El mar no tuvo ningún gesto de gloria con ella. Se limitó a tragarla como hace con cualquier otro cuerpo: con un peso muerto, un frío que cala y una indiferencia absoluta.
Ayrinia no sabía cuánto tiempo llevaba aferrada a aquella grieta de roca. El agua subía y bajaba como si quisiera discutir con su respiración. Cada vez que la marea ascendía, el aire se volvía escaso y áspero; cada vez que descendía, el frío le mordía la piel y le recordaba que su cuerpo seguía allí, herido, obstinado, negándose a rendirse.
El dolor era un mapa dentro de ella.
Costillas que dolían al mínimo intento de inspirar. Un brazo que no respondía bien, como si la articulación hubiera olvidado su lugar. Un corte abierto en el costado que ardía con una sensación extraña, como si no solo fuera herida, sino algo... distinto. Y sangre que no debía seguir cayendo así.
Ayrinia apoyó la frente contra la roca húmeda, sin fuerzas para odiar, sin fuerzas para negar lo que su mente repetía con una claridad insoportable.
Habían muerto.
Elna.
Darel.
Renn... y tantos otros nombres que no alcanzó a pronunciar.
Quiso aferrarse a la rabia, porque la rabia era un combustible que conocía. Pero incluso la rabia se ahogaba cuando el aire faltaba.
Apretó los dientes.
—No... aquí... —murmuró, y su voz salió como un hilo, mezclada con el agua.
Una ola golpeó la pared exterior y el sonido retumbó dentro de la grieta como un tambor gigante. El agua le subió hasta la cintura. Ayrinia respiró corto, contando de nuevo, como había contado al borde del arrecife.
Uno. Dos. Tres. Inhala.
El aire entró como cuchillas.
Y de pronto, rompiendo aquel ciclo miserable, algo ajeno al mar se coló en sus oídos. Fue un golpe metálico, un eco lejano que el agua arrastraba y devolvía con desgana. Luego vino otro, seguido de un roce pesado, como si una cadena o un ancla se estuviera arrastrando contra las rocas del fondo.
Ayrinia levantó la cabeza con dificultad. Sus ojos ardían por la sal. El pulso le golpeaba en las sienes.
—¿Qué...? —susurró.
La sombra apareció afuera, más allá del borde de la grieta. Se movía con intención contra la corriente, como si el agua no tuviera derecho a empujarla.
Ayrinia intentó retroceder, pero el cuerpo no le obedeció. No tenía armas. No tenía fuerzas. Solo tenía la roca y el aire mínimo.
Otra vibración metálica. Un destello breve, como de herramienta o gancho.
Y una voz. Ahogada por el agua, pero clara.
—No te muevas. Si empiezas a agitarte, te vas a ahogar aquí mismo.
Ayrinia parpadeó. No entendió de inmediato si era real o una alucinación de su mente agotada.
—¿Quién... eres...? —logró decir.
La figura se acercó más. Una mano apareció, cubierta por guantes oscuros, firme y estable incluso bajo el agua. Sostuvo algo como una cuerda o un amarre.
—Respira cuando puedas —dijo la voz—. Ahora. Mira mi mano. Cuando la tome, no pelees contra mí.
Ayrinia sintió una punzada de orgullo, absurda, casi infantil.
—No... necesito... —empezó.
—No me importa lo que creas que necesitas —interrumpió la voz, sin dureza, pero con autoridad—. Estás sangrando. Estás atrapada. Y si pierdes la conciencia aquí, morirás.
La frase le atravesó el pecho.
Ayrinia tragó saliva, y el agua le raspó la garganta.
La mano volvió a extenderse y ella lo tomó.
Sintió cómo la jalaban con precisión. La roca le rasgó el uniforme. El dolor le explotó en las costillas. Mordió el interior de la mejilla para no gritar.
La figura acomodó su cuerpo con cuidado, buscó el ángulo, ajustó la cuerda. Cada movimiento se notaba calculado, como el de alguien que había salvado a otros antes, y que sabía que un error de centímetros podía matarla.
Ayrinia, por primera vez desde la caída, no tuvo que luchar sola contra el mundo.
El agua golpeó fuerte y los arrastró un tramo.
—Aguanta —dijo la voz.
Ayrinia quiso responder, pero no le quedaba aire.
La oscuridad se cerró.
Despertó con un golpe de luz filtrándose por los párpados.
Y con el balanceo áspero de una embarcación.
Su cuerpo protestó al mínimo intento de moverse. Le dolía la garganta, el pecho, el costado. Sintió mantas ásperas, olor a sal, a madera mojada y a hierbas.
Intentó incorporarse.