nunca terminaban de irse, pero también tenía esa obstinación que no nacía del orgullo, sino del amor por la vida.

Esa mañana, las sacaron de la celda antes de que terminaran de recuperar el aire de la noche. El pasillo olía a metal y a humedad. Los guardias encapuchados caminaban delante sin decir palabra. Solo el sonido de las cadenas y el roce de las capas.

Rilacia rozó el hombro de Ayrinia con los dedos, apenas un toque.

—No los mires —susurró—. Mírame a mí.

Ayrinia giró la cabeza levemente.

—Los miro para contar sus pasos —respondió en voz baja—. Si sé dónde están, no me sorprenderán.

Rilacia exhaló, como una risa seca.

—Sigues siendo tú... incluso aquí.

Ayrinia apretó la mandíbula.

—Yo soy lo único que tengo.

Las llevaron a una sala amplia. Había un círculo de piedra marcado en el suelo, y alrededor, símbolos pintados con ceniza. No era un ritual bonito: era sucio, funcional, como un instrumento.

—Al centro —ordenó una voz.

Ayrinia entró al círculo sin titubear. Rilacia la siguió.

Un encapuchado se acercó con una caja de metal. La abrió y sacó frascos.

—Hoy es doble dosis —anunció con frialdad.

Ayrinia sintió un escalofrío.

—¿Por qué? —preguntó, sin poder evitarlo.

El encapuchado la miró como si hubiese hablado un insecto.

—Porque todavía respiras.

Rilacia apretó la mano de Ayrinia.

—Respira conmigo —susurró.

Ayrinia asintió casi imperceptiblemente.

—Uno... —susurró—. Dos...

—Tres... —continuó Rilacia—. Cuatro...

La aguja entró en la piel. El líquido quemó.

Ayrinia no gritó como antes. Solo tembló. Sus ojos se abrieron de golpe. Su garganta se cerró. El fuego subió por su brazo y se expandió.

—No lo dejes ganar —dijo Rilacia, con voz tensa—. No lo dejes.

Ayrinia apretó los dientes.

—No... me... rendiré... —jadeó.

El segundo frasco se vació.

El dolor fue peor, porque ya no era sorpresa; era conocimiento. Era recordar exactamente lo que venía y aún así no poder escapar.

Ayrinia cayó de rodillas.

Rilacia se arrodilló junto a ella, sin que nadie se lo pidiera.

—Mírame —ordenó Rilacia, con una firmeza suave—. Mírame, Ayrinia. No los mires a ellos. Mírame.

Ayrinia levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos.

—No... quiero... —susurró, y su voz se quebró—. No quiero seguir aquí.

Rilacia apretó la mano de Ayrinia con fuerza.

—Yo tampoco —respondió—. Y por eso vamos a salir. Pero no hoy. Hoy... solo resiste.

Ayrinia respiró con dificultad.

—¿Y si... si no salimos nunca?

Rilacia la miró fijo, casi enfadada.

—No me digas eso —dijo con voz baja, llena de emoción—. No me lo digas porque si lo dices en voz alta, ellos ganan. Y yo no voy a permitir eso.

Ayrinia tragó saliva.

—Estoy cansada —admitió—. Estoy cansada de ser un número. De que me toquen. De que me midan. De que me...



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Editado: 26.05.2026

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