Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 2 – La elegida invisible

La casa olía a hierbas hervidas, paños mojados y cansancio.

Antes ese olor me habría calmado. Era el olor de mi abuela cuando alguien se enfermaba, cuando preparaba remedios para la fiebre o cuando curaba una rodilla raspada después de una caída.

Esa mañana no me calmó.

Me recordó que algo había cambiado.

La fiebre ya había bajado, pero el frío seguía dentro de mí. Lo sentía en los dedos, en la garganta y en el pecho. No me dolía, pero estaba ahí, constante, como una molestia que no me dejaba pensar tranquila.

Me senté en la cama para mirarme las manos. Las abrí y las cerré; no tenían ninguna marca.

Tampoco heridas, quemaduras o algo que explicara lo que pasó con la bruma, la luna roja y esa voz que dijo mi nombre

Tampoco heridas, quemaduras o algo que explicara lo que pasó con la bruma, la luna roja y esa voz que dijo mi nombre.

Eso me puso peor.

—¿Aysha? —llamó mi abuela desde el pasillo.

Su voz sonó baja, pero la conocía bien. No estaba tranquila.

—Estoy despierta —respondí.

Me salió una voz ronca. No recordaba haber gritado tanto durante la noche, pero mi garganta se sentía dañada.

La puerta se abrió despacio. Mi abuela entró con una taza entre las manos. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y unas ojeras enormes. No intentó sonreír para fingir que todo estaba bien.

Eso me dolió.

Si ella no fingía, era porque estaba de verdad preocupada.

—Toma —dijo, acercándome la taza—. Bebe despacio.

Agarré el recipiente con las dos manos. Estaba caliente, pero mis dedos seguían fríos.

—No tengo sed.

—No te lo estoy preguntando, niña.

La miré.

Mi abuela se sentó al borde de la cama y me sostuvo la mirada con firmeza.

—No has comido nada desde ayer —añadió—. Y tu cuerpo necesita algo. Bebe un poco.

Obedecí porque no tenía fuerzas para discutir. El primer sorbo sabía horrible; amargo, fuerte y demasiado espeso.

Arrugué la nariz.

—Siempre haces los remedios más feos.

Mi abuela soltó una risa corta. No fue una risa feliz, pero al menos fue real.

—Los remedios ricos casi nunca sirven.

—Eso lo inventaste tú.

—Y me ha funcionado.

Quise reírme, pero algo se me quedó apretado en la garganta. Bajé la taza y volví a mirarme los dedos.

—Abuela...

—Dime.

Me costó hablar. Mientras esas cosas se quedaban en mi cabeza, podía fingir que no eran graves, pero decirlas en voz alta las hacía reales.

—Siento que algo se quedó en mí.

Ella no se movió.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé. La bruma me tocó la mano y después sentí que algo subía por mi brazo. Me llegó hasta aquí.

Me toqué el pecho.

—Luego vi la luna roja. No fue un sueño, la vi muy clara. También escuché mi nombre.

Mi abuela apretó los labios, pero no me interrumpió.

—¿La sigues viendo? —preguntó.

Negué despacio.

—No igual, pero cuando cierro los ojos me acuerdo del color y me vuelve el escalofrío.

Ella me tomó la mano derecha con mucho cuidado. Me revisó los dedos, la palma y la muñeca.

—¿Te duele?

—No. Por eso me asusta más. Si doliera, al menos sabría dónde está el problema, pero solo se siente rara, fría y muy sensible.

—Hoy no vas a intentar nada.

—Ni siquiera sé qué podría intentar.

—Es lo mejor.

La miré. La pregunta me daba miedo, pero necesitaba hacerla.

—¿Crees que hice algo malo?

Mi abuela frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso?

—Porque ayer me jalaste el brazo y gritaste mi nombre. Me miraste como si hubiera estado a punto de hacer algo terrible.

Su expresión cambió; ya no se veía dura, sino cansada.

—Te agarré porque tuve miedo —dijo—. No porque piense que hiciste algo malo.

—Yo quería obedecerte.

—Lo sé.

—La bruma entró por la rendija. Yo ni siquiera salí.

—Lo sé, Aysha.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 17.07.2026

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