Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 8 - La batalla perdida

El amanecer llegó gris y frío.

Yo estaba en el campamento desde antes de que los soldados terminaran de despertar. El mar golpeaba los arrecifes a lo lejos, constante, fuerte, como todos los días en esa costa. No había nada raro en ese sonido, pero aun así me mantenía alerta.

Llevábamos décadas peleando contra las sectas.

Habíamos destruido templos ocultos, liberado prisioneros, quemado almacenes donde guardaban sustancias extrañas y enterrado a demasiados soldados. Yo seguía igual por fuera. Ellos no.

Harven y Lysa se habían retirado años atrás.

El día que dejaron el campamento, los acompañé hasta la salida. Harven caminaba despacio, con el cuerpo cansado y las manos marcadas por muchos años de guerra. Aun así, intentó bromear, como hacía cuando no quería despedirse bien.

—Ya no es nuestro tiempo —me dijo con una sonrisa triste—. Tú sigues aquí. Nosotros ya estamos hechos polvo.

—No exageres —respondí.

—No estoy exagerando. Me tiembla la mano hasta para agarrar una taza.

Lysa caminaba a su lado. Tenía el cabello lleno de canas y una mirada seria, como siempre. Cuando se detuvo frente a mí, no sonrió.

—Escúchame bien, Ayrinia —dijo—. Sigues joven, pero el mundo está cambiando. Los enemigos también. El día que pierdas una batalla, la gente va a usar eso para asustarse más.

El día que pierdas una batalla, la gente va a usar eso para asustarse más

—No voy a perder —respondí de inmediato.

Lysa me miró como si acabara de decir una tontería.

—No digas eso como si pudieras mandar sobre todo. Nadie gana siempre.

Apreté la mandíbula.

—Entonces, ¿qué quieres que haga?

—Quiero que no cargues sola con todo —dijo—. Entrena a la gente. Enséñales a defenderse. Haz que puedan seguir aunque tú no estés delante.

Harven bajó la mirada.

—Ella tiene razón —añadió—. Te hemos visto fingir que estás bien cuando vuelves de una batalla y faltan camas en las filas. No eres una pared, Ayrinia. Te duele igual que a cualquiera.

No respondí de inmediato. Me costó aceptar esas palabras porque eran ciertas.

—Me duele —admití al fin—. Pero no puedo mostrarlo delante de soldados que están esperando una orden mía.

Lysa me sujetó el antebrazo con firmeza.

—Entonces úsalo para pensar mejor. No para hacerte matar.

Ese día se fueron. Yo me quedé.

Ahora, muchos años después, caminaba entre otros soldados. Algunos eran hijos de personas que había salvado. Otros habían crecido escuchando historias sobre mí. Para ellos, yo era la general que no envejecía, la que siempre regresaba, la que podía entrar en un templo de la secta y salir viva.

Me molestaba que me vieran así.

No porque me odiaran. Al contrario. Me miraban con demasiada confianza, y eso era peligroso.

Esa mañana los soldados desayunaban en silencio. Había platos de metal, pan seco, caldo aguado y ojos cansados. Nadie hablaba más de la cuenta. Estaban acostumbrados al miedo, pero eso no significaba que no lo sintieran.

Pasé junto a un soldado joven con cicatrices recientes en el cuello. Se puso firme apenas me vio.

—Mi general.

Me detuve frente a él.

—¿Cómo te llamas?

—Renn, mi general.

—¿Primera campaña?

—Segunda.

Lo miré con atención. Tenía la cara pálida y las manos rígidas alrededor de su plato.

—Entonces ya sabes que esto no es como entrenar en el patio —le dije—. Hoy mantente cerca de tu unidad. Si te asustas, dilo. No te quedes callado fingiendo que no pasa nada.

Renn tragó saliva.

—Sí, mi general.

—El miedo no te hace inútil. Guardártelo sí puede hacerte cometer errores.

Él asintió con fuerza. Seguí caminando.

Al otro lado del campamento, Darel y Elna revisaban un mapa sobre una caja de municiones. No era el Darel viejo que me reclutó, que en paz descanse por cierto, sino otro capitán con el mismo nombre. Tenía buen juicio y hablaba poco. Elna era más directa. Se había ganado su puesto en combate y no soportaba perder tiempo.

Darel levantó un papel cuando me acerqué.

—Mi general, los últimos reportes confirman movimiento en las colinas. Es un grupo grande de la secta.

Miré el mapa.

—¿Cuántos?

—No tenemos número exacto. Bastantes para mover cajas, prisioneros o material pesado.



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Editado: 17.07.2026

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