Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 8 - La batalla perdida

El amanecer llegó sin anuncio.

No hubo presagios ni señales claras, solo un cielo grisáceo y el sonido constante del mar golpeando los arrecifes. Para el ejército de Ayrinia, aquello ya no era extraño. Habían pasado décadas marchando contra sectas, desmantelando templos ocultos, liberando prisioneros y enterrando a los que no alcanzaban a salir con vida.

Mucho había cambiado en ese tiempo.

Harven y Lysa ya no caminaban a su lado. Ambos se habían retirado años atrás, con los cuerpos cansados y las manos temblorosas, después de haber servido más tiempo del que cualquier soldado debería. Ayrinia misma los había escoltado fuera del campamento el día de su despedida.

—Ya no es nuestro tiempo —le había dicho Harven, con una sonrisa amarga—. Tú sigues caminando como si el mundo no pudiera alcanzarte.

—El mundo siempre alcanza —respondió Ayrinia—. Solo que a algunos nos toma más tiempo.

Harven soltó una risa breve, sin alegría.

—Siempre tienes una frase para que suene a que todo está bajo control —dijo—. Pero yo te vi cuando se apagaban las antorchas. Te vi cuando te quedabas mirando las camas vacías. No eres de piedra, Ayrinia.

Ayrinia sostuvo su mirada. Durante un instante, el ruido del campamento se volvió lejano.

—No soy de piedra —admitió, con la voz baja—. Solo aprendí a no quebrarme delante de los que todavía pueden quebrarse.

Lysa, que hasta entonces había guardado silencio, se acercó despacio. Sus manos temblaban un poco por la edad, pero la mirada seguía siendo la misma: una mezcla de paciencia y filo.

—Escúchame bien — lo dijo de una forma que parecía más a una orden—. No confundas que sigas joven con que todo siga igual. La gente cambia. Los enemigos cambian. Y el día que tú pierdas...

Ayrinia apretó la mandíbula.

—No voy a perder —dijo.

—No me interrumpas —replicó Lysa, seca—. El día que pierdas, no van a decir "era humana". Van a decir "por fin". Van a usar tu caída para justificar su miedo, para esconderse, para rendirse. Si vas a seguir adelante, que no sea solo por tu propio orgullo. Camina para que ellos aprendan a hacerlo cuando tú ya no estés.

Ayrinia tragó saliva. Le costó más que cualquier herida.

—¿Y qué hago con lo que siento cuando no me miran? —preguntó.

Harven bajó la vista.

Lysa no suavizó la respuesta.

—Lo conviertes en disciplina —dijo—. Lo conviertes en dirección de lo contraria te devorará.

Ayrinia sostuvo el antebrazo de Lysa con firmeza, como si ese gesto fuera también un juramento.

—Entonces no perderé —susurró—. Y si un día caigo... que el mundo no se arrodille conmigo.

Ahora, quienes la rodeaban eran otros.

Capitanes jóvenes, pero no inexpertos. Hombres y mujeres que habían crecido viéndola combatir, que habían sido rescatados por ella o entrenados bajo su mando. Veteranos de múltiples campañas, endurecidos por el horror, pero aún firmes.

Para el pueblo, ver a Ayrinia igual que siempre dejó de ser motivo de sospecha hacía mucho tiempo. No envejecía, sí, pero nadie lo cuestionaba. Para ellos, era simplemente así: la general que siempre regresaba, la que no caía, la que traía de vuelta a los hijos perdidos.

En el campamento, los soldados desayunaban en silencio. No había nerviosismo exagerado. Aquella operación era, en apariencia, una más. Sin embargo, esa calma no era ingenua: era la clase de serenidad que solo existe cuando ya viste el horror suficientes veces como para dejar de sorprenderte.

Las cucharas chocaban contra los cuencos con un sonido apagado. Algunos miraban las colinas como si fueran una boca abierta. Otros evitaban mirar en absoluto.

Ayrinia caminó entre las filas sin armadura puesta todavía, con el abrigo cerrado y las espadas a la espalda.

Su intención no era intimidar a nadie. Se limitaba a observarr a a las personas.

Un soldado joven, con cicatrices recientes en el cuello, se enderezó cuando ella pasó.

—Mi general... —dijo, inseguro.

Ayrinia se detuvo.

—¿Nombre?

—Renn, mi general.

—¿Primera campaña?

Renn tragó saliva.

—Segunda.

Ayrinia asintió, como si eso fuera importante.

—Entonces ya aprendiste lo básico —dijo—. La primera te enseña que puedes morir. La segunda te enseña que puedes ver morir a otros. No dejes que eso te vuelva torpe.

Renn abrió la boca, pero no supo qué decir.

Ayrinia no lo humilló.

—Si hoy sientes miedo, díselo a tu compañero —añadió—. El miedo oculto se convierte en error. El miedo compartido se convierte en alerta.

El joven asintió con una fuerza desesperada.

Ayrinia siguió caminando, y varios veteranos bajaron la mirada en señal de respeto. No porque ella lo exigiera, sino porque para ellos su presencia era la prueba de que existía algo más que perder.



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Editado: 19.06.2026

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