Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 5 - La general inmortal

El mundo de afuera no se parecía a la libertad que Ayrinia había imaginado cuando era prisionera.

Sí, había cielo. Había viento real, de ese que no olía a metal ni a humedad encerrada. Había lluvia que caía sobre hojas y tierra. Pero también había hambre de otra clase, una que se escondía en los caminos, en la mirada de los mercaderes que te tasaban con los ojos, en los soldados que te exigían papeles, nombres y pertenencia.

Ayrinia caminó durante semanas con el cuerpo herido por la huida y el pecho roto por la ausencia de Rilacia. No sabía si era de día o de noche cuando el dolor se le subía a la garganta. A veces la sostenía la rabia. A veces la sostenía el vacío.

Y cuando el mundo finalmente logró detenerla, no fue el cansancio lo que la doblegó. Fue la guerra.

En una pequeña aldea, a orillas del camino principal, divisó una columna de humo. No era el rastro acogedor de las chimeneas, sino el negro presagio de techos ardiendo. Pronto, el aire se llenó de gritos y del estruendo metálico de las espadas. Entre las llamas, las siluetas de los aldeanos huían como sombras errantes.

Ayrinia se quedó quieta un instante, como si el pasado quisiera arrastrarla de vuelta.

—No... —susurró.

Pero el sonido de un niño llorando la atravesó.

No había tiempo para pensar.

Corrió.

Los atacantes eran bandidos, o desertores, o quizá soldados de otro estandarte. A Ayrinia no le importó. Lo único que vio fue una mujer intentando cubrir a dos niños detrás de un carro volcado, y un hombre levantando una hoja corta para rematar.

Ayrinia emergió desde la retaguardia. No portaba espada ni blandía lanza alguna. Sus únicas armas eran sus manos.

Le atrapó la muñeca al atacante, la torció y lo empujó contra el barro

Le atrapó la muñeca al atacante, la torció y lo empujó contra el barro.

—¡¿Quién demonios...?! —alcanzó a decir él.

Ayrinia no contestó. Le golpeó la garganta con el borde de la mano, seco. El hombre cayó tosiendo, agarrándose el cuello.

La mujer levantó la vista, aterrada.

—¡No... no nos haga daño! —balbuceó—. ¡Por favor, no...!

Ayrinia la miró, respirando rápido.

—No vine por ustedes —dijo con voz ronca—. Vine porque esto... esto apesta a cobardes.

La mujer parpadeó.

—¿Eres... soldado?

Ayrinia miró el caos alrededor. Vio a unos hombres con brazaletes empujando a los aldeanos hacia una esquina.

—No —respondió—. Todavía no.

Un grito cortó el aire.

—¡Retirada! ¡Vienen los del estandarte!

Los atacantes iniciaron la retirada, pero no por temor; lo hacían con frío cálculo.

Entonces aparecieron.

Un grupo de soldados uniformados entró por el camino principal, en formación. No eran muchos, pero avanzaban como si fueran una pared.

Un hombre con casco y capa al frente levantó la mano.

—¡Por orden del reino, depongan armas! —rugió.

Los atacantes se dispersaron entre los árboles.

Los aldeanos quedaron temblando.

El hombre de la capa se giró hacia Ayrinia. Sus ojos la recorrieron rápido, como quien evalúa una amenaza.

—¿Quién eres? —exigió—. No llevas uniforme. No llevas insignia. Y aun así te metiste en el combate.

Ayrinia sostuvo la mirada sin bajar la cabeza.

—Si me limitaba a mirar, habrían muerto —sentenció.

El soldado frunció el ceño.

—Eso no responde mi pregunta.

Ayrinia apretó la mandíbula.

—No tengo nombre que a usted le sirva.

—Todos tienen un nombre —dijo él, seco.

Ayrinia sintió una punzada en el pecho. Recordó "sujeto 17". Recordó que un nombre podía ser algo que te quitaban.

—Me llamo Ayrinia —dijo al fin, con una firmeza que era un juramento.

El soldado la observó.

—Ayrinia... —murmuró, dejando que el nombre rodara en su boca—. ¿De dónde vienes, mujer?

—De ningún lugar —respondió ella.

El soldado dio un paso más.

—Eso es imposible.

Ayrinia soltó una risa amarga.

—Entonces aún no ha visto lo suficiente.

Otro soldado, más joven, se acercó al oído del líder.

—Capitán Darel, los aldeanos dicen que esa chica derribó a dos hombres sola.



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Editado: 19.06.2026

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