Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 1 – El susurro de la bruma

La mañana en el valle solía ser silenciosa, pero este silencio era diferente. Se sentía una tensión pesada porque el aire parecía estancado y a la espera de un golpe.

Aysha creía en la magia como una fuerza real en las cosas de todos los días, por ejemplo, en la intuición, las señales y lo que la mayoría prefiere ignorar. Casi siempre vestía de negro por decisión propia, ya que ese color la aislaba del ruido exterior. Ella se consideraba wicca, así que buscaba estabilidad en los rituales sencillos y se guiaba por la seguridad de que existía algo más allá de lo visible.

Despertó antes de que cantara el primer gallo y no sabía la razón. No recordó ningún sueño ni escuchó ruidos, pero sentía el pecho pesado debido a una sensación similar a la de haber caminado mucho. Entonces se sentó despacio en la cama, se tapó las piernas con la cobija y respiró con cuidado, pues sentía temor de notar algo extraño en su cuerpo.

El cuarto olía al romero seco que colgaba del techo. Ese olor siempre la tranquilizaba, aunque esta vez falló por completo. Por eso se acomodó el cabello, se tocó la frente fría y pasó saliva.

—¿Estaré enferma? —dijo en voz baja, solo para escuchar el sonido de su voz.

Luego se levantó y caminó descalza por el piso de madera. Antes de tocar la perilla de la puerta se detuvo, ya que tenía la certeza de que afuera las cosas habían cambiado.

Al abrir, la claridad del amanecer trajo un aire húmedo que era anormal para esa hora. El jardín se veía apagado, de modo que las flores seguían cerradas, algunas apuntaban al cielo con rigidez y otras parecían congeladas a la mitad de su crecimiento.

Aysha se agachó para tocar la tierra de una maceta.

—Estás fría —dijo en un susurro.

Era una heladez profunda, la cual daba la impresión de que el suelo había perdido toda su energía. En ese momento, se escuchó una voz desde adentro.

—¿Aysha?

Su abuela nunca la buscaba tan temprano. Normalmente, cuando se levantaba antes de tiempo, caminaba por la casa y empezaba sus tareas, pero ahora su voz reflejaba preocupación. Por lo tanto, Aysha volteó de inmediato.

La anciana estaba en la puerta con el chal puesto, el cabello amarrado de prisa y los ojos muy abiertos. Su expresión delataba que había perdido el control de la situación.

—¿Tú también te despertaste? —preguntó Aysha.

La abuela asintió con seriedad.

—Sí, y eso está mal —contestó, mientras miraba hacia arriba—. El valle nunca amanece de esta forma. Uno sabe cuando el clima va a cambiar, pero esto es totalmente distinto.

Aysha se cruzó de brazos.

—Yo también lo siento raro. Me falta el aire, pero no estoy cansada.

Entonces la abuela se acercó, se arrodilló a su lado y tocó la misma maceta.

—La tierra está helada —comentó con voz firme, aunque hizo un esfuerzo por no sonar nerviosa—. Esto no tiene sentido, porque regamos ayer temprano y la noche estuvo templada.

Aysha la miró a los ojos.

—¿Qué crees que sea?

La abuela movió la cabeza negativamente.

—No tengo idea —confesó—. Y no saberlo me asusta.

Aysha soltó una risa corta por los nervios, buscando romper la tensión.

—Pero tú siempre sabes qué pasa.

La abuela la observó fijamente. Tenía ojeras marcadas debido a que pasó la noche en vela.

—No, querida—le dijo con suavidad—. Yo conozco lo que he vivido y los ciclos de la naturaleza, pero el mundo no me da explicaciones. Hoy las cosas cambiaron.

Esas palabras le causaron un vuelco en el estómago a Aysha.

—¿Entonces qué hacemos?

La abuela se puso de pie con dificultad.

—Hoy nos quedaremos aquí, así que no vayas al pueblo ni salgas a caminar al campo. Por favor, tampoco hagas tus rituales afuera.

Aysha mostró su inconformidad con un puchero.

—¿Por qué? Yo no hago nada malo, solo me da tranquilidad.

—Lo sé —respondió la abuela con un tono más dulce—. Sin embargo, cuando el ambiente está pesado es mejor no arriesgarse. Si no entiendes lo que hay en el aire, es mejor no provocarlo.

Aysha aceptó la orden a regañadientes. Su abuela casi nunca le prohibía cosas, lo que aumentaba su desconfianza sobre el día.

La tarde llegó con una luz opaca, pues parecía que el sol no podía atravesar las nubes. Desayunaron casi en silencio mientras la abuela preparaba el pan de forma automática y Aysha limpiaba la misma taza una y otra vez.

—Abuela... —habló al fin Aysha, con la mirada abajo—. ¿Crees que son ideas mías?

La mujer dejó la masa sobre la mesa y la miró con fijeza.

—No —contestó—. Ojalá fuera un invento tuyo porque sería más sencillo. Te conozco y sé que cuando presientes algo es por una razón.

Aysha sostuvo con fuerza el recipiente.

—Siento que me observan. No parece una persona, sino algo más grande, como si el cielo estuviera encima de nosotros.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 15.06.2026

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