La primera vez que escuché ese apodo fue en una calle de la capital.
Yo acababa de salir del edificio de la administración con Harven y Lysa detrás de mí. Los dos cargaban carpetas, mapas y reportes llenos de marcas rojas. Cada marca era una desaparición. Cada punto era una familia esperando una respuesta.
Había gente reunida al otro lado de la calle. No se acercaban, pero tampoco se iban. Me miraban como si yo pudiera arreglarlo todo solo por estar ahí.
Una mujer mayor pasó con un niño de la mano y habló en voz baja.
—Ahí va la Cazadora de sectas.
El niño la miró confundido.
—¿Quiénes son las sectas, mamá?
La mujer apretó su mano.
—Los que se llevan a los niños. Los que se esconden en templos y casas abandonadas.
Seguí caminando sin voltear. La escuché igual.
Harven se acercó un poco a mí.
—Mi general, la gente ya le puso un nombre.
—Lo escuché.
—No sé si eso sea bueno.
Lysa miró hacia la multitud con los ojos entrecerrados.
—Algunos parecen aliviados, pero otros esperan que usted haga todo por ellos.
—Entonces habrá que enseñarles a no quedarse quietos —respondí—. Si todos esperan a que yo llegue, la secta va a seguir llevándose gente.
Me detuve junto a un muro de piedra y extendí uno de los mapas. La humedad lo había dejado algo doblado, pero todavía se entendía. Señalé varios puntos con el dedo.
—Aquí hubo tres desapariciones en la ruta del norte. Aquí se llevaron a dos adultos cerca de la costa. Y aquí hay capillas viejas en casi todos los caminos secundarios.
Harven se inclinó para mirar mejor.
—¿Cree que usan las iglesias?
—Algunas. No todas. No quiero que vayan acusando a cualquiera con túnica.
Lysa asintió.
—Entonces revisamos sin llamar la atención.
—Eso haremos. Buscamos pruebas, rutas, nombres y personas vivas. Lo primero es rescatar. Lo segundo es cortarles el camino.
Harven apretó la carpeta contra el pecho.
—¿Y si encontramos culpables?
Lo miré de frente.
—Entonces los detenemos. Si se resisten, los bajamos a la fuerza.
No hacía falta decir más.
La primera revisión fue en una iglesia pequeña, a dos días de la capital. Por fuera se veía limpia. Tenía flores en la entrada, campanas nuevas y bancos ordenados. Por dentro había algo metálico que me molestó apenas crucé la puerta.
Entré con Harven, Lysa y cuatro soldados más. Todos llevábamos ropa oscura y sin insignias visibles. No quería que la gente supiera que había una operación militar.
Antes de abrir la puerta, les di la última orden.
—No hagan ruido de más. No venimos a dar miedo a los vecinos. Venimos a sacar gente viva.
Un soldado joven tragó saliva.
—¿Y si no encontramos nada?
—Entonces revisamos mejor.
La puerta rechinó. Un sacerdote levantó la vista desde el altar. Sonrió demasiado rápido.
—Bienvenidos. ¿Buscan protección? En estos tiempos difíciles, la oración puede dar paz.
Me acerqué sin devolverle la sonrisa.
—Busco a cinco personas desaparecidas.
El sacerdote cambió la cara.
—No sé nada de eso.
—Tres niños, una mujer y un anciano desaparecieron cerca de este templo.
—La gente tiene miedo y habla demasiado.
—Eso lo sé. También sé que algunos usan ese miedo para esconder delitos.
Lysa ya se movía por los laterales, revisando cortinas, puertas y esquinas. Harven se quedó cerca de mí, con una mano lista para sacar el arma.
El sacerdote abrió las manos.
—General, yo no puedo ayudarla si viene a acusarme sin pruebas.
Me quedé quieta.
—¿Cómo sabes que soy general si vine sin uniforme?
El silencio cayó de golpe.
Harven levantó la mirada.
—Se delató.
El sacerdote dio un paso hacia atrás. Lo agarré de la ropa y lo empujé contra una columna.
—Dime dónde están.
—No los matamos aquí —soltó él, temblando.