Pasaron varios años desde que me llevaron a ese lugar.
No sé cuántos exactamente. Allí abajo los días se confundían. A veces nos daban comida después de dormir. A veces nos despertaban cuando apenas habíamos cerrado los ojos. A veces pasaban horas sin que nadie abriera la puerta, y otras veces venían por nosotros una y otra vez hasta que el cuerpo ya no podía más.
Yo crecí ahí.
No como debí crecer. No con ropa limpia, comida caliente o alguien preguntando si estaba bien. Crecí entre golpes, pruebas, órdenes y nombres que no eran los míos.
Para ellos yo seguía siendo el sujeto 17.
Para mí, seguía siendo Ayrinia.
Eso era lo único que me negaba a perder.
Ya no era la niña flaca que robaba pan en la aldea. Tenía el cuerpo más fuerte, aunque seguía llena de marcas. Aprendí a pelear porque me obligaron. Aprendí a soportar el dolor porque no tenía otra opción. Aprendí a mirar una sala y buscar salidas antes de escuchar lo que me ordenaban.
Esa noche, Rilacia estaba sentada a mi lado en la celda. Tenía la espalda contra la pared y las piernas dobladas. Su cabello rojo estaba amarrado de cualquier manera. Se veía cansada, pero sus ojos seguían atentos.
Yo no podía dormir.
Contaba mi respiración en silencio.
Uno. Dos. Tres.
Rilacia me tocó la muñeca con dos dedos.
—No estás dormida —susurró.
—No puedo.
—Tienes que descansar un poco.
—Si cierro los ojos, siento que cuando despierte ya no vas a estar.
Rilacia se quedó callada. No le gustó escuchar eso. A mí tampoco me gustó decirlo, pero era verdad.
—No digas eso —murmuró.
—No estoy inventando nada.
—Lo sé. Pero igual no lo digas.
Me pasé una mano por la cara. Tenía los dedos fríos.
—Estoy cansada de esto, Rilacia.
—Yo también.
—Cansada de que nos llamen como si fuéramos cosas. Cansada de que decidan cuándo comemos, cuándo dormimos y cuándo nos hacen daño.
Rilacia bajó la mirada.
—Hoy puede terminar.
La miré de inmediato.
—¿Kass habló contigo?
—Sí.
—Kass siempre habla de escapar.
—Hoy no hablaba igual.
Eso me hizo quedarme seria.
Kass llevaba años encerrado. Era pelirrojo, más alto que nosotras y siempre parecía estar pensando en cómo romper algo. No confiaba en nadie rápido, pero si decía que había una oportunidad, había que escucharlo.
—¿Qué dijo? —pregunté.
Rilacia acercó más la voz.
—Que el cambio de guardia está mal organizado esta noche. Uno de los guardias nuevos tiene miedo. Otro deja la llave muy visible. Y el pasillo hacia la escalera norte tiene menos vigilancia.
—¿Y la puerta final?
—No sabe.
Solté una risa baja, sin humor.
—Perfecto. La parte más importante no la sabe.
—Ayrinia.
—¿Qué?
—No podemos esperar a tener todo seguro. Si esperamos demasiado, nos van a separar.
Sentí un golpe en el pecho al escuchar eso.
—No van a separarnos.
—No puedes prometer eso.
—Sí puedo.
Rilacia me miró con tristeza.
—Puedes quererlo. No es lo mismo.
Apreté los puños.
Odiaba cuando tenía razón.
En el pasillo se escucharon pasos. Las dos nos callamos. Pasó un guardia, luego otro. Una puerta se abrió a lo lejos y alguien lloró. Después todo quedó quieto de nuevo.
Rilacia esperó unos segundos antes de seguir hablando.
—Si esto empieza, no va a haber tiempo para pensar mucho.
—Ya lo sé.
—Vas a querer lanzarte contra todos.
—También lo sé.
—No hagas eso.
La miré molesta.
—¿Quieres que me quede mirando?
—Quiero que salgas viva.
Esa respuesta me dejó sin nada que decir.
Rilacia se acercó y me agarró la mano.
—Piensa en mí cuando empiece todo. Si te pierdes en la rabia, mírame. Si sientes que vas a hacer una locura, mírame. Necesito que sigas conmigo.
Tragué saliva.
—No tengo miedo de morir.
—Ya lo sé. Ese es el problema.
Me molestó, pero no pude discutirle.
—Está bien —dije al final—. Voy a pensar antes de moverme.