Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 6 – Los murmullos del hierro

Habían pasado veinte años desde la bruma.

Veinte años desde aquella mañana en la que el aire cambió sin previo aviso y algo invisible se instaló en su interior. Veinte años desde que comenzó a notar que las flores no se marchitaban bajo sus manos… y que su propio reflejo tampoco cambiaba, como si alguien hubiera detenido un reloj en el borde exacto de su piel.

El tiempo había seguido avanzando para todos. Para su abuela. Para las personas que conoció en cada ciudad. Para los niños que vio crecer y para los ancianos que vio apagarse.

Pero no para ella.

Aysha había contado las estaciones primero con incredulidad, luego con inquietud y finalmente con una certeza fría que no podía compartir con nadie. Sus rasgos seguían intactos. Su piel no mostraba el desgaste natural de los años. Ni una línea nueva, ni una transformación visible. Solo la misma versión de sí misma que llevaba arrastrando dos décadas.

Al inicio pensó que era sugestión. Después creyó que quizás imaginaba el contraste. Más tarde dejó de engañarse.

La bruma no solo le había dado un don. Había detenido algo más profundo.

No era que pudiera “detener el tiempo” a voluntad; no era un truco, ni un acto consciente. Era peor que eso, porque no lo controlaba. La vida continuaba alrededor y ella quedaba inmóvil, como una piedra en medio del río.

Y por eso había aprendido a irse.

En veinte años cambió de ciudad tantas veces que dejó de contarlas. Cambió de nombre cuando fue necesario. Cambió de trabajo antes de que comenzaran las preguntas incómodas. Nunca permanecía lo suficiente como para que alguien notara que ella no envejecía.

Vivir se había convertido en una logística silenciosa.

La primera bocanada de aire al bajar del tren no fue aire: fue hierro. Un olor metálico, húmedo, casi áspero, se le pegó a la lengua como una moneda vieja. Aysha parpadeó varias veces, como si eso pudiera disipar la sensación. No funcionó. El vapor escapando de los rieles trazaba nubes bajas que parecían reptar entre los andenes, y cada paso que daba la acercaba más a un ambiente que no entendía pero que la recibía como si la hubiera estado esperando.

El sonido de botas golpeando el suelo resonaba por todas partes. Soldados, comerciantes, viajeros exhaustos, todos avanzaban con un ritmo marcado que hacía temblar el andén. La estación parecía un organismo vivo: respiraba en pulsos de acero, gruñía con las máquinas, vibraba con el peso de las multitudes.

Aysha se detuvo un segundo, sosteniendo su bolso con ambas manos. Sentía un cosquilleo tenue en la palma, uno distinto a los que sentía cuando tocaba plantas.

—No es para ti este lugar —murmuró para sí, intentando calmar su corazón agitado—. Pero igual estás aquí.

Había pasado una semana entera sintiendo que alguien la seguía. No de forma directa, sino como una sombra disciplinada: siempre un reflejo, un cruce de pasillo, una figura inmóvil al final de una calle. Nunca un ataque. Nunca una confrontación. Solo una presencia. Y aunque decía que no tenía miedo, la verdad era que sí lo tenía, pero lo disimulaba como si fuera rutina.

Ajustó la capucha y caminó hacia la salida de la estación.

El hierro seguía pesándole en la lengua.

A tres cuadras encontró una posada pequeña, de esas que parecían haberse construido antes que la ciudad misma. Mosaicos desgastados en la entrada, puertas que crujían al abrirse y paredes que parecían respirar humedad. El dueño, un hombre mayor de cejas gruesas, la recibió con una sonrisa sincera.

—Habitación pequeña, segundo piso —le dijo—. No pido nombres verdaderos. Solo pago puntual y respeto.

Aysha asintió.

—Eso puedo cumplirlo.

El hombre la miró unos segundos más.

—Vienes con cansancio —comentó, sin tono de juicio—. Aquí descansarás bien.

—Ojalá —respondió ella con una suavidad que la sorprendió a sí misma.

La habitación era pequeña pero cálida. Desde la ventana se veían helechos creciendo en grietas entre las paredes vecinas. Aysha extendió la mano y rozó una hoja con la punta de los dedos. El cosquilleo volvió, suave, como un saludo antiguo.

—A pesar de las dificultades… no te rindes —susurró a la planta, cerrando la ventana para evitar llamar atención.

Esa noche cenó con los demás viajeros. Una mezcla curiosa de comerciantes cansados, soldados retirados con cicatrices profundas, y madres que atravesaban rutas largas con sus hijos dormidos en brazos. Cada persona llevaba consigo un peso invisible, y Aysha escuchaba con una atención casi devocional.

Uno de los hombres—un marino con barba gris—hablaba sobre rutas marítimas.

—El sur está inquieto —decía—. He visto barcos hundidos sin tormenta, he visto luces sobre el agua. Algo grande se está moviendo.

Una mujer lo interrumpió.

—Todo está inquieto, no solo el sur. Hasta el hierro vibra de forma distinta.

Aysha inclinó un poco la cabeza.

—¿El hierro… vibra? —preguntó con cautela.

La mujer asintió.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 10.04.2026

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