Casi veinte años después de la primera noche del cometa, los rumores volvieron.
Yo ya había escuchado demasiadas historias en el campamento. Unos decían que habían visto una luz moviéndose en el cielo. Otros juraban que las estrellas se veían más claras. También estaban los que aseguraban sentir el aire más pesado, aunque no hiciera calor.
La mayoría hablaba por miedo.
Yo no podía culparlos del todo. Mi cuerpo también reaccionaba.
Había noches en las que despertaba de golpe, con la piel tensa y la respiración cortada. No era un sueño. Era una sensación física, muy parecida a la que sentí en el subterráneo cuando me inyectaron aquella sustancia. Me levantaba en silencio, caminaba por mi tienda y esperaba a que se me pasara.
No se iba rápido.
Esa madrugada, antes de que saliera el sol, un soldado pidió hablar conmigo. Lo escuché desde dentro de mi tienda.
—Mi general, es urgente.
Abrí la entrada de tela con una mano. Llevaba el uniforme mal ajustado y el cabello amarrado de prisa. No estaba de buen humor.
—Habla.
El soldado se puso rígido.
—Perdón por despertarla. Varios hombres dicen que vieron otra luz en el cielo.
Lo miré fijamente.
—¿Cuántos son varios?
—Doce, tal vez más. Algunos no quieren dormir. Se quedan mirando hacia arriba y empiezan a decir cosas.
Salí de la tienda y miré el cielo. Estaba oscuro. Las estrellas parecían normales, pero eso no me tranquilizó.
—Diles que vuelvan a sus puestos —ordené—. Mirar el cielo toda la noche no va a salvar a nadie.
—Sí, mi general.
El soldado dudó.
—¿Algo más? —pregunté.
Él tragó saliva.
—¿Usted cree que sea una mala señal?
Respiré hondo. No quería alimentar su miedo, pero tampoco quería mentirle con una seguridad que no tenía.
—Creo que la gente se asusta cuando no entiende lo que ve —respondí—. Tu trabajo no es adivinar el futuro. Tu trabajo es vigilar el campamento. Haz eso.
—Sí, mi general.
—Y si vuelves a despertarme por un rumor, te pondré a entrenar hasta que te olvides de caminar.
El soldado se puso pálido.
—Entendido.
Se fue rápido. Yo seguí mirando el cielo unos segundos más.
No me gustaba.
Horas después, mientras revisaba mapas y reportes de patrulla, entró uno de mis capitanes. Cerró la puerta de la tienda y se quedó de pie frente a la mesa.
—Los hombres siguen inquietos —dijo.
—Eso ya lo sé. Dime algo útil.
El capitán se aclaró la garganta.
—Creen que esa luz anuncia guerra, enfermedad o algún castigo. Otros dicen que puede traer comida y buena fortuna.
Levanté la mirada.
—¿Buena fortuna?
—Ya sabe cómo habla la gente cuando tiene miedo.
Dejé el mapa sobre la mesa.
—Entonces corta los rumores antes de que crezcan. Mantén a los soldados ocupados. Revisa armas, víveres, guardias y rutas. Si están cansados, se quejarán. Si están desocupados, inventarán cosas peores.
El capitán asintió, pero no se movió.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Quieren respuestas, mi general. Si nosotros no se las damos, van a buscar a los sacerdotes o a cualquier charlatán.
Eso era cierto.
—Entonces dales trabajo y una orden clara —dije—. Si alguien causa pánico dentro del campamento, me lo traes. No voy a permitir que el miedo mande más que nosotros.
—Sí, mi general.
Cuando salió, apoyé las manos en la mesa. Me di cuenta de que los dedos me temblaban un poco.
Cerré el puño hasta que se detuvieron.
—Otra vez no —murmuré.
Yo recordaba muy bien la primera noche del cometa.
No era una historia para mí. Yo estuve allí.
El cielo se iluminó de golpe con una línea azul enorme que cruzó sobre el campamento. No pasó rápido. Avanzó despacio, como si todos tuviéramos tiempo de mirarlo y asustarnos. Los soldados salieron de sus tiendas, algunos sin botas y otros con las armas en la mano.
—¿Qué es eso? —gritó uno.
—¡Al suelo! —dijo otro, sin saber por qué.
Un grupo empezó a rezar. Otros llamaban a sus familias como si pudieran escucharlos desde lejos.
Yo salí de mi tienda y me quedé mirando. No dije nada al principio. Sentí una presión en el pecho y un olor metálico en el aire. Era leve, pero lo reconocí.