Aysha dejó atrás Rinesa del Sur al amanecer. La luz era débil y el aire estaba cargado de humedad, con olor a bosque y tierra mojada. Avanzó con paso constante, aunque los ruidos de las ramas y las aves la mantenían alerta. Sentía un cosquilleo extraño e incómodo en las palmas de las manos. Presionó su cuaderno contra el pecho para calmarse.
—Solo un tramo más —murmuró, aunque sabía que en el sur era difícil calcular las distancias.
Los árboles se volvieron más densos y el suelo más húmedo. De pronto, se detuvo al sentir que la vigilaban desde varios puntos. Giró despacio, pero no vio a nadie. Su cuerpo le avisaba que no estaba sola.
Más adelante encontró un pueblo abandonado. Las casas de madera tenían las ventanas rotas y había ropa colgada en las sogas. Vio botas tiradas en las entradas y una taza de barro en el piso. Todo parecía detenido.
—¿Hola? —preguntó en voz alta.
Solo escuchó el eco. Caminó por la plaza central y vio marcas de arrastre en la tierra. Parecía que un grupo de personas había entrado al lugar para llevarse a los habitantes.
Una puerta golpeó un marco y Aysha se giró rápido. Una anciana salió temblando de una casa.
—¡No te acerques! —gritó la mujer con miedo.
Aysha levantó las manos.
—No voy a hacerle daño. Solo voy de paso.
La anciana la miró fijo para examinar su rostro.
—¿Eres forastera?
—Sí, busco cruzar el bosque. No me quedaré mucho tiempo.
—Aquí ya no queda nadie —dijo la mujer dando un paso atrás—. Se los llevaron a todos. No debiste venir.
Aysha sintió un escalofrío.
—¿Qué pasó?
La anciana miró a su alrededor con desconfianza.
—Los soldados y unos hombres con túnicas buscan a gente extraña. Buscan a los que no envejecen ni mueren.
Aysha bajó la mirada con el corazón acelerado.
—No busco problemas, solo necesito pasar.
La mujer la agarró del brazo con fuerza.
—Entonces oculta tu nombre. No lo digas nunca. Hay gente escuchando. Vete antes de que regresen.
Aysha asintió, le agradeció la advertencia y continuó su camino por el bosque oscuro. Los troncos eran gruesos y la luz apenas alcanzaba para ver el sendero. Buscó un espacio despejado y encendió una fogata pequeña para descansar.
Mientras miraba el fuego, escuchó un susurro muy cerca:
—Aysha...
Aysha se puso de pie de golpe con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Quién está ahí? —preguntó, intentando mantener la firmeza.
Nadie respondió. El bosque se quedó en completo silencio. Aysha buscó entre los árboles y revisó los alrededores.
—¡Muéstrate ahora mismo! —gritó con una voz que le sonó extraña.
El fuego parpadeó y la voz se escuchó de nuevo, sintiéndose muy cerca en su interior.
—Vete de aquí.
Aysha se quedó inmóvil y respiró con dificultad.
—¿Quién eres? ¿Dónde estás?
—Vete. Ahora —repitió la voz con fuerza.
Aysha apretó los puños. Sintió el impulso de quedarse, pero el miedo y un cosquilleo molesto en las manos la obligaron a obedecer. Cubrió la fogata con tierra usando sus manos y se alejó rápido. Cada crujido de las ramas la asustaba.
Al amanecer aparecieron las notas. Encontró una abajo de una piedra, otra adentro de su alforja y una más entre las páginas de su cuaderno. Todas tenían la misma caligrafía firme.
Las notas decían:
"No confíes en las hogueras solitarias"
"Hay ojos ocultos en las ramas"
"Si te preguntan tu nombre, guarda silencio"
"Algunos caminos llevan a jaulas"
Aysha se preocupó al terminar de leer. Entendió que el encapuchado caminaba adelante de ella para dejarle advertencias y protegerla.
Horas después llegó a otro pueblo que tenía movimiento. Había humo en las chimeneas y pisadas en el barro. Entró a una taberna pequeña que olía a humo y comida guardada. Se sentó cerca de la ventana y pidió agua. El tabernero la miró con desconfianza, pero le llevó el vaso.
Aysha tomó despacio y observó el lugar. Había dos hombres hablando junto al fuego y una mujer con un niño. De pronto, la puerta se abrió y entraron tres soldados con las botas sucias de barro. El lugar se quedó en silencio. Los soldados se sentaron cerca de ella y Aysha escuchó su conversación.