El tren avanzaba lento por el camino seco. La vegetación disminuía, el aire se volvía áspero y la luz del sol era blanca y fuerte. Aysha miraba el paisaje desde la ventana con cautela. Sabía que estaba en el sur, aunque nadie le hubiera descrito el lugar con precisión.
El vagón tenía pocos pasajeros. Muchos bajaron antes en pueblos más verdes o ciudades activas. Los que se quedaron guardaban silencio. Aysha también se mantuvo callada por la tranquilidad del ambiente. Cuando el tren frenó, sintió un temblor en el estómago por la anticipación.
El conductor anunció la llegada por el altavoz:
—Estación de Rinesa del Sur. Parada de quince minutos.
Aysha respiró hondo y se levantó. Acomodó su bolso en el hombro, revisó que su cuaderno estuviera en su lugar y caminó hacia la salida.
El andén era pequeño, de madera gastada y metal oxidado. El lugar se veía muy diferente a las estaciones ruidosas del norte. Había pocos aldeanos esperando, algunas mujeres con cántaros y un niño jugando con un perro. Aysha bajó del vagón y sintió el aire seco y el polvo que el viento soplaba contra su piel.
Caminó buscando un banco para sentarse. Los aldeanos la miraban de reojo con curiosidad. Al avanzar, escuchó comentarios sueltos sobre movimientos de tropas, malas cosechas y señales en el cielo. Aysha ignoraba esos temas, pero notaba la tensión de la gente por los conflictos recientes.
De pronto, sintió un pulso leve en su interior. Esa vibración era idéntica a ella misma, independiente del metal, la madera o el viento. Se detuvo sorprendida y se llevó la mano al pecho. El pulso se repitió como un llamado lejano fuera de la estación. Sintió un reconocimiento inmediato en su cuerpo.
El tren tocó el silbato para avisar la partida, pero Aysha decidió seguir esa vibración. Salió del andén y caminó hacia el pueblo.
Rinesa tenía casas bajas de colores apagados, techos desgastados y pozos en las plazas. Había burros cargando agua y niños observando desde lejos. Aysha avanzó por las calles y el pulso se volvió más fuerte, guiándola hacia las afueras.
Las casas empezaron a espaciarse hasta que llegó a un huerto ordenado con surcos de tierra y plantas que crecían en el clima seco. Aysha se detuvo al ver que la vibración venía de ahí. En el huerto trabajaba una mujer fuerte que movía el cuerpo con naturalidad y tenía las manos en la tierra.
Aysha sintió una cercanía inmediata con ella. La mujer levantó la vista y la miró. El pulso interno de Aysha aumentó.
—Tú... —dijo Aysha con sorpresa.
La mujer la observó con tranquilidad.
—Sabía que ibas a llegar —respondió con voz firme—. No sabía cuándo, pero sí que vendrías.
Aysha tragó saliva.
—Algo me guio hasta aquí.
La mujer asintió mientras se limpiaba las manos con un paño.
—Lo sentiste porque la tierra te respondió y tú reaccionaste a ella. Nos parecemos mucho.
Aysha dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
La mujer sonrió.
—Soy Olúnida. Cuido este terreno desde hace mucho tiempo. Y tú eres Aysha.
Aysha parpadeó confundida.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Olúnida señaló el suelo.
—Las raíces se comunican y tú tienes una presencia fuerte.
Aysha se preocupó un momento.
—Espero que eso no traiga problemas.
La mujer se acercó despacio.
—Eso depende de cómo uses la energía que llevas adentro. Depende de tu ritmo.
Aysha respiró profundo.
—No sé controlar este ritmo.
—Nadie sabe al principio —respondió Olúnida—. Pero vas a aprender.
Olúnida la invitó a entrar al huerto. Aysha dudó un momento, pero cruzó la cerca. La tierra crujió abajo de sus zapatos y el suelo pareció reaccionar a sus pasos.
—No tengas miedo —dijo Olúnida mientras movía tierra con una pala—. Aquí puedes estar tranquila.
Aysha bajó la mirada.
—Siempre me escondo para no llamar la atención.