El tren salió de la estación temprano.
Yo iba sentada junto a la ventana, con el bolso sobre las piernas y el sobre escondido dentro del abrigo. Todavía recordaba la voz del encapuchado en la puerta de mi cuarto.
No lo abras antes de cruzar el puente.
Eso me había dicho.
Yo no sabía si confiar en él. Me había seguido durante días, me había dejado notas, sabía más de mí de lo que una persona normal debería saber y aun así no me había atacado. Eso no bastaba para creerle, pero tampoco podía ignorarlo.
El vagón iba a medio llenar. Una anciana dormía abrazada a su bolso, mientras un comerciante revisaba papeles con cara de preocupación. Cerca de ellos, una madre intentaba que su hijo no pusiera los pies sobre el asiento.
Miré por la ventana. Las fábricas quedaron atrás poco a poco. Después aparecieron campos de trigo, casas pequeñas y caminos de tierra. Todo parecía más tranquilo lejos de la ciudad del hierro, pero yo no me sentía tranquila.
Metí la mano en el bolsillo y toqué el sobre.
—Todavía no —murmuré.
El niño que estaba con su madre me miró curioso.
—¿Habló conmigo, señorita?
Sonreí un poco.
—Ah, no —respondió de inmediato—. Solo hablaba sola.
La madre le dio un leve golpe en el hombro.
—No molestes a la gente.
—No hay problema, no me molesta —dije.
El niño se quedó mirando mi bolso.
—¿Va muy lejos?
—Sí, al sur.
—Mi tío dice que allá hace mucho calor.
—Eso espero —comenté con un suspiro—. La verdad es que ya estoy muy cansada del frío.
El niño sonrió y volvió a sentarse de forma correcta. Al verlo, su madre me miró con un gesto de gratitud; fue un detalle pequeño, pero me ayudó a tranquilizarme y a respirar mejor.
Durante un rato intenté pensar en cosas simples: el traqueteo constante del tren, el pan que iba a comprar en la siguiente parada o la luz del sol entrando por la ventana. Sin embargo, el sobre seguía guardado ahí, pesando en mi bolso mucho más de lo normal.
Después de unas horas, el tren redujo la velocidad. Afuera apareció un puente largo de metal que cruzaba un río ancho. El agua se veía oscura por la sombra de las vigas.
Me puse tensa.
—Debe ser aquí —dije en voz baja.
Esperé hasta que el tren entró al puente y el ruido de las ruedas sobre el metal se volvió mucho más fuerte. En ese momento, saqué el sobre de mi bolso, rompí el sello con cuidado y abrí la carta para empezar a leer.
No había firma.
La letra era clara y firme.
"A partir de ahora, usa el nombre Ash si alguien te pregunta quién eres. No digas de dónde vienes ni expliques tus habilidades bajo ninguna circunstancia. Si alguien insiste demasiado, aléjate de inmediato. Viaja directo hacia el sur y evita bajar en los pueblos donde veas demasiados soldados vigilando. Cuando llegues a Rinesa del Sur, busca un huerto ubicado a las afueras; allí podrías encontrar a alguien que entienda mucho mejor lo que te pasa".
Leí la carta dos veces.
No había frases raras ni explicaciones largas. Solo instrucciones directas.
Eso me asustó más.
—Entonces sí sabes lo que me pasa —susurré.
Guardé la carta dentro del cuaderno. Me quedé mirando el río hasta que el tren terminó de cruzar el puente. Sentí ganas de bajar en la siguiente estación y regresar, pero no tenía a dónde volver.
La ciudad del hierro ya no era segura para mí.
La primera parada llegó poco después.
El andén estaba lleno de gente. Había soldados cargando cajas, campesinos con sacos de grano y una mujer vendiendo pan caliente desde una canasta grande. El olor me hizo recordar que no había desayunado bien.
Bajé del tren para estirar las piernas. Me acerqué al puesto y compré un pan.
—Buen viaje, muchacha —dijo la vendedora—. ¿Vas hacia el sur?
Dudé un segundo.
Respira antes de responder, pensé.
—Sí —contesté—. Voy a buscar trabajo.
—Allá siempre hace falta gente que trabaje la tierra —comentó.
—Eso me sirve —le respondí de inmediato.
La mujer me entregó el pan envuelto en un papel.
—Cuídate. Últimamente hacen muchas preguntas en las estaciones.
—¿Quiénes?
La mujer bajó la voz.
—Soldados, hombres de oficina, gente con mucho dinero... No sé con certeza —respondió con preocupación—. El caso es que andan preguntando por viajeros que andan solos.
Sentí un frío en la espalda.
—Gracias por avisarme.
Me alejé del puesto y me senté en un banco. Al abrir el papel del pan, cayó una hoja doblada sobre mis piernas.