Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 6 – Los murmullos del hierro

Habían pasado veinte años desde la bruma.

En aquella mañana, el aire cambió y mi cuerpo empezó a funcionar de forma extraña. Las flores vivían más tiempo si yo las cuidaba o si estaba cerca de ellas. Pero lo que más miedo me daba era mi cara: seguía exactamente igual. Mis vecinos envejecían, se casaban, tenían hijos y morían, pero yo no cambiaba.

Al principio pensé que era buena suerte, pero después de unos años entendí la realidad. Yo no envejecía, y eso no era algo bueno, sino un problema grave.

Si pasaba mucho tiempo en un mismo pueblo, la gente empezaba a sospechar. Por eso, en cuanto notaba miradas extrañas, armaba mi maleta y me mudaba a otra ciudad para empezar de cero. A veces usaba mi nombre real, otras veces decía que me llamaba Ash, y en algunos lugares ni siquiera decía cómo me llamaba. Aprendí a hablar poco, a vigilar siempre las salidas de los lugares y a guardar dinero para poder escapar rápido.

Así vivía.

No me gustaba vivir así, pero era mejor que terminar encerrada en un laboratorio por culpa de un secreto que ni yo misma podía explicar.

Me bajé del tren en una estación llena de humo, ruido y gente. Había soldados, obreros y vendedores empujándose para poder pasar. Además, desde el andén se escuchaban con fuerza los golpes de los martillos de un taller cercano.

Apreté el asa de mi bolso y respiré despacio.

—Tranquila —me dije en voz baja—. Solo es otra ciudad.

No sonó convincente ni para mí.

Desde hacía una semana sentía que alguien me seguía. A veces veía a un hombre con capucha al fondo de la calle. Otras veces su reflejo aparecía en una ventana y se borraba cuando yo volteaba. Él nunca se acercaba demasiado ni me atacaba. Sin embargo, esa distancia no me daba paz. Al contrario, me ponía cada vez más nerviosa.

La gente que espera tanto suele tener un motivo.

Me acomodé la capucha y salí de la estación. Evité correr para no llamar la atención de la gente. Caminé al mismo ritmo que cualquier viajera cansada, pero por dentro iba calculando cada esquina del camino.

A tres cuadras encontré una posada vieja. Las paredes estaban manchadas por la humedad y el letrero de la entrada apenas se sostenía. No era cómoda, pero servía para esconderse unos días.

El dueño del lugar era un anciano de cejas gruesas. Él me observó de arriba abajo, pero no fue grosero.

—Tengo un cuarto pequeño en el segundo piso —dijo—. El pago es por adelantado y no pido nombres reales mientras no busques problemas.

—Puedo pagar —respondí.

—Bien, entonces puedes quedarte. Toma.

Me entregó una llave vieja. Antes de subir, añadió:

—Te ves cansada.

—Lo estoy.

—Aquí la gente llega cansada siempre —añadió—. Descansa todo lo que puedas.

Asentí y subí las escaleras.

El cuarto era pequeño y tenía una cama dura, una mesa, una jarra con agua y una ventana. Desde allí se veía una pared vecina donde crecían helechos entre las grietas. Me acerqué por costumbre y toqué una hoja con la punta de los dedos.

Me acerqué por costumbre y toqué una hoja con la punta de los dedos

La planta reaccionó de inmediato. No se movió de forma exagerada, pero se puso más firme y más viva. Quité la mano enseguida.

—No hagas eso —me dije—. No aquí.

Cerré la ventana.

Esa noche cené abajo, en la sala común de la posada. Había comerciantes, obreros, dos soldados retirados y una mujer con un niño dormido en las piernas. Yo comía despacio y me dedicaba a escuchar más de lo que hablaba.

Un marinero de barba gris hablaba con varios hombres junto al fuego.

—Las cosas están mal en el sur —decía uno de los hombres—. Hay barcos que se hunden aunque no haya tormenta. También se ven luces extrañas en el agua. No pienso volver por esa ruta a menos que me paguen el doble.

—Todo está mal —respondió una mujer de cabello corto—. Aquí también pasan cosas extrañas. En los talleres de la zona, el metal vibra a veces sin que nadie lo toque.

Alcé la mirada sin querer.

—¿Vibra? —pregunté.

La mujer me observó con curiosidad.

—Sí, a veces las herramientas vibran sobre las mesas —agregó otro—. Los herreros dicen que es por culpa de las máquinas o por las vías del tren, pero yo no sé. Solo tengo claro que antes esto no pasaba tan seguido.

—Entiendo —dije, intentando parecer tranquila.

Pero en realidad no entendía nada.

Sentí un cosquilleo en la palma, parecido al que sentía con las plantas, pero más seco. Cerré la mano debajo de la mesa para que nadie lo notara.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 17.07.2026

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