El tren avanzaba con la paciencia de un animal cansado, arrastrando sus vagones sobre los rieles como si cada kilómetro fuera una negociación con la tierra. El metal chirriaba de vez en cuando, un quejido largo que se perdía en el paisaje, y el movimiento constante hacía vibrar los cristales de las ventanas con un zumbido monótono.
Aysha apoyaba la frente en el vidrio frío. Del otro lado, el mundo cambiaba de forma lenta pero decidida. Las fábricas pesadas y las chimeneas ennegrecidas habían quedado atrás horas antes; ahora empezaban a aparecer campos de trigo que se doblaban al paso del viento, aldeas pequeñas con techos de teja y niños que corrían cerca de las vías, levantando la mano para saludar a cualquier sombra que se asomara por las ventanas.
Ella levantó la mano, apenas, en un gesto automático. No sabía si alguien alcanzaba a verla desde fuera, pero el movimiento le servía para recordarse a sí misma que todavía formaba parte de algo vivo, aunque fuera una figura anónima dentro de un vagón lleno de desconocidos.
Metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo. Los dedos rozaron el sobre que el encapuchado le había entregado la noche anterior. Aún estaba sellado. El papel se sentía más grueso de lo normal, como si contuviera algo más que una simple carta.
—No lo abras hasta cruzar el puente —se repitió en silencio, recordando su voz.
La instrucción era tan clara que casi podía escucharla de nuevo, colándose entre el ruido metálico del tren.
Retiró la mano del bolsillo, resistiendo la tentación de sacar el sobre. No quería verlo; era como mirar directamente a una decisión que todavía no estaba lista para tomar.
—No ahora —murmuró, cerrando los ojos por un momento—. Aún no.
El vagón estaba medio lleno. Frente a ella, una mujer mayor dormitaba con la cabeza ladeada, abrazando un pequeño bolso contra el pecho. Más allá, un comerciante revisaba papeles y cuentas con el ceño fruncido. Un niño señalaba el paisaje y le hacía preguntas interminables a su madre, que respondía con paciencia, aunque se notaba el cansancio en su voz.
Aysha respiró hondo y dejó que el murmullo de los demás la envolviera. Le gustaba escuchar conversaciones ajenas; era una forma de recordar que el mundo seguía moviéndose sin esperarla.
«El sur», pensó, mirando los campos que se sucedían sin pausa. «Siempre el sur.»
No sabía cuántas veces había escuchado esa palabra en los últimos días. En la posada, en la estación, en la boca del marino que hablaba de rutas. En la voz del encapuchado, en los rumores sobre la guerrera. Todo parecía empujarla hacia esa dirección como si el mapa del mundo hubiese decidido que solo existía un eje posible para sus pasos.
—No es un destino —se dijo a sí misma, recordando la sensación que había tenido al salir de la posada—. Es una instrucción.
El pensamiento la incomodó, pero también la sostuvo. Sentir que algo era una instrucción implicaba que había un orden, aunque ella aún no lo entendiera.
El tren empezó a desacelerar. El paisaje se llenó de techos, cercas y postes de luz. Una voz ronca anunció la próxima parada. Aysha se incorporó, sintiendo cómo el cuerpo se quejaba del viaje prolongado.
Decidió bajar un momento cuando el tren se detuviera. No tenía intención de abandonar el trayecto, pero necesitaba un poco de aire primero.
El andén estaba lleno de vida cuando descendió.
Soldados con uniformes desparejados caminaban cargando cajas y mochilas; campesinos con rostros cansados esperaban para subir con sacos de grano; un músico callejero tocaba una melodía dulce con un violín gastado; y el olor a pan recién horneado se mezclaba con el humo de las locomotoras, creando una mezcla extraña pero reconfortante.
Aysha caminó unos pasos, moviendo los hombros para soltar la rigidez. Se acercó a un puesto donde vendían pan caliente y tomó una pieza envuelta en papel.
—Gracias —dijo a la mujer que atendía, dejando unas monedas sobre la mesa.
La vendedora le dedicó una sonrisa amable.
—Buen camino, niña. El sur cansa, pero también enseña.
Aysha parpadeó.
—¿Por qué todos hablan del sur como si fuera una persona? —preguntó, dejando escapar la duda que la rondaba.
La mujer encogió ligeramente los hombros.
—Porque a veces el lugar donde uno llega te habla más que la gente que encuentras. Ya lo verás.
Aysha no supo qué responder. Se alejó con su pan y se sentó en un banco, observando cómo los pasajeros subían y bajaban, cómo el tren parecía respirar en pausas largas.
Cuando rompió el pan por la mitad, algo cayó de su interior y se posó en su regazo.
Era una hoja doblada.
Aysha se congeló unos segundos. Miró alrededor, pero nadie parecía estar prestándole atención. El músico seguía tocando, los soldados seguían cargando cajas, la mujer del pan hablaba con otro cliente.
Con manos cuidadosas, desplegó la hoja.
Había una sola frase escrita con tinta oscura, en una caligrafía firme.
Respira antes de responder. No todos preguntan lo que dicen.