Ayrinia - La guerrera solitaria

Capítulo 10 - La guerrera solitaria

Caminaba sola.

No era la primera vez que lo hacía, pero ahora se sentía diferente. Antes siempre había un campamento cerca, soldados esperando mis órdenes o una patrulla cubriéndome la espalda. Ahora solo estaban mis pasos, el ruido de las hojas húmedas y mis dos espadas.

Después de la derrota en el desfiladero, dejé de moverme con grupos grandes. Scoxion tenía razón en algo: un ejército deja demasiados rastros. La secta sabía ver esos rastros. Los seguía, preparaba trampas y elegía el lugar donde quería pelear.

Yo ya había pagado demasiado caro por ignorar eso.

Aún había gente dispuesta a seguirme. Sobrevivientes, soldados jóvenes, aldeanos que pensaban que mi presencia bastaba para estar a salvo. No los acepté. No porque no los necesitara. Los necesitaba más de lo que quería admitir. Pero no podía cargar con otro grupo de muertos.

Elna, Darel, Renn y tantos otros seguían en mi cabeza. Recordaba sus caras cuando cerraba los ojos. Recordaba el ruido de las piedras en el desfiladero, la armadura negra del Ejecutor y el momento exacto en que entendí que había perdido.

Recordaba el ruido de las piedras en el desfiladero, la armadura negra del Ejecutor y el momento exacto en que entendí que había perdido

Apreté la correa de mi abrigo y seguí avanzando.

La humedad me mojaba el cabello y el cuello. Mi ropa estaba gastada, pero me permitía moverme rápido. Llevaba comida seca, vendas, una navaja, polvo oscuro robado de un templo de la secta y una cuerda corta. Nada más.

No quería parecer una general. No quería que alguien me reconociera antes de tiempo.

Al llegar a la cima de una colina, me agaché entre unos arbustos y miré hacia abajo.

Había un caserío pequeño. Quince casas, tal vez menos. Algunas ventanas seguían cerradas y casi no salía humo de las chimeneas. Eso no era normal a esa hora. En los pueblos pequeños la gente se levantaba temprano, sobre todo si había animales que cuidar o pan que preparar.

Allí nadie quería salir.

En el extremo del caserío vi un granero viejo. Cerca había un carro de ruedas reforzadas y cuatro hombres vigilando. Llevaban telas oscuras cubriéndoles la cabeza y ropa común para no llamar la atención. Uno de ellos tenía una marca roja en el cuello.

Me quedé observando unos minutos más.

No eran simples ladrones. Un ladrón roba, amenaza y se va. Esos hombres esperaban algo. Habían marcado el terreno, cubierto las salidas y dejado el carro listo para salir antes del amanecer.

Había prisioneros.

Sentí una presión desagradable en el pecho.

—Otra vez —murmuré.

Respiré hondo y bajé por la colina con cuidado. No corrí. Si me apuraba, podía pisar una rama seca o mover demasiada maleza. La prisa mata más rápido que una espada.

Al llegar a las primeras casas, escuché un ruido leve. Una ventana se abrió apenas. Un anciano asomó la cara. Tenía los ojos muy abiertos y la piel pálida.

—¿Quién anda ahí? —susurró.

Levanté una mano para que no hablara más alto.

La luz de la luna me tocó la cara. El anciano me reconoció. Lo vi en su expresión.

—Usted es...

—No digas mi nombre —lo corté en voz baja—. Si alguien escucha, habrá más problemas.

El hombre tragó saliva y asintió.

—Se llevaron a dos niños esta tarde —dijo con voz temblorosa—. También al herrero. Intentó defenderlos y lo golpearon.

—¿Cuántos atacantes viste?

—Seis. Tal vez siete. Entraron cuando ya oscurecía. Nadie pudo hacer nada.

—¿Todos están en el granero?

—Creo que sí. Los encerraron ahí. Dijeron que al amanecer vendría otro grupo para recogerlos.

Miré hacia el granero.

—¿Viste alguna marca en ellos?

El anciano se apretó la ventana con los dedos.

—Uno tenía pintura roja en el cuello. Como una raya.

Ya lo había visto antes. Los grupos menores de la secta usaban marcas para reconocerse entre ellos. A veces cambiaban los símbolos, pero la forma de actuar era la misma.

—Entra a tu casa —le dije—. Cierra la ventana. Apaga cualquier luz. Si escuchas gritos, no salgas hasta que yo te avise.

—¿Va a entrar sola?

—Sí.

—Son muchos.

Lo miré de frente.

—Eso ya lo vi.

El anciano respiró con dificultad.

—Si la matan, ellos se van a vengar de todos nosotros.

—Entonces no pienses en eso antes de tiempo.



#2298 en Fantasía
#2624 en Otros
#511 en Acción

En el texto hay: #fantasía oscura, #inmortalidad, #guerrera

Editado: 17.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.