La nueva ciudad no se parecía a las anteriores.
No era gris ni ruidosa. Tampoco tenía ese aire de sospecha inmediata que Aysha había aprendido a detectar apenas cruzaba una plaza. Esta era húmeda, fértil, casi viva. Las colinas suaves rodeaban las casas como si las protegieran, y los árboles tenían hojas amplias que crujían con un peso distinto al del viento común.
Cuando descendió del carruaje, el aire le golpeó la cara con un olor a tierra mojada profunda, no a simple lluvia pasajera. Era un olor espeso, cargado, como si el suelo respirara de verdad. Aysha se quedó un segundo quieta con la maleta en la mano, escuchando el murmullo de la ciudad: puertas abriéndose, un perro ladrando a lo lejos, el ruido de un carro pasando por piedras húmedas.
—Solo unas semanas —murmuró, ajustándose el chal—. Trabajo, descanso… y me voy antes de que empiecen las preguntas.
Repitió la regla como una oración.
No porque creyera en los milagros, sino porque había aprendido que la mente necesita agarrarse a algo cuando todo lo demás se vuelve frágil.
Esa misma tarde encontró el vivero.
No fue casualidad. Aysha había aprendido a buscar lugares donde su presencia tuviera sentido: donde trabajar con plantas fuera normal, donde sus manos no llamaran tanto la atención. El vivero estaba a un costado del camino principal, con un cartel de madera gastada y letras torcidas. Al entrar, el calor húmedo del invernadero la envolvió como un abrazo pesado.
Las plantas crecían con vigor exagerado, desbordando macetas. Había enredaderas que parecían buscar el techo. Había flores grandes, pesadas, con pétalos que se abrían como si cada día fuera primavera.
Aysha sintió el cosquilleo en las palmas antes incluso de tocar nada.
No era el cosquilleo suave y familiar.
Era profundo.
Como un latido debajo de la piel.
El dueño apareció desde una puerta lateral. Era un hombre de unos cincuenta años, manos gruesas, piel curtida, ojos cansados y voz directa. No tenía paciencia para saludos largos.
—¿Buscas comprar o trabajar? —preguntó.
—Trabajar —respondió Aysha sin vacilar.
Él la miró de arriba abajo.
—Aquí la gente viene y se va. Muchos dicen que saben… y luego se les mueren las plantas en una semana. ¿Sabes trabajar la tierra?
Aysha sostuvo su mirada con calma.
—Sé reconocer cuándo una raíz respira bien y cuándo está ahogándose. Sé medir el riego, evitar hongos, cortar lo que está enfermo antes de que contagie. Sé escuchar una planta cuando se está rindiendo.
El hombre entrecerró los ojos, como si esa última frase le hubiera tocado una memoria.
—Aquí la tierra es generosa, pero exige respeto —dijo—. Si la fuerzas, te lo devuelve.
Aysha notó el peso de esas palabras. No sonaban a metáfora bonita; sonaban a advertencia real.
—No tengo intención de forzar nada —respondió.
El dueño asintió.
—Empiezas mañana. Pago justo. Nada extraordinario.
—No busco nada extraordinario —dijo ella, y lo dijo en serio.
El primer día fue, al inicio, lo que esperaba.
Organizar macetas. Remover tierra. Cortar hojas dañadas. Limpiar bandejas con agua acumulada. Había otros dos trabajadores: una chica joven que canturreaba bajito cuando nadie la miraba, y un hombre flaco que se quejaba del barro con la misma constancia con la que respiraba.
—Tú eres nueva, ¿no? —le preguntó la chica mientras acomodaban sacos.
—Sí —respondió Aysha.
—¿Cómo te llamas?
Aysha dudó solo lo necesario.
—Ari.
—Ari… —repitió la chica, sonriendo—. Bonito. ¿De dónde vienes?
Aysha bajó la mirada, concentrándose en el nudo del saco.
—De lejos.
La chica rió.
—Todos venimos de lejos cuando no queremos responder.
Aysha la miró, sorprendida.
—No… no es por mala educación.
—Tranquila —dijo la chica, alzando las manos—. Aquí nadie te va a hacer preguntas que no quieras responder. Solo… no te acostumbres a creer siempre que nadie preguntará.
Aysha sintió una punzada incómoda, pero siguió trabajando.
Al tocar las plantas, la sensación se intensificó.
Era como si cada tallo, cada hoja, cada raíz quisiera agarrarse a sus manos. Como si la tierra supiera que ella podía sostener algo y se lo ofreciera todo de golpe.
Se detuvo un instante, respirando con cuidado.
—No… no tan fuerte —susurró.
El dueño la observó desde el otro extremo del invernadero, con una atención que Aysha no podía ignorar.
—¿Te incomoda algo? —preguntó, sin levantar la voz.
Aysha negó rápido.