Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 2 – La elegida invisible

La casa olía a infusión tibia y a paños húmedos. Ese olor, que en otros momentos habría significado cuidado y calma, ahora se le pegaba a Aysha como una prueba de que algo había cambiado para siempre. No porque el mundo estuviera roto, sino porque ella ya no podía fingir que era la misma.

La fiebre había bajado, pero el frío se le había quedado adentro. No un frío de piel, sino un frío como de fondo, como si en el centro de su cuerpo hubiera un hueco que antes no existía. Se sentó en la cama, con las piernas colgando, y miró sus manos durante un rato largo. Las abría, las cerraba, como si esperara que en algún punto apareciera una marca que le explicara lo ocurrido.

No había nada.

Y, sin embargo, todo estaba ahí.

Escuchó pasos en el pasillo. La abuela no caminaba con prisa, pero tampoco con la tranquilidad de siempre. Su ritmo era medido, consciente, como si cada paso fuera una decisión.

—¿Aysha? —preguntó desde la puerta, sin entrar de golpe.

—Estoy despierta —respondió Aysha, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.

La abuela apareció con una taza entre las manos. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y los ojos cansados, pero lo que más pesaba en su rostro no era el cansancio: era la preocupación sostenida, esa clase de preocupación que no se va cuando amanece.

—Toma —dijo, acercándole la taza—. Bebe despacio. No quiero que te marees.

Aysha la sostuvo y notó el calor.

—No tengo sed—murmuró.

Te estoy dando algo que te va a asentar el cuerpo—respondió la abuela con firmeza suave—. Y si no quieres comer, por lo menos bebe esto.

Aysha obedeció porque no tenía fuerzas para discutir. Bebió un sorbo y sintió el sabor de hierbas amargas. Hizo una mueca.

—Siempre le pones lo más feo.

La abuela soltó una risa corta, sin alegría.

—Lo más feo es lo que sirve —dijo, y se sentó al borde de la cama—. ¿Cómo te sientes?

Aysha apretó los dedos alrededor de la taza.

—Como si hubiera pasado algo… y yo no pudiera contarlo bien —confesó—. Como si lo dijera en voz alta, me voy a dar cuenta de que no tiene sentido.

La abuela la miró de frente, sin intentar suavizar el tema.

—Dilo igual.

Aysha tragó saliva.

—Me siento… vacía. Ayer, cuando toqué esa bruma, sentí que me subía por el brazo, y después… —hizo una pausa, buscando aire— …después fue como si me apretaran el pecho desde adentro. Y vi esa luna roja… como si me la hubieran metido en la cabeza.

La abuela no desvió la mirada.

—¿La sigues viendo?

—No como ayer —admitió Aysha—. No es que la mire y esté roja de verdad. Pero… a veces, cuando cierro los ojos, la recuerdo con demasiada claridad. Y me vuelve el mismo escalofrío. Como si no fuera solo un recuerdo.

La abuela apoyó una mano en la rodilla de Aysha.

—¿Y tu mano? ¿Te duele?

Aysha levantó la mano derecha, la giró.

—No me duele como una herida. Es… raro. A ratos siento frío. A ratos siento cosquillas. Como si estuviera sensible.

—No la fuerces hoy —ordenó la abuela.

—Abuela… —Aysha bajó la voz—. ¿Tú crees que yo… que yo hice algo malo?

La abuela frunció apenas el ceño.

—¿Por qué pensarías eso?

—Porque tú nunca gritas —respondió Aysha con un hilo de culpa—. Y ayer gritaste. Me agarraste el brazo como si yo… como si yo estuviera por meterme en una hoguera.

La abuela inhaló despacio.

—Ayer te agarré porque tuve miedo —dijo con honestidad—. No porque tú seas mala. No porque yo crea que tú quisieras hacer daño. Te agarré porque vi algo que no pude controlar, y lo único que sí podía controlar era que tú no salieras a tocarlo más.

Aysha sintió un nudo en la garganta.

—Yo no quería desobedecerte.

—Lo sé —dijo la abuela, más suave—. Pero también sé que cuando algo te llama la atención, te cuesta quedarte quieta. No lo digo para regañarte. Lo digo porque necesito que entiendas que, desde ahora, tu curiosidad puede ponerte en riesgo.

Aysha apretó la taza.

—¿Riesgo de qué? Si tú misma dijiste que no sabes qué es.

La abuela la miró con una paciencia cansada.

—Riesgo de que la gente invente —respondió—. Y cuando la gente inventa sobre lo que no entiende, lo vuelve peligroso.

Aysha frunció el ceño.

—Pero nadie sabe. Nadie lo vio.

—Aysha… —la abuela inclinó la cabeza—. Escúchame. A veces basta con que una persona te mire diferente para que otras empiecen a mirar igual. No porque lo sepan, sino porque sienten que hay algo.

Aysha bajó la mirada.

—¿Crees que alguien se daría cuenta?

La abuela no contestó de inmediato.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 10.04.2026

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