Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Capítulo 10 – El eco final

El amanecer estaba teñido de un gris opaco cuando Aysha abrió los ojos. No recordaba haber dormido, solo haber caído en un estado inquieto donde el cansancio era más fuerte que el miedo. Estaba en una pequeña posada, una de esas que parecían construidas para resistir el viento eterno del sur, pero no el paso del tiempo. La madera crujía con cada movimiento, y el aire, aunque tibio, contenía un silencio espeso que la obligó a incorporarse apenas despertó.

Se sentó en la cama, abrazándose los hombros. El cansancio físico era profundo, pero algo en su interior la empujaba a levantarse cuanto antes. Había una presión que no sabía explicar, una sensación persistente de que el día no sería uno más, sino un punto de inflexión.

—No sé qué me espera ahí afuera… pero tengo que continuar —susurró en voz baja, como para convencerse.

Respiró hondo, tomó su cuaderno y revisó las últimas páginas que había escrito. La letra temblorosa del día anterior reflejaba exactamente su estado: preocupación, agotamiento, una sensación de persecución constante. Pero también una voluntad que crecía con cada paso que daba.

Cerró el cuaderno con un suspiro y se puso de pie. Caminó hacia la ventana. La vista era lúgubre: nubes densas, árboles quietos, y a lo lejos… humo.

Aysha entrecerró los ojos.

—¿Qué… es eso? —murmuró.

Una línea gris ascendía al cielo como un dedo acusador. No era una chimenea. Era demasiado grueso, demasiado alto, demasiado oscuro.

—Eso no es normal —susurró, sintiendo que su corazón empezaba a acelerarse.

Tomó su bolso, ajustó su capa y salió de la posada. Cada paso que daba sobre las tablas del piso resonaba con eco, como si la construcción quisiera advertirle algo. Pero Aysha no se detuvo. Abrió la puerta principal y el viento frío le golpeó el rostro.

El olor llegó de inmediato.

Humo. Quemado. Pólvora.

Su respiración se volvió más rápida.

—No… no puede ser otra aldea… —dijo, recordando las escenas de ruina que ya había visto.

Pero algo dentro de ella supo la verdad.

Esta vez, el fuego no era consecuencia. Era provocación.

Era un cebo.

—Quieren que vaya hacia allá… —susurró, retrocediendo un paso.

Y justo entonces, lo escuchó.

Un crujido detrás de ella.

Aysha giró lentamente, con el cuerpo tenso.

Por el camino opuesto al humo… había hombres esperando.

Tres primero.

Luego cinco.

Finalmente, un grupo completo emergió entre los árboles.

Todos con túnicas deshilachadas que parecían negras en las sombras, pero al sol revelaban tonos grisáceos, manchados de tierra, ceniza y algo que Aysha no quiso identificar.

Llevaban herramientas: hoces, cuchillos, palos largos. Nada elegante ni ceremonial. Solo instrumentos que podían convertirse en armas si el fanatismo era lo suficientemente fuerte.

Uno de ellos levantó el rostro. Sus ojos estaban muy abiertos, inyectados de un fervor que heló la sangre de Aysha.

—Ahí está… —susurró el hombre —. La elegida.

Aysha dio un paso atrás mientras su corazón latía con violencia.

—Yo… yo no soy nadie especial —respondió con voz temblorosa—. Solo estoy viajando. No quiero problemas.

Un segundo fanático dio un paso al frente.

—La que toca la vida y la detiene —dijo—. La que los nuestros han visto. La que mueve lo que no debería moverse.

Aysha negó con la cabeza.

—No sé de qué hablan. No quiero pelear.

—No tienes que querer —gruñó un tercero—. Solo debes venir.

Aysha retrocedió más, elevando sus manos de forma instintiva, aunque sabía que no podía mover nada voluntariamente.

—Por favor… déjenme en paz.

El primer fanático levantó la hoz.

—No hay escapatoria. Si no vienes… te obligaremos.

Y atacó.

Aysha apenas alcanzó a apartarse. Sintió el filo rozar su brazo y cayó al suelo. El segundo fanático se abalanzó sobre ella, pero Aysha rodó hacia un lado. Su respiración era un temblor, sus manos un desastre.

—¡Aléjense! ¡No quiero hacerles daño! —gritó desesperada.

—No puedes hacernos daño —se burló uno—. No eres más que una niña perdida.

Entonces el aire cambió.

Un impacto seco sonó detrás de los fanáticos.

Un cuerpo cayó. Luego otro. Y otro.

Los hombres se giraron con sorpresa.

Aysha también.

Allí estaba.

La figura encapuchada.

El mismo que la había guiado, advertido y protegido durante semanas. Sus movimientos eran rápidos, precisos, silenciosos. No usaba armas largas; apenas un cuchillo pequeño y sus propias manos. Pero cada golpe era certero.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 24.04.2026

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