El año no comenzó con ruido ni terminó con un desastre visible. No hubo incendios ni persecuciones, ni una voz que se levantara para acusar a Aysha en plena plaza. Aun así, fue un año más largo de lo que cualquier calendario podía medir, porque no estuvo hecho de días normales, sino de días vigilados. Días en los que ella sentía que cada paso debía justificarse, aunque nadie pidiera explicaciones.
Aysha aprendió a vivir midiendo cada gesto. Aprendió a observar antes de hablar, a cerrar la boca cuando el impulso de defenderse la empujaba a contestar de más. Aprendió que el miedo no siempre grita; a veces se limita a mirar, y esa mirada, sostenida, pesa más que cualquier insulto.
Su don seguía siendo claro y limitado: podía preservar flores en el instante exacto en que empezaban a marchitarse. No las hacía florecer con más fuerza. No las rejuvenecía. No las convertía en algo imposible. Solo sostenía la caída en el punto más frágil, como si detuviera un suspiro antes de volverse final.
Y cada vez que lo hacía, algo dentro de ella se vaciaba un poco.
No era dolor físico, no era una punzada que pudiera describir como enfermedad. Era una sensación leve, un segundo de falta de aire, un hueco que aparecía en el pecho como advertencia. A veces le temblaban las manos después. A veces la vista se le nublaba si se empeñaba en sostener demasiado.
La abuela observaba cada intento, cada respiración agitada, cada vez que Aysha apretaba los dientes para no mostrar debilidad.
—No lo uses fuera de casa —repetía con una firmeza que no admitía discusión—. No porque esté mal. Porque no todo lo correcto es seguro.
—Pero no estoy haciendo daño —respondía Aysha con frustración abierta, incapaz de resignarse—. Solo estoy cuidando algo.
—Ayudar no siempre basta para que te acepten —replicaba la abuela—. A veces ayudar despierta preguntas. Y las preguntas, en un lugar pequeño, se convierten en historias. Las historias se convierten en juicios. Y los juicios se convierten en decisiones sobre tu vida, Aysha. No quiero que otros decidan por ti.
Aysha apretaba los labios, sintiendo que esas historias ya existían, aunque nadie las dijera en voz alta. Las sentía en la forma en que se detenían ciertas conversaciones cuando ella pasaba, en la forma en que algunas personas fingían no verla, y en la forma en que otras la miraban demasiado, como si esperaran que ella cometiera un error.
Al principio, Aysha creyó que si se portaba normal, el pueblo se cansaría. Que si no daba motivos, la curiosidad se apagaría sola. Pero pronto entendió que la curiosidad, cuando no tiene respuesta, no se apaga: se alimenta de suposiciones.
Hubo semanas en las que no bajaron al pueblo. La abuela inventaba excusas para no salir. Otras veces, Aysha insistía en quedarse.
—No quiero que me miren —decía, y no sonaba como capricho. Sonaba como miedo.
—Ya te miran aunque no salgas —respondía la abuela—. La diferencia es que escondida pierdes el control. Y si algo he aprendido en esta vida, es que cuando pierdes el control, lo recuperas pagando caro.
Una mañana, la harina se terminó y la abuela insistió en que debían ir al mercado. Aysha se quedó de pie junto a la puerta, inmóvil, como si el simple hecho de cruzar el umbral fuera una batalla.
—Van a hablar —murmuró mientras se colocaba el chal—. Lo noto. Cambian el tono. Cambian la cara.
La abuela ajustó la cesta con calma.
—Que hablen —respondió—. Si hablan, es porque tienen boca. Lo que no quiero es que hablen y tú te rompas tratando de convencerlos de lo contrario.
—No sé ser así —admitió Aysha.
—Entonces aprende —dijo la abuela, mirándola fijo—.
Caminaron juntas. El mercado estaba lleno, pero el aire parecía distinto. No era hostilidad, no todavía. Era esa incomodidad que aparece cuando alguien cree que tiene derecho a saber algo de ti.
—Buenos días, señora —saludó un hombre mayor con una sonrisa demasiado medida.
—Buenos días —contestó la abuela.
El hombre inclinó la cabeza hacia Aysha.
—¿Ya se recuperó la muchacha de aquella fiebre extraña?
Aysha sintió un escalofrío. No por la pregunta en sí, sino por el “aquella”, como si se tratara de un episodio que ahora pertenecía al pueblo entero.
—Estoy bien —respondió ella antes de que la abuela hablara, cuidando que la voz no le temblara.
—Me alegra oírlo —dijo el hombre—. Fue una noche rara. Ese cometa y esa bruma, que extraño fue.
Aysha sintió que el estómago se le apretaba. La abuela no se movió.
—Las noches a veces son raras—respondió la abuela—. No hay que inventar más de lo que fue.
El hombre asintió, pero la mirada se le deslizó hacia las manos de Aysha, como si buscara una marca invisible. Aysha cerró los dedos alrededor de la cesta para no quedarse con las manos expuestas.
Más adelante, una mujer comentó en voz baja, creyendo que Aysha no la oía:
—Dicen que en esa casa las flores duran demasiado.
—Siempre fue buena con plantas —respondió otra, pero su tono no era completamente inocente.