El apodo no nació de un discurso ni de un estandarte.
Nació en los caminos, en las cocinas donde las madres hablaban bajito para no asustar a los hijos, en las tabernas donde los hombres se juraban valor con la boca mientras temblaban por dentro, en los puestos de mercado donde los comerciantes vigilaban las sombras por costumbre.
"Cazadora de sectas", le decían.
Aquello no sonaba a cargo oficial, sino a una plegaria desesperada. Y, en el fondo, también a una advertencia.
Ayrinia lo escuchó por primera vez sin querer, en una calle estrecha de la capital, cuando aún llevaba el polvo del viaje encima y la rabia guardada detrás del pecho como un cuchillo.
Había salido del edificio administrativo con Harven y Lysa detrás, cargando carpetas de reportes y mapas marcados con puntos rojos. La gente se agolpaba a distancia. Nadie se atrevía a acercarse demasiado, pero los ojos la seguían como si de verdad pudieran agarrarse a ella para no caerse.
Una mujer mayor, con un niño de la mano, susurró al pasar:
—Ahí va... la que los persigue.
—¿A quiénes, madre? —preguntó el niño.
La mujer tragó saliva.
—A los que se llevan niños —respondió—. A los que se esconden bajo templos. A los que rezan con la boca y matan con las manos.
Ayrinia siguió caminando. No giró. No necesitaba. Esas frases le entraban por la espalda igual.
Harven, que escuchó, se acercó un poco más.
—Mi general —dijo en voz baja—. La gente... habla.
—Que hablen —respondió Ayrinia, sin detenerse—. Mientras hablen de mí, dejan de hablar de rendirse.
Lysa, siempre más observadora, frunció el ceño.
—No todos hablan con esperanza —murmuró—. Algunos suenan como si quisieran entregarle su vida para que usted cargue con todo.
Ayrinia apretó la mandíbula.
—Entonces tendremos que enseñarles a no entregarse —dijo—. Porque si se entregan, los que desaparecen no son solo los niños. Desaparece el mundo.
Harven respiró hondo.
—¿Por dónde empezamos?
Ayrinia se detuvo al fin, en un cruce donde se veía el río atravesando la ciudad. El agua bajaba sucia, cargada, como si también estuviera cansada.
—Por lo único que importa —respondió—. Los hechos.
Sacó uno de los mapas y lo desplegó sobre un muro de piedra.
—Aquí. Tres aldeas en ruta hacia el norte. Luego, dos desapariciones en la costa. Y aquí... —señaló con un dedo firme— aquí hay un patrón de rutas secundarias, siempre cerca de templos pequeños o capillas abandonadas.
Lysa se inclinó.
—Esto parece... organizado.
—Lo es —dijo Ayrinia—. Nadie se lleva gente de forma constante sin logística. Y si hay logística, hay estructura.
Harven miró alrededor.
—¿Cree que los clérigos están metidos?
Ayrinia lo miró.
—Creo que algunos sí —respondió—. Y otros no. Y la secta va a usar a ambos. A los corruptos por codicia. A los inocentes por fe.
Lysa apretó el mapa.
—Entonces, ¿qué hacemos con la fe?
Ayrinia tardó un segundo, como si cada respuesta tuviera que pasar por una puerta estrecha.
—No luchamos contra la fe —dijo—. Luchamos contra quien la usa para encadenar.
Los primeros meses fueron de golpes directos.
Ayrinia necesitaba arrancar a la secta de la tierra donde estaba plantada. Y para arrancar raíces, a veces hay que cavar con violencia.
La primera incursión fue en un templo pequeño, a dos días de la capital. El edificio estaba limpio por fuera. Flores en el altar. Campanas nuevas.
Por dentro, olía a metal y humedad.
Ayrinia entró con Harven, Lysa y cuatro hombres más, todos con capuchas oscuras y sin emblemas militares.
—Recuerden —dijo Ayrinia antes de abrir la puerta principal—. No venimos a dar espectáculo. Venimos a sacar gente.
Uno de los soldados tragó saliva.
—¿Y si no hay nadie?
—Entonces buscamos pruebas —respondió Ayrinia—. Y si no hay pruebas, buscamos rutas. Y si no hay rutas... buscamos mentiras. Siempre hay mentiras.
Harven ajustó el agarre de su espada.
—Mi general, ¿usted cree que... los sacerdotes de aquí...?
Ayrinia lo cortó con la mirada.
—No asumas inocencia ni culpa —dijo—. Observa. Escucha. Y si te atacan, no dudes.
La puerta crujió.
Dentro, un sacerdote levantó la vista desde el altar. Sonrió como si estuviera recibiendo peregrinos.
—Bienvenidos —dijo con voz suave—. ¿Han venido a pedir protección? El mundo está asustado, pero la oración...
Ayrinia avanzó dos pasos.