El amanecer no había terminado de formarse cuando Aysha dejó atrás Rinesa del Sur. La luz era tenue, casi indecisa, como si el día también dudara en entrar en aquella parte del mundo. El aire estaba cargado de humedad; cada respiración parecía contener fragmentos de bosque, hojas húmedas y tierra que llevaba demasiado tiempo guardando silencio.
Aysha avanzó con paso constante, aunque cada nuevo sonido —el crujido de una rama, el aleteo de un pájaro oculto, el roce del viento contra los troncos— parecía obligarla a tensar los hombros. La sensación no era exactamente miedo… era algo más complejo, más profundo, como si algo en el ambiente se esforzara por decirle que siguiera, pero con cuidado.
Llevaba su cuaderno contra el pecho. Desde que había dejado el huerto de Olúnida, ese cuaderno se había vuelto casi una extensión de su propio cuerpo. No solo guardaba frases y observaciones; guardaba calma. Era un lugar donde sus pensamientos podían respirar cuando el mundo exterior parecía demasiado grande.
—Solo un tramo más —murmuró para sí misma, aunque sabía perfectamente que no había manera de calcular "un tramo" en el sur. Ese territorio no se medía en distancia, sino en resistencia.
Mientras caminaba entre árboles altos, cubiertos de musgo, el cosquilleo en sus palmas volvió. Era diferente al que había sentido en la estación de Rinesa, distinto también al que había sentido en presencia de Olúnida. Este no era cálido, ni reconocible, ni invitaba a acercarse. Este era errático, inquieto, como si sus manos intentaran advertirle de algo escondido en los rincones del bosque.
Intentó ignorarlo, pero el cosquilleo se volvió más insistente.
—No estoy en peligro… solo estoy alerta —intentó convencerse, aunque ya no estaba segura.
Los árboles se hicieron más densos. El terreno, más húmedo. Y, de pronto, una sensación la obligó a detenerse.
Sentía que la miraban.
No desde un punto fijo, sino desde muchos.
—No… no puede ser —susurró, girando lentamente sobre sí misma.
No vio a nadie.
Pero su cuerpo insistía en que no estaba sola.
El primer pueblo que encontró parecía más un recuerdo que un hogar. Las casas de madera estaban abiertas, algunas con ventanas rotas, otras con ropa aún colgada en sogas que se movían suavemente con el viento. Había botas abandonadas en la entrada de una casa, una taza de barro caída junto a una mesa…
Todo parecía detenido en el tiempo.
Aysha tragó saliva.
—¿Hola…? —preguntó con voz suave.
El eco fue la única respuesta.
Avanzó despacio. Cada paso sobre la grava parecía demasiado fuerte. Pasó junto a un pequeño mercado improvisado: los puestos estaban volcados, las cajas vacías, y un par de frutas podridas eran lo único que quedaba.
Giró hacia la plaza central y vio algo que la detuvo.
En el suelo, había surcos, como marcas de arrastre. Botas entrando y saliendo del pueblo, como si un grupo hubiera llegado… y otro hubiera sido llevado.
Una puerta golpeó contra un marco.
Aysha se giró de inmediato.
Una anciana salió tambaleándose, agitada, con un chal desordenado sobre los hombros.
—¡No te acerques! ¡No te acerques! —gritó con una voz que temblaba no de edad, sino de miedo.
Aysha levantó ambas manos con suavidad.
—No voy a hacerle daño. Solo estoy pasando por aquí.
La anciana la miró fijamente, como si intentara descifrar algo invisible en su rostro.
—¿Eres… forastera? —preguntó al fin.
—Sí —respondió Aysha con sinceridad—. Solo busco cruzar estos bosques. No me quedaré mucho.
La mujer dio un paso atrás.
—Aquí ya no queda nadie. Se fueron todos… o los hicieron irse. No debiste venir.
Aysha sintió un escalofrío.
—¿Qué pasó aquí?
La anciana miró a su alrededor, como si temiera que cualquier sombra tuviera oídos.
—Los soldados… y los otros… los de túnicas. Preguntan por gente extraña. Por los que no envejecen. Por los que no mueren como deberían.
Aysha bajó la mirada, sintiendo cómo el corazón le golpeaba más rápido.
—No quiero problemas. Solo necesito pasar.
La mujer la tomó del brazo con una fuerza sorprendente.
—Entonces no digas tu nombre. Ni una sola vez. Hay oídos que lo tomarían como una confesión.
Aysha asintió.
—Lo prometo.
La anciana tembló.
—Y vete… antes de que regresen.
Aysha inclinó la cabeza.
—Gracias por advertirme.
Continuó su camino, pero cada paso se sentía más pesado que el anterior.
El bosque se volvió más oscuro a medida que avanzaba. Los troncos eran gruesos, retorcidos, cubiertos de líquenes. Era un lugar donde la luz llegaba filtrada, apenas suficiente para distinguir el camino.