Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 8 – El reflejo de los espejos

El tren avanzaba con una lentitud pesada, como si también sintiera que el sur no era un destino al que se llegara sin antes pensarlo dos veces. Cada tramo del camino parecía más seco que el anterior. La vegetación disminuía, el aire se volvía más áspero, y la luz del sol adquiría un tono más blanco, casi cortante. Aysha observaba el paisaje desde la ventana con una mezcla de curiosidad y cautela. Sabía que había llegado al territorio del que todos hablaban, aunque nadie lo describiera con precisión.

El vagón tenía menos pasajeros ahora. Muchos habían bajado en estaciones anteriores, prefiriendo quedarse en aldeas más verdes o ciudades más activas. Los pocos que permanecían estaban en silencio, como si hablar demasiado fuera una falta de respeto hacia la tierra que se aproximaba. Aysha sintió esa misma contención. No quería romper la quietud del ambiente; había algo expectante en el aire, como si el propio sur estuviera escuchando sus pensamientos.

Cuando el tren finalmente redujo la velocidad, sintió un ligero temblor en el estómago. No era miedo… era una mezcla de anticipación y reconocimiento. Aún no ponía un pie en el lugar, pero algo dentro de ella ya sabía que cruzar esa frontera sería un cambio.

La voz del conductor resonó en el vagón, algo apagada por los ruidos de los rieles:

—Estación de Rinesa del Sur. Bajada por el lado izquierdo. Permaneceremos quince minutos.

El anuncio fue suficiente para que Aysha respirara hondo y se pusiera de pie. Acomodó su bolso sobre el hombro, tocó instintivamente el borde de su cuaderno para asegurarse de que estaba allí, y avanzó hacia la salida.

El andén era pequeño, de madera gastada y metal oxidado. Nada que ver con las estaciones del norte, siempre cargadas de ruido, máquinas y movimiento. Aquí todo parecía más lento, más observado. Había unas pocas personas esperando: un par de aldeanos con sombreros de paja, un grupo de mujeres con cántaros, y un niño que jugaba con una cuerda mientras un perro lo seguía.

Aysha descendió los escalones del vagón y sintió el cambio inmediato. El aire era seco, casi filoso. El viento, aunque débil, arrastraba partículas de polvo que parecían pequeñas agujas contra la piel. No era un clima hostil, exactamente… pero tampoco era amable.

—Bienvenida al sur —murmuró para sí misma, tratando de normalizar la sensación.

Caminó unos pasos, buscando un lugar donde sentarse unos minutos. Observó cómo los aldeanos la miraban de reojo, no con desconfianza directa, sino con ese tipo de atención que se reserva para quienes llegan desde lejos con cosas que contar pero sin aún haberlas contado.

Mientras avanzaba, alcanzó a escuchar conversaciones fragmentadas.

—Dicen que las tropas se movieron hacia el oeste…

—Las cosechas ya no aguantan…

—Anoche vi señales en el cielo, como llamaradas…

—¿Crees que vuelvan los del emblema rojo?

Aysha no entendía todos los comentarios, pero podía sentir la tensión detrás de cada uno. El sur parecía haber vivido demasiados cambios en poco tiempo, algunos originados por conflictos que no alcanzaba a comprender.

Aun así, más allá del ruido de voces, algo vibró dentro de ella. Un pulso leve. No era metal, ni madera, ni viento. Era algo distinto, más cercano… más parecido a ella.

Se detuvo, sorprendida.

—¿Qué… es esto? —susurró, llevando una mano al pecho.

El pulso volvió a sentirse, como un eco profundo que parecía llamarla desde algún punto fuera de la estación.

No lo sintió como una amenaza. Lo sintió como reconocimiento.

—Alguien está ahí… —murmuró sin entender completamente la frase, pero segura de que era cierta.

El tren silbó, anunciando la partida. Aysha respiró profundo y decidió que aquel llamado era más importante que cualquier plan previo. Tomó su bolso, salió del andén y siguió su instinto.

El pueblo de Rinesa era pequeño: casas bajas, techos desgastados, pozos en las plazas, burros cargando cántaros, niños que miraban sin acercarse demasiado. Los colores estaban apagados por el polvo y el clima seco, pero aun así había una sensación de vida latiendo entre las grietas.

Aysha caminó por las calles con pasos medidos, observando cada detalle. La gente parecía acostumbrada a ver forasteros, pero no tanto como en las grandes ciudades. Aquí las miradas se clavaban un poco más, intentando descifrar a la recién llegada.

El pulso que había sentido en la estación se intensificó. No era doloroso ni abrumador, solo insistente. Como si algo —o alguien— quisiera asegurarse de que ella no se desviara.

—Está bien… te sigo —murmuró, sintiéndose un poco absurda por hablar al aire, pero también extrañamente acompañada.

Avanzó hacia las afueras del pueblo. Las casas comenzaron a espaciarse, los terrenos a volverse más amplios. Al cabo de unos minutos, distinguió una zona de cultivo. No era un campo grande, sino más bien un huerto organizado con cuidado: surcos de tierra, plantas que se esforzaban por crecer a pesar de la sequedad del clima, y herramientas acomodadas con precisión.

Aysha se detuvo al borde del huerto.

Allí estaba la fuente del pulso.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 24.04.2026

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