Habían pasado ya casi dos décadas desde la noche en que el cometa cruzó el cielo, y aun así el mundo seguía comportándose como si aquel presagio no hubiera terminado nunca.
No era algo que la mayoría de la gente supiera explicar con palabras claras. Decían que las noches parecían más brillantes de lo normal, que las estrellas parpadeaban distinto, que a veces el aire se sentía pesado incluso cuando no hacía calor. En los caminos, los viajeros juraban haber visto una "estrella con cola" moviéndose lentamente, como si el firmamento tuviera vida propia. En los campamentos militares, los soldados lo comentaban en voz baja, como si hablar demasiado del cielo pudiera atraer mala suerte.
Ayrinia lo había notado antes que muchos. Sentía que su cuerpo de alguna forma reaccionaba.
Había noches en las que despertaba sobresaltada, con la sensación de que algo se movía bajo su piel, algo antiguo, algo que reconocía ese cambio como una amenaza familiar. Se incorporaba en la oscuridad de su tienda, escuchaba el silencio del campamento, y durante unos segundos no estaba allí: estaba en otra parte, en pasillos de piedra húmeda, respirando aire que cortaba la garganta.
Esa madrugada, antes de que el sol tocara el borde de las colinas, un soldado de guardia pidió verla con urgencia. Ayrinia salió de su tienda con el uniforme puesto, el cabello sujeto con rapidez, y el rostro como una pared.
El soldado tragó saliva cuando la tuvo enfrente.
—Mi general... perdón por despertarla... —dijo atropellado—. Es que... algunos dicen que vieron una luz que se movía otra vez.
Ayrinia lo observó sin suavidad.
—¿Cuántos "algunos"? —preguntó.
—Como... doce. Quizá más. Hay hombres que no quieren dormir, mi general. Se quedan ahí, con los ojos clavados en el cielo. Y es que, cuando miras hacia arriba tanto tiempo, no puedes evitar que la cabeza empiece a dar vueltas y a imaginar cosas.
Ayrinia giró la cabeza hacia el cielo que aún estaba oscuro. La línea de las estrellas parecía normal, pero ella no confiaba en lo "normal" desde hacía demasiado.
—Diles que dejen de hacerlo —ordenó—. Los ojos en el cielo no protegen el perímetro.
—Sí, mi general.
El soldado dudó y luego se lanzó, como si temiera arrepentirse.
—¿Usted cree que es un presagio?
Ayrinia lo miró de frente.
—Creo que los presagios son palabras bonitas para no decir "no sabemos" —respondió—. Ahora vuelve a tu puesto. Y si vuelves a interrumpirme por miedo en lugar de por peligro real, vas a hacer flexiones hasta que te tiemble el alma.
El soldado palideció.
—Entendido, mi general.
Ayrinia regresó a su tienda con un nudo en el estómago que no era rabia sino un presentimiento.
Horas más tarde, mientras revisaba mapas y reportes de patrullas, uno de sus capitanes se atrevió a hablar de lo que todos evitaban.
—Mi general... —dijo el hombre, carraspeando antes de continuar—. Los hombres siguen inquietos.
Ayrinia no levantó la vista de los documentos.
—Los soldados siempre están inquietos cuando no entienden lo que pasa —respondió con voz firme—. ¿Qué dicen ahora?
El capitán dudó.
—Que el cielo no es normal. Que hay una estrella que se mueve. Algunos creen que es una advertencia.
Ayrinia dejó el mapa sobre la mesa y alzó la mirada.
—¿Una advertencia de qué?
—De guerra. De peste. De castigo —enumeró el capitán—. Otros dicen que es una bendición, que anuncia prosperidad. Ya sabe cómo son.
Ayrinia cruzó los brazos.
—Los rumores no ganan batallas ni curan enfermos —dijo—. Lo que gane o pierda este ejército depende de lo que hagamos aquí abajo, no de lo que brille allá arriba.
El capitán asintió, pero no parecía convencido.
—Aun así, mi general... los hombres necesitan respuestas. Si no les damos respuestas, las buscarán en otra parte. En los templos o con cualquier charlatán que comercie con el miedo.
Ayrinia sostuvo su mirada durante un largo segundo.
—Entonces dales orden —respondió—. Eso siempre calma más que las historias. Y si alguien predica pánico dentro de mi campamento, me lo traes. Deber saber que el miedo no manda aquí.
El capitán respiró hondo.
—Sí, mi general.
Cuando se fue, Ayrinia se permitió un segundo de silencio. Apoyó la palma en la mesa y sintió el temblor mínimo en sus dedos. No era debilidad. Era alerta.
—No me gusta esto... —murmuró.
Ayrinia recordaba con precisión la noche en que el cometa apareció de verdad, cuando nadie pudo ignorarlo.
El cielo se abrió con una estela luminosa que lo cruzó de lado a lado. No era una estrella quieta ni un destello breve. Era algo vivo, en movimiento, que dejaba un rastro incandescente y silencioso, tan grande que parecía imposible que estuviera tan lejos.