La lluvia había llegado con un sonido apagado, casi tímido, como si el cielo decidiera llorar sin que nadie lo notara. Aysha estaba sentada en el borde de la cama de la posada, mirando por la ventana mientras el agua corría por los tejados inclinados y caía en hilos finos hacia la calle empedrada. Las gotas golpeaban la madera con una cadencia irregular, arrastrando hojas hacia las alcantarillas. La ciudad donde ahora se refugiaba era más grande que las anteriores, más fría, más gris; como si tuviera la costumbre de tragar colores en lugar de producirlos.
A lo lejos, la estación marcaba el ritmo del lugar. No era una estación brillante ni elegante: era un conjunto de estructuras oscuras, de hierro humedecido, con faroles amarillentos que parecían luchar contra la niebla. El silbido de un tren lejano —o de una máquina de vapor, o de alguna cosa que ella no entendía del todo— llegaba a ratos, como un lamento metálico que atravesaba la lluvia.
Aysha apoyó la frente en el vidrio helado.
—No les di motivos para hablar —susurró, más para convencerse que porque esperara respuesta—. No esta vez.
La frase le sonó inútil en cuanto la dijo. Porque sabía, con la misma certeza con la que sabía cuidar una flor hasta el límite, que los rumores no necesitaban motivos. Bastaba que alguien la viera dos veces con el mismo rostro, el mismo cuerpo, la misma juventud inalterada, para que la imaginación de otros hiciera el resto.
Habían pasado varios años desde su partida de su casa pero ella permanecía igual, no habia cambiado en nada y eso la asustaba.
Apretó el chal contra los hombros. Desde que su abuela murió, se había prometido seguir las reglas sin discutirlas. Y aun así, había noches como esta en las que el mundo le recordaba que obedecer no garantizaba nada.
Recordó lo que escuchó esa misma mañana en la panadería.
—Dicen que esa muchacha nunca cambia —había dicho una anciana, mirando de reojo mientras fingía escoger pan.
—Y que sus flores no se marchitan ni en invierno —añadió un vendedor de especias, acomodando bolsas en la repisa como si el sonido de los granos fuera más importante que su propia curiosidad.
No mencionaron su nombre. Nadie podía hacerlo, porque Aysha ya no usaba el verdadero. Aquí, para todos, era “Ari”, o “Ayla”, o cualquier nombre corto que cambiaba según la ciudad. Sin embargo, las palabras fueron suficientes para tensarle la espalda.
—Siempre lo mismo —murmuró—. Siempre las mismas frases, solo cambian las caras.
Metió la mano bajo el abrigo y tocó el lomo de su cuaderno negro, como si ese objeto fuera una puerta de escape. El cuaderno era su manera de no enloquecer: anotaba todo lo que sentía, lo que había aprendido, lo que no podía decir.
Se levantó. El cuarto era pequeño, húmedo, con paredes tan delgadas que a veces podía escuchar el suspiro de la habitación contigua.
—Si me quedo aquí mirando la lluvia, me voy a romper —se dijo.
Se calzó las botas, se subió la capucha y salió.
El pasillo olía a madera vieja y a comida. Bajó las escaleras con cuidado. En la planta baja, la posada estaba medio dormida: un par de viajeros terminaban de beber, una pareja discutía en voz baja sin atreverse a gritar. En la cocina, el guiso burbujeaba.
La mujer mayor que trabajaba allí, de manos fuertes y mirada directa, la vio entrar.
—Otra vez estás despierta temprano —dijo sin reproche, como quien ya conocía esa inquietud.
Aysha se acercó para ayudar, como lo hacía casi todos los días.
—La lluvia no me dejó dormir —respondió con una sonrisa tenue—. Y los pasos en el pasillo tampoco.
La mujer soltó una risa ronca.
—Eso fue el carpintero. Ayer bebió de más y no encontraba su puerta. Juraba que alguien se la había movido.
Aysha sonrió apenas.
—¿Está bien ahora?
—Bien no está —dijo la mujer, negando con la cabeza mientras removía el guiso—. Pero así es él. La vida le quitó mucho. Habla de su hijo perdido como si aún pudiera aparecer cualquier día con barro en las botas.
Aysha bajó la mirada y tomó un cuchillo para cortar verduras. La hoja brilló un instante bajo la luz de la cocina.
—Entiendo ese sentimiento —susurró.
La mujer la observó con atención, como si eligiera con cuidado cada palabra.
—Tú también perdiste a alguien.
Aysha asintió, despacio.
—A mi abuela. Y a veces siento que… —tragó saliva, buscando aire— …que se me quedó un vacío en el pecho que nunca va a llenarse. Me despierto y por un segundo olvido que ya no está. Y cuando lo recuerdo, me da rabia. No con ella. Con el mundo. Con todo.
La mujer no respondió de inmediato. Sirvió un plato, lo colocó frente a Aysha y se apoyó en la mesa.
—Los huecos no se llenan —dijo al fin, con una voz que intentaba sonar dura para que no se quebrara—. Aprendemos a caminar con ellos. Y no te voy a mentir: hay días en los que uno camina arrastrando el vacío como si fuera una piedra atada al tobillo.
Aysha sintió que la garganta se le cerraba.