El tren avanzaba despacio hacia el sur.
Yo iba junto a la ventana, con el bolso apretado contra las piernas y el cuaderno guardado cerca, por si tenía que escribir algo rápido. El paisaje había cambiado mucho desde la última ciudad. Ya no veía tantos árboles ni casas juntas. Ahora había tierra seca, caminos largos, polvo y campos que parecían abandonados.
El sol entraba con fuerza por el vidrio y me molestaba en los ojos, pero decidí no cerrar la cortina. Quería mirar todo el paisaje exterior porque necesitaba saber exactamente a dónde estaba llegando.
En el vagón quedaban pocas personas. Una mujer dormía con la cabeza apoyada en una bolsa de tela, mientras un hombre repasaba un periódico viejo. Al fondo, dos niños permanecían sentados y hablaban en voz baja para evitar que su madre los regañara.
Yo no hablaba con nadie porque no tenía las más mínimas ganas de hacerlo.
Desde que salí de la ciudad del hierro, no dejaba de pensar en las cartas, en el encapuchado y en la guerrera que había visto bajar del tren. También pensaba en el nombre que él me había dicho que usara.
Ash.
Me parecía un nombre extraño, corto y fácil de decir, pero también demasiado fácil de olvidar.
Quizá por eso servía.
El tren empezó a frenar. El movimiento me hizo sujetarme del asiento. Afuera apareció una estación pequeña, casi vacía, con un letrero gastado.
Rinesa del Sur.
El conductor anunció la parada con una voz cansada:
—Estación de Rinesa del Sur. Parada de quince minutos.
Me quedé sentada unos segundos.
No tenía pensado bajar ahí porque ese pueblo no estaba marcado en mis notas, pero al ver el andén sentí una presión leve en el pecho que no llegó a ser dolor, sino una reacción rara, como cuando mi cuerpo nota algo antes que mi cabeza.
Me levanté.
Tomé mi bolso, revisé el cuaderno y bajé del vagón.
El andén era de madera vieja. Algunas tablas crujían al pisarlas. Había poca gente esperando: dos mujeres con cántaros, un hombre con un burro cargado de sacos, un niño jugando con un perro y un grupo de aldeanos que miraban el tren como si no pasara muy seguido.
El aire era seco. Me raspó un poco la garganta.
Di unos pasos sin saber muy bien qué buscaba. El tren seguía detenido detrás de mí. Pensé en comprar agua, volver al vagón y seguir hasta la siguiente ciudad.
Entonces lo sentí otra vez.
Sentí una reacción en el pecho que de pronto se volvió mucho más fuerte.
Me detuve.
Esa sensación no venía del tren ni tampoco del metal de las vías o de las plantas secas cerca del camino, sino que era otra cosa, algo vivo pero tranquilo.
Miré hacia el pueblo.
—¿Qué estoy haciendo? —murmuré.
Nadie me respondió, claro.
El silbato del tren sonó para avisar que pronto iba a partir. Me quedé mirando la puerta del vagón. Podía subir, sentarme y olvidarme de esa sensación.
Pero no lo hice.
Salí de la estación.
Rinesa era un pueblo pequeño de casas bajas y paredes claras donde algunas tenían la pintura descascarada, con pozos en dos esquinas, ropa colgada en cuerdas y perros echados bajo la sombra de la calle mientras la gente me miraba, pero no con miedo, sino solo con curiosidad.
Caminé despacio, siguiendo esa sensación en el pecho que me guiaba directamente hacia las afueras.
A medida que avanzaba, las casas se separaban más. Pasé junto a un muro de piedra, un corral vacío y una zona donde la tierra estaba trabajada en surcos. Al fondo vi un huerto grande y ordenado. No era lujoso, pero estaba bien cuidado. Había plantas fuertes, árboles pequeños y baldes con agua puestas bajo una sombra.
Ahí estaba ella.
Una mujer trabajaba agachada entre las plantas. Tenía las manos llenas de tierra y el cabello recogido de forma sencilla. Se veía fuerte. No fuerte como un soldado, sino como alguien acostumbrado a trabajar todos los días sin quejarse.
Levantó la vista antes de que yo dijera algo y me miró directamente, provocando que la reacción en mi pecho aumentara de golpe, por lo que me quedé quieta aunque no tuve miedo.