Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 5 – El eco de la raíz

La ciudad nueva no se parecía a las otras.

No tenía tanto humo, ni calles negras por el carbón, ni ese ruido constante de máquinas que me dejaba la cabeza pesada.

Cuando bajé del carruaje, me quedé unos segundos quieta con la maleta en una mano y el chal de mi abuela contra el pecho.

Estaba cansada de huir.

También estaba cansada de decirme que esta vez sería diferente.

—Solo unas semanas —murmuré—. Trabajo, junto dinero y me voy antes de que empiecen las preguntas.

Ya conocía ese proceso demasiado bien. Primero era la muchacha nueva, después la muchacha callada y luego la que sabía demasiado sobre plantas, hasta que al final alguien siempre terminaba diciendo algo en voz baja: rara, bruja, peligrosa.

En cierto modo me obligué a no fijarme, pero era innegable que cada vez que escuchaba esas palabras, quería desaparecer.

Caminé hasta el vivero ese mismo día. Estaba a la salida del camino principal, detrás de una cerca baja y un letrero de madera mal pintado. El invernadero era viejo, pero estaba bien cuidado. Había macetas en filas, bandejas con semillas, herramientas colgadas en la pared y sacos de tierra cerca de una mesa larga.

Apenas entré, las manos me empezaron a cosquillear.

Me detuve.

No era un cosquilleo suave, sino que era fuerte, tanto que me subió por los dedos y me llegó hasta la muñeca.

Cerré las manos de inmediato.

—Ahora no —susurré.

—¿Vienes a comprar o a pedir trabajo?

Levanté la mirada.

Un hombre salió por una puerta lateral. Era grande, de hombros anchos, con la camisa manchada de tierra y las manos llenas de cortes pequeños. Tenía una cara seria, pero no mala. Más bien parecía alguien que ya había perdido la paciencia con demasiada gente.

—Busco trabajo —respondí.

Me miró de arriba abajo.

—Aquí todos dicen saber de plantas, después matan una maceta el primer día.

—Eso sería grave.

No quise sonar segura. Me salió así.

El hombre alzó una ceja.

—¿Qué sabes hacer?

Respiré despacio.

—Sé cambiar la tierra sin romper las raíces, revisar los hongos, quitar las plagas pequeñas, podar las hojas secas y separar los tallos dañados. Sé regar sin ahogar, y también sé cuándo una planta ya no se puede salvar.

El hombre dejó de verme como a una desconocida cualquiera.

—Eso último casi nadie lo dice.

—Porque a nadie le gusta aceptarlo.

Se quedó callado un momento. Luego tomó una maceta de una mesa y la puso frente a mí.

—Dime qué tiene esta.

No la toqué, solo me acerqué un poco y miré la base del tallo, las hojas bajas y la tierra.

—La regaron demasiado —dije—. La parte de arriba se ve seca pero abajo está empapada. La raíz todavía puede aguantar, así que hay que cambiar parte de la tierra, dejarla respirar y no moverla tanto.

El hombre me observó con más atención.

—¿Quién te enseñó?

Me apreté el chal.

—Mi abuela.

Decirlo todavía dolía.

Él no preguntó más, por suerte.

—Empiezas mañana —dijo—. Paga justa, nada especial.

—De acuerdo.

—No llegues tarde.

—No se preocupe, gracias.

Salí del vivero con trabajo y con miedo.

No debería haber sentido miedo por un empleo tan simple, pero las manos todavía me temblaban. Ese lugar estaba lleno de vida: demasiadas plantas juntas, raíces por todos lados y mucha tierra húmeda.

Mi poder reaccionaba allí más de lo normal y eso podía traer problemas.

A la mañana siguiente llegué temprano.

El vivero estaba tibio por dentro. Había vapor pegado a algunos vidrios y gotas de agua resbalando por los marcos. El dueño ya estaba trabajando. También había dos empleados más.

Una muchacha joven movía macetas mientras tarareaba. Tenía el cabello recogido con un pañuelo y sonreía con facilidad.

El otro era un hombre delgado, con botas llenas de barro y cara de no haber querido levantarse.

La muchacha me saludó primero.

—Tú eres la nueva.

—Sí, lo soy.

—¿Cómo te llamas?

Dudé apenas un segundo y lo noté.

Ella también pudo haberlo notado.

—Ari —respondí.

—Ari —repitió—. Yo soy Mina y él es Tomás. No le hagas caso si se queja de todo.

Tomás levantó una mano sin ganas.

—Oye que hablas, no me quejo de todo. Solo del lodo, del frío, de las macetas pesadas y de levantarme temprano.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 17.07.2026

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