Pasó casi un año desde la noche de la bruma.
Por fuera, la vida siguió igual. La casa seguía en pie, el valle seguía lleno de caminos de tierra y el mercado abría los mismos días. La gente compraba pan, discutía por los precios y fingía que todo estaba en orden.
Pero yo sabía que no era así.
Desde aquella noche, las personas me miraban distinto; algunas con curiosidad y otras con miedo. Las peores eran las que sonreían como si nada, pero bajaban la voz cuando yo pasaba cerca.
Aprendí a caminar sin llamar la atención y a no contestar cuando escuchaba mi nombre en un susurro. También a no tocar una planta delante de nadie, aunque estuviera a punto de secarse.
Eso me cansaba.
Me hacía sentir encerrada en mi propia casa.
Mi don tampoco era algo enorme; no levantaba árboles del suelo, ni curaba enfermedades o devolvía la vida. Solo podía hacer que algunas flores aguantaran un poco más antes de marchitarse.
Y aun así me dejaba sin fuerzas.
Cada vez que lo hacía, me faltaba el aire. Las manos se me ponían frías, los dedos me temblaban y tenía que sentarme para que no me diera un mareo. Al principio trataba de ocultarlo, pero mi abuela siempre se daba cuenta.
—Otra vez lo hiciste —me dijo una mañana, cuando me encontró apoyada contra la pared del patio.
Yo respiraba mal y tenía una flor blanca entre los dedos. Antes estaba caída, pero ahora se mantenía firme, aunque no se veía completamente sana.
—Solo era una —respondí.
—Una basta para dejarte así.
—Estoy bien.
—No, no estás bien. Estás cansada y no quieres admitirlo.
Aparté la mirada. Odiaba que tuviera razón.
—Solo quería ayudarla.
—Lo sé, Aysha, pero tienes que entender algo. Que puedas hacerlo no significa que debas hacerlo cada vez que te dé pena una flor.
—¿Entonces para qué tengo esto?
Mi abuela suspiró y se acercó despacio y me quitó la flor de la mano con cuidado.
—Todavía no lo sabemos, por eso tienes que tener más cuidado.
—Siempre dices eso.
—Y lo voy a seguir diciendo mientras vea que te dejas sin fuerzas por una planta.
Me molestó su tono, pero no discutí; estaba demasiado cansada para pelear.
El problema no era solo mi don. El pueblo ya hablaba demasiado, pero no lo hacían delante de mí; eso habría sido más fácil. Murmuraban al pasar cerca de nuestra cerca, en el mercado, en la iglesia y en los caminos. Decían que yo era la muchacha de la fiebre, la chica de las flores, la que había sido tocada por la bruma.
Algunas mujeres se persignaban cuando me veían, algunos hombres me miraban las manos y los niños me señalaban hasta que sus madres les bajaban el brazo. Yo quería decirles que se callaran. Quería explicarles que tampoco entendía nada, que no era peligrosa y que seguía siendo la misma Aysha de siempre.
Mi abuela nunca me dejaba hacerlo.
—No pierdas fuerza intentando convencer a gente que ya decidió tener miedo —me decía.
—Entonces, ¿qué hago? ¿Me escondo?
—No. Sales cuando tengas que salir y hablas cuando sea necesario. Si hablar solo empeora las cosas, guardas silencio.
Me parecía injusto, pero también sensato. Esa era la parte que más rabia me daba.
Durante semanas evitamos ir al mercado. Mi abuela decía que todavía quedaba harina, que podíamos estirar las raciones o que no hacía falta que nos vieran tanto. Pero una mañana abrió el saco y solo encontró polvo en el fondo.
Se quedó mirando el saco vacío durante un rato.
—Tenemos que ir —dijo al fin.
—¿Ahora?
—Así es.
Dejé la manga que estaba remendando sobre la mesa.
—Van a hablar de nosotras.
—Ya lo hacen.
—No me ayudas.
—No intento ayudarte con mentiras. Ponte el chal.
Caminamos juntas hasta el mercado. Yo quería llevar la cabeza baja, pero mi abuela me corrigió antes de llegar al camino principal.
—Mira al frente.
—No quiero mirar a nadie.
—Si bajas la cabeza, van a pensar que tienes algo que esconder.
—¿Y no lo tengo?
Mi abuela me miró de reojo.
—Tienes algo que cuidar. No es lo mismo.
No respondí. Caminé con ella hasta el centro del pueblo.
Había gente moviéndose de un lado a otro, como cualquier otro día. Pero el ambiente cambió cuando nos vieron.