Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 4 - La huida imposible

Habían pasado varios años desde que Ayrinia había sido capturada por los encapuchados. El tiempo no se detuvo para ella, pero tampoco la rompió. Ahora, con alrededor de veinte años, ya no quedaba rastro de la niña débil que una vez fue. En su lugar, se alzaba una joven firme, endurecida por todo lo que había tenido que soportar, forjada en el dolor, la resistencia y la lucha constante.

Ayrinia había aprendido a medir el encierro de muchas maneras: por el sabor del agua rancia, por la forma en que el aire se quedaba pegado a la piel, por el sonido de los pasos de los guardias cuando pasaban frente a la celda y fingían que no existían. Pero esa noche, el encierro se sentía distinto. Ya no era solo una pared, sino una mano que apretaba con más fuerza que nunca.

Rilacia estaba sentada a su lado, espalda contra la piedra, las rodillas recogidas. Sus ojos grises brillaban apenas, no por la luz —allí dentro la luz siempre era pobre— sino por algo que no se dejaba apagar.

Ayrinia respiró lento, contando.

Uno. Dos. Tres.

Rilacia rozó su muñeca con dos dedos: señal. Ayrinia giró la cabeza sin hacerlo obvio.

—No duermes —murmuró Rilacia.

—¿Cómo voy a dormir? —respondió Ayrinia, con la voz áspera, baja—. Si cierro los ojos, siento que me despiertan y ya no estás.

Rilacia tragó saliva. Durante un segundo, su firmeza se quebró en la boca.

—No digas eso —susurró, y sus palabras salieron largas, como si tuviera que empujarlas—. No lo digas, porque aquí, cuando uno dice algo... pareciera que el lugar lo escucha y decide hacerlo verdad.

Ayrinia apretó la mandíbula.

—El lugar no decide nada. Ellos deciden. Y yo estoy cansada de que decidan por mí.

Rilacia la miró de frente, sin apartar la vista.

—Yo también estoy cansada —admitió—. Estoy cansada de que nos llamen "sujetos", de que nos miren como si fuéramos una mesa, una herramienta, una cosa. Estoy cansada de que nos duela respirar y de que aun así tengamos que agradecer cuando nos tiran un trozo de pan.

Ayrinia soltó una risa seca.

—¿Agradecer? Yo ya no agradezco nada.

—No —dijo Rilacia—. Pero sigues sobreviviendo. Y eso, aunque no lo quieras admitir, les duele a ellos.

Ayrinia bajó la mirada hacia sus manos. Estaban marcadas, endurecidas, con cicatrices pequeñas y antiguas. Habían sido manos de niña que robaba comida. Ahora eran manos de alguien que sabía torcer un brazo, sostener una antorcha, aguantar una aguja sin gritar.

—Sobrevivir no es suficiente —dijo, y su voz tembló por debajo, como un trueno contenido—. Yo... yo no quiero seguir sobreviviendo aquí. No quiero que mi vida sea una lista de cosas que aguanto.

Rilacia se acercó un poco, lo justo para que la respiración de ambas se mezclara.

—Entonces no lo será —dijo—. Pero lo que viene... no va a ser bonito. Va a ser feo. Va a ser sucio. Va a ser rápido.

—Lo sé.

—Y va a doler —insistió Rilacia, como si necesitara que Ayrinia lo escuchara completo—. No solo el cuerpo. Va a doler aquí.

Rilacia le tocó el pecho con la punta de los dedos.

Ayrinia se quedó quieta.

—Siempre duele ahí —susurró.

Rilacia exhaló.

—No como esto.

Un murmullo de pasos se acercó por el pasillo. Ayrinia y Rilacia callaron de inmediato. Se escuchó el sonido de llaves, el golpe de una puerta más lejos, un suspiro de alguien que intentaba no llorar.

Cuando el guardia pasó sin detenerse, el aire regresó a su ritmo.

Rilacia habló otra vez, tan bajo que parecía un pensamiento.

—Kass dice que hoy sí.

Ayrinia frunció el ceño.

—Kass dice muchas cosas.

—Pero hoy... hoy está distinto —respondió Rilacia—. Hoy lo vi contando con la mirada, no solo los pasos. Lo vi mirando a los guardias como si ya hubiera elegido cuál va a caer primero.

Ayrinia sintió un latido fuerte.

—Si empezamos... no hay vuelta.

—No la hay hace años —dijo Rilacia, y el peso de su voz llenó el silencio—. La única diferencia es que hoy vamos a decidir nosotras.

Ayrinia se quedó mirando la oscuridad frente a ella. Pensó en la rendija, en el soplo de aire distinto, en la idea de que afuera existía un cielo que no olía a metal.

—No quiero que nadie más muera por esto —dijo.

Rilacia apretó los labios.

—Yo tampoco.

—Entonces... —Ayrinia tragó saliva—. Si algo se sale de control... si en algún momento...

Rilacia la interrumpió con una mirada.

—No me digas "si algo se sale de control" —dijo, firme—. Ya está fuera de control. Lo único que podemos controlar es lo que hacemos nosotras cuando llegue.

Ayrinia bajó la voz, como una confesión dura.

—Yo no tengo miedo de morir.



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Editado: 19.06.2026

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