El agua me arrastró sin darme tiempo a reaccionar.
Caí con la armadura puesta. El peso me hundió de inmediato y el frío me golpeó en todo el cuerpo. Intenté mover los brazos, pero uno no me respondió bien. El otro apenas me servía para empujar el agua. Abrí los ojos y solo vi oscuridad, burbujas y rocas.
No podía respirar.
Pensé que iba a morir ahí.
Me negué.
Busqué algo con la mano sana hasta que mis dedos chocaron contra una grieta en la roca. Me agarré con toda la fuerza que me quedaba. Las uñas me dolieron. El agua subía y bajaba, me tapaba la boca, me golpeaba la cara y me obligaba a esperar el momento justo para tomar aire.
Cuando la marea bajaba un poco, respiraba.
Cuando subía, cerraba la boca y aguantaba.
Tenía las costillas rotas o, al menos, algo muy parecido. Cada respiro me cortaba por dentro. El hombro me ardía. El brazo derecho no respondía bien. En el costado tenía un corte profundo, y lo peor era que la sangre seguía saliendo.
Ya debería haberse detenido.
Eso me preocupaba más que el dolor.
Apoyé la frente contra la piedra húmeda y cerré los ojos un momento. No tenía fuerzas para gritar ni para insultar a nadie. Elna había muerto. Darel tal vez también. Renn, los reclutas, mis capitanes... todos los que confiaron en mí en el desfiladero.
Los llevé a una batalla y perdimos.
Apreté los dientes.
—No voy a morir aquí —murmuré.
El agua me cubrió otra vez hasta la garganta. Conté sin pensar.
Uno.
Dos.
Tres.
Tomé aire cuando pude. Me dolió tanto que casi vomité.
Entonces escuché algo distinto.
No era una ola ni una roca rompiéndose. Era un golpe metálico. Después llegó otro sonido, como una cadena o un gancho arrastrándose contra la piedra.
Levanté la cabeza con esfuerzo.
—¿Qué es eso? —susurré.
Vi una sombra moverse afuera de la grieta. Al principio creí que estaba alucinando. Había perdido mucha sangre y el frío me estaba dejando sin sensibilidad en las piernas. Pero la sombra volvió a moverse. Después vi una mano sosteniendo una cuerda.
Una voz de hombre se escuchó por encima del ruido del mar.
—No te muevas. Si te agitas, te ahogas.
Parpadeé varias veces para enfocar.
—¿Quién eres? —pregunté con la poca voz que me quedaba.
El hombre se acercó más. No parecía tener miedo de la corriente.
—Respira cuando puedas y toma mi mano —dijo—. Cuando te agarre, no te sueltes.
No me gustó escucharlo darme órdenes.
—No necesito ayuda.
—Sí la necesitas —respondió, sin perder la paciencia—. Estás sangrando, estás atrapada y no puedes salir sola. Puedes discutir después, si sigues viva.
Quise contestarle, pero una ola me golpeó la cara y me dejó sin aire.
Tenía razón.
Odié que tuviera razón.
Cuando el agua bajó, estiré la mano sana y lo agarré. El hombre tiró de mí con fuerza. La piedra me raspó la ropa y la piel. El movimiento me hizo ver puntos negros del dolor. Estuve a punto de gritar, pero me mordí la mejilla y aguanté.
Él ajustó la cuerda alrededor de mi cuerpo con movimientos rápidos y seguros.
—No luches contra la corriente —me dijo—. Deja que yo te saque.
—Cállate y hazlo —murmuré.
—Eso intento.
El agua nos golpeó de lado. Sentí que me separaba de la roca. La cuerda se tensó. El hombre me sostuvo por debajo del brazo y me sacó de la grieta con un tirón fuerte.
El dolor me dejó sin aire.
Después no recuerdo nada.
Desperté con el sol en la cara.
Lo primero que sentí fue el movimiento de una embarcación. Después el olor a sal, madera mojada y plantas machacadas. Tenía una manta áspera encima. La garganta me ardía y el costado me dolía tanto que respirar era un trabajo.
Intenté incorporarme.
Una mano me empujó el hombro con firmeza.
—Quieto ahí —dijo la misma voz—. Si te levantas rápido, te vas a caer. No te saqué del mar para verte morir por terca.
Abrí los ojos.
El hombre estaba sentado a mi lado. Parecía joven. Tenía el cabello castaño desordenado, la piel marcada por el sol y una mirada cansada. No me miraba con miedo. Tampoco con admiración. Me miraba como si estuviera evaluando una herida difícil.