El tiempo no pasó para Ayrinia de la misma forma que para los demás. Pasó alrededor de ella.
Los años transcurrieron y se acumularon los cambios en las ciudades nuevas, en los nombres de las personas y en las nuevas generaciones. Para muchos habitantes, la guerrera azul fue primero una salvadora, luego un personaje de leyendas y después un recuerdo exagerado. Para Ayrinia, el tiempo significó acumular espacio entre los combates, entre los pueblos que liberaba y entre las noches de pelea y de silencio.
Caminaba sola. Había aprendido que quedarse en un lugar significaba poner en peligro a los habitantes.
En una aldea de la costa, una mujer mayor la observó mientras sacaba agua de un pozo.
—Dicen que si la miras a los ojos, te das cuenta de que no envejece —le susurró la mujer a otra—. Se ve igual que hace cuarenta años.
—Eso es imposible —respondió la otra con nerviosismo—. Nadie puede vivir tanto tiempo.
Ayrinia escuchó los comentarios, pero no respondió. Nunca contestaba a los chismes. Sabía que desmentir los rumores los hacía más fuertes.
Esa misma noche, destruyó un pequeño santuario oculto abajo de un almacén de sal. Solo forzó las puertas, rompió los símbolos de la secta, estrelló los frascos contra el suelo y liberó a los prisioneros. Estas personas no entendían por qué ella se marchaba de inmediato sin aceptar los agradecimientos.
—¡¿Quién eres tú?! —le preguntó un joven mientras ella se retiraba—. Dime al menos tu nombre.
Ayrinia se detuvo un momento sin voltear a verlo.
—No soy nadie —respondió.
Continuó su camino. Con los años, el mundo cambió su organización. Las rutas se llenaron de vías de tren y las locomotoras alteraron el paisaje con humo y ruido. Los mercados crecieron, las fábricas construyeron bardas de ladrillo y los avances técnicos convivieron con las creencias de la gente.
Las sectas no desaparecieron por estos cambios, sino que se adaptaron a la nueva época. Ahora se ocultaban entre los comerciantes, los ingenieros y los académicos. Cambiaron las túnicas por abrigos comunes, los altares por salas de archivo y los cuchillos por instrumentos de medición. Ayrinia los siguió encontrando y destruyendo, pero era evidente que solo estaba atacando a los miembros menores del grupo.
En una cantina cercana a un cruce de trenes, escuchó una información importante. El lugar olía a metal caliente, a cerveza y a sudor de los viajeros. Ayrinia estaba sentada en una mesa apartada mientras limpiaba la hoja de su espada con un trapo viejo. Dos hombres discutían en la mesa de al lado.
—Te digo que lo vi —decía uno, golpeando la madera con su vaso—. No era un estafador. Sabía muchas cosas.
—Todos dicen saber cosas —replicó el otro—. Eso no los hace especiales.
—Este hombre sí lo era —insistió el primero—. Preguntó por manuscritos viejos y por textos que nadie consulta. No pagó por la información, sino que la completó con sus propios datos.
Ayrinia levantó la vista.
—¡¿Qué información completó?! —preguntó sin voltear por completo.
Los hombres se callaron por la sorpresa de que alguien se metiera en su conversación.
—Mapas —respondió uno al fin—. Dibujos extraños. Hablaba de ciclos, de energía y de datos que debían encajar.
—¡¿Cómo se llamaba?! —preguntó Ayrinia.
El hombre dudó un momento.
—No nos dio su nombre —dijo—. El bibliotecario lo llamó "el erudito" porque sabía demasiadas cosas.
El otro se rió por los nervios.
—Dicen que no envejece —añadió—. O que cambia de forma diferente a los demás. Cada persona cuenta una historia distinta.
Ayrinia se quedó quieta al escuchar la descripción. Acababa de identificar que hablaban de alguien con sus mismas características.
—¡¿A dónde fue ese hombre?! —preguntó.
—Al norte —respondió el primero—. O al este, no lo sé bien. Siempre busca archivos viejos en los monasterios, en las ruinas y en las universidades que nadie visita.
Ayrinia guardó su espada.
—¡¿Habló sobre el cometa?! —preguntó.
Los hombres se miraron entre ellos.
—Sí —admitió uno—. Hablaba del cometa como si fuera un cálculo matemático que todavía no terminaba de resolver.