Dejé Rinesa del Sur al amanecer.
Todavía llevaba en el bolso las semillas que Olúnida me había dado. También llevaba mi cuaderno, las cartas sin firma y una sensación incómoda en las manos que no se iba. Caminaba por un sendero húmedo, con los zapatos llenos de barro y la ropa pegada al cuerpo por la neblina.
No me gustaba estar sola en ese camino, pero tampoco quería quedarme en el pueblo. Después de conocer a Olúnida entendí algo importante: había más personas como yo. Eso debía tranquilizarme. En parte lo hizo, pero también me hizo pensar que, si existíamos varias, alguien podía estar buscándonos.
Apreté el cuaderno contra el pecho y seguí caminando.
—Solo un tramo más —me dije en voz baja.
No sabía cuánto faltaba. En el sur era fácil equivocarse con las distancias. Un camino corto podía tomar mucho más tiempo si había lodo, raíces o árboles caídos. Yo no era buena calculando rutas en bosques. Sabía cuidar plantas, no orientarme entre caminos que se parecían demasiado.
Los árboles empezaron a estar más juntos. La luz entraba con dificultad y el suelo se volvió más blando. Cada vez que pisaba, el barro sonaba bajo mis botas.
Entonces sentí algo raro.
Sentí con claridad que alguien me observaba. Me detuve y miré a los lados. No vi a nadie. Solo había troncos, ramas mojadas y hojas quietas.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté.
Nadie respondió.
Me quedé quieta unos segundos más. El cosquilleo en mis manos aumentó. No sabía si era miedo o una advertencia de mi propio cuerpo. Respiré despacio y seguí caminando, pero ya no iba tranquila.
Más adelante encontré un pueblo abandonado.
Al principio pensé que estaba vacío desde hacía años, pero me equivoqué. Había ropa colgada en una cuerda, una taza rota en la entrada de una casa y botas tiradas junto a una puerta. Todo parecía reciente. Demasiado reciente.
Caminé por la calle principal con cuidado. Las ventanas estaban rotas y algunas puertas seguían abiertas, mientras que en la tierra había marcas de arrastre y huellas de muchas personas. Me agaché para mirar mejor.
Alguien había entrado ahí con prisa o con violencia.
—¿Hola? —llamé, intentando que mi voz no sonara asustada—. ¿Hay alguien ahí?
Solo escuché mi propia voz rebotando entre las casas.
Seguí hasta la plaza. Había un pozo en el centro y varias sillas volcadas cerca de una mesa. El lugar me dio una mala sensación. No quería quedarme, pero tampoco podía irme sin saber qué había pasado.
Una puerta golpeó contra el marco por el viento y me giré de inmediato.
Una anciana salió de una casa con una manta sobre los hombros. Tenía el rostro hundido y los ojos muy abiertos. Al verme, levantó una mano como si quisiera alejarme.
—¡No te acerques!
Levanté las manos para que viera que no llevaba armas.
—Tranquila. No voy a hacerle daño, solo estoy de paso.
La mujer me miró de arriba abajo.
—¿Eres forastera?
—Sí. Busco cruzar el bosque porque no quiero quedarme aquí.
—Mejor —dijo, con la voz temblando—. Aquí ya no queda nadie.
Miré las casas vacías.
—¿Qué pasó?
La anciana miró hacia la entrada del pueblo antes de contestar. Se le notaba que tenía miedo de que alguien la escuchara.
—Vinieron soldados y también hombres con túnicas oscuras. Revisaron las casas, hicieron preguntas y se llevaron a la gente.
Sentí frío en la espalda.
—¿Qué? ¿Por qué?
La mujer se acercó un poco y me agarró del brazo con fuerza. Tenía dedos delgados, pero apretaba con desesperación.
—Buscan personas raras. Gente que no envejece o que sobrevive a cosas que deberían matarla.
No respondí, simplemente no pude.
La anciana notó mi reacción y sus ojos se abrieron más.
—Tú sabes de qué hablo.
Tragué saliva.
—Solo necesito pasar.
—Entonces no digas tu nombre —me advirtió—. A nadie. Si te preguntan, guarda silencio o inventa uno, y si ves hombres con túnicas, corre; ni se te ocurra hablar con ellos.
—¿Usted está sola aquí?
—Me escondí en el sótano cuando llegaron. Cuando salí, ya no quedaba nadie.
Me dolió escuchar eso. Quise preguntarle si podía ayudarla, pero la mujer negó antes de que yo hablara.
—No te quedes por mí. Si vuelven y te encuentran, te llevarán también.
Asentí despacio.
—Gracias por advertirme.
—Vete ya.
Eso hice.
Salí del pueblo por el camino más estrecho y me interné otra vez en el bosque. No miré atrás hasta que las casas quedaron lejos. Cuando por fin me detuve, el corazón me latía muy rápido.