Pasaron muchos años y mi cuerpo siguió igual.
Las ciudades cambiaron. Las calles se llenaron de vías de tren, humo, fábricas y gente que hablaba de progreso como si eso pudiera borrar todo lo malo. Los nombres de los pueblos también cambiaron. Algunos lugares donde había peleado ya no existían, y otros crecieron tanto que nadie recordaba cómo eran antes.
Yo seguía viéndome igual.
Eso era un problema.
Al principio la gente me llamaba salvadora. Después empezaron las historias. Unos decían que yo era una mujer bendecida. Otros decían que era una maldición. Algunos aseguraban que me habían visto hace cuarenta años con el mismo rostro y la misma fuerza.
No respondía a esos rumores. Aprendí que, cuando intentas desmentir algo, la gente habla más.
Por eso caminaba sola.
Si me quedaba demasiado tiempo en un lugar, alguien terminaba fijándose en mí. Si ayudaba a un pueblo, querían que me quedara a protegerlo. Si me quedaba, la secta podía usar ese lugar para atacarme. Y si atacaban por mi culpa, otra vez habría muertos.
Ya había visto demasiados muertos.
Una tarde llegué a una aldea de la costa. Había casas bajas, olor a pescado seco y un pozo en medio de la plaza. Entré con la capucha baja y compré agua. Dos mujeres mayores me miraron mientras llenaban sus cántaros.
—Dicen que si la miras bien, te das cuenta de que no envejece —murmuró una.
La otra se puso nerviosa.
—No digas eso. Nadie vive tanto tiempo.
Seguí mi camino sin mirarlas.
Esa noche encontré un santuario de la secta debajo de un almacén de sal. No era grande. Tenía tres cuartos, una mesa con frascos, símbolos pintados en la pared y dos prisioneros encerrados en una jaula.
Rompí la puerta, noqueé a los guardias y destruí los frascos.
Uno de los prisioneros, un joven con la cara llena de golpes, me siguió cuando salí.
—Espera —dijo con la voz temblorosa—. Al menos dime tu nombre.
Me detuve en la entrada, pero no me giré.
—No lo necesitas.
—Nos salvaste.
—Entonces sal de aquí antes de que vuelvan.
No esperé su respuesta. Me fui antes de que empezaran los agradecimientos. No porque me molestaran, sino porque era más fácil irme rápido. Si me quedaba, me costaba más hacerlo después.
Con los años, las sectas aprendieron a esconderse mejor.
Antes usaban túnicas, altares y rezos. Después empezaron a usar abrigos comunes, papeles oficiales y laboratorios con puertas cerradas. Ya no siempre estaban debajo de templos. A veces trabajaban bajo fábricas. Otras veces usaban escuelas, clínicas o almacenes.
Eso me obligó a cambiar también.
Ya no bastaba con seguir a hombres encapuchados. Tenía que leer registros, vigilar trenes, escuchar a comerciantes y revisar cargamentos. Muchas veces encontraba solo trabajadores que no sabían nada. Otras veces llegaba tarde.
Llegar tarde era lo peor.
Una noche, en una cantina cerca de un cruce de trenes, escuché algo diferente.
El lugar estaba lleno de humo. Había soldados de paso, obreros con las manos manchadas de grasa y viajeros que intentaban dormir con la cabeza sobre la mesa. Yo estaba en un rincón, tomando una cerveza, cuando dos hombres empezaron a hablar en la mesa de al lado.
—Te digo que lo vi —dijo uno, golpeando la mesa con su vaso—. Ese hombre sabía demasiado.
—Todos los viejos dicen saber demasiado —respondió el otro.
—No era viejo.
Levanté la vista.
El primero bajó la voz.
—Preguntó por manuscritos antiguos, por mapas raros y por archivos que nadie consulta. El bibliotecario intentó corregirlo, pero él terminó corrigiendo al bibliotecario.
Guardé la espada y miré hacia ellos.
—¿Qué tipo de mapas? —pregunté.
Los dos hombres se quedaron callados al verme.
—Solo quiero saber eso —dije.
El que había hablado primero tragó saliva.