Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 5 - La general inmortal

Afuera no encontré la libertad que imaginaba cuando estaba encerrada bajo tierra.

Sí había cielo. Sí había viento. Sí había lluvia cayendo sobre caminos abiertos. Pero también había soldados que pedían papeles, mercaderes que me miraban como si fuera una amenaza y gente que quería saber de dónde venía, a quién servía y por qué viajaba sola.

Yo no tenía buenas respuestas para ninguna de esas preguntas.

Caminé durante semanas con el cuerpo todavía adolorido por la huida. Dormía poco. Comía lo que podía. Evitaba los caminos principales cuando veía demasiados soldados y me escondía cuando alguien me observaba más de lo normal.

No dejaba de pensar en Rilacia.

A veces me despertaba creyendo que estaba a mi lado. Otras veces escuchaba su voz en mi memoria diciéndome que respirara y no perdiera el control. Entonces abría los ojos y solo veía árboles, lodo o el techo roto de algún refugio abandonado.

Me dolía tanto que muchas veces prefería enojarme. La rabia era más fácil de usar. Me mantenía caminando.

Al final, lo que me detuvo no fue el cansancio. Fue una aldea en llamas.

Llegué al lugar cerca del atardecer. Primero vi el humo. Luego escuché los gritos. Corrí hasta la entrada de la aldea y vi casas quemándose, animales sueltos y gente huyendo sin saber hacia dónde ir.

Un grupo de hombres armados atacaba a los aldeanos. Algunos llevaban brazaletes viejos de algún ejército. Otros parecían simples bandidos. Para mí daba igual. Estaban atacando a gente indefensa.

Escuché llorar a un niño detrás de una carreta caída.

Eso bastó.

Corrí hacia allí sin pensarlo. Una mujer intentaba cubrir a dos niños con su cuerpo mientras un hombre levantaba un cuchillo contra ellos. Llegué por detrás, le agarré la muñeca y se la doblé hasta que soltó el arma.

Llegué por detrás, le agarré la muñeca y se la doblé hasta que soltó el arma

—¡¿Quién eres?! —gritó él, intentando zafarse.

No le respondí. Lo golpeé en la garganta con el borde de la mano. Cayó al suelo tosiendo y agarrándose el cuello.

La mujer me miró con terror.

—No nos hagas daño, por favor.

—No vine por ustedes —le dije, respirando rápido—. Quédate detrás de la carreta y no salgas hasta que te lo diga.

—¿Eres soldado?

Miré alrededor. Había demasiados atacantes y la gente estaba atrapada entre el fuego y las calles estrechas.

—No —respondí—. Pero puedo pelear.

Un hombre corrió hacia mí con una espada corta. Me moví a un lado, le pateé la rodilla y le quité el arma. No estaba bien balanceada, pero servía. La agarré con fuerza y me puse entre los aldeanos y los atacantes.

—¡Atrás! —grité a los niños—. ¡No se muevan de ahí!

El siguiente atacante dudó al verme con la espada. Yo no dudé. Avancé primero, le golpeé la mano y lo empujé contra una pared. No quería perder tiempo con ellos. Había gente escondida entre el humo y yo necesitaba abrirles camino.

Entonces se escuchó una voz fuerte desde la entrada de la aldea.

—¡Por orden del rey, suelten las armas!

Un grupo de soldados entró en formación. Llevaban escudos, lanzas y uniformes limpios a pesar del barro. Los atacantes no se quedaron a pelear. Se retiraron hacia el bosque, organizados y rápidos. No parecían simples ladrones improvisados.

El hombre que dirigía a los soldados llevaba casco y una capa oscura. Se acercó a mí con la mano sobre la empuñadura de su espada.

—Tú —dijo—. ¿Quién eres?

Lo miré sin bajar la cabeza.

—Alguien que llegó antes que ustedes.

El soldado frunció el ceño.

—No traes uniforme ni insignia, pero te metiste en medio de una pelea.

—Si no lo hacía, mataban a esa mujer y a sus hijos.

—Responde a mi pregunta.

Apreté los dientes. Odiaba que me pidieran explicaciones. Odiaba que me miraran como si tuvieran derecho a decidir qué hacer conmigo.

—Me llamo Ayrinia —dije al fin.

El hombre repitió mi nombre en voz baja.

—Ayrinia. ¿De dónde vienes?

—De lejos.

—Eso tampoco responde nada.

—Es lo que pienso decir.

Uno de sus soldados se acercó a él y habló en voz baja, aunque alcancé a escucharlo.

—Capitán Darel, los aldeanos dicen que ella derribó a varios hombres sola.

El capitán Darel me miró con más atención.

—¿Sabes pelear?



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Editado: 17.07.2026

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