Aysha abrió los ojos en un amanecer gris. Estaba en una posada vieja de madera ruidosa. Sentía un cansancio profundo y una tensión extraña en el ambiente. Se incorporó en la cama.
—No sé qué me espera ahí afuera... pero tengo que continuar —susurró para convencerse.
Revisó su cuaderno y vio sus notas temblorosas sobre la persecución. Cerró el cuaderno, se levantó y miró por la ventana. A lo lejos subía una línea de humo negro y espeso.
—¿Qué... es eso? Eso no es normal —susurró con el corazón acelerado.
Ajustó su capa, tomó su bolso y salió de la posada. Al abrir la puerta, el viento le llevó olor a quemado y pólvora. Aysha entendió que ese fuego era una provocación para atraerla.
—Quieren que vaya hacia allá... —susurró dando un paso atrás.
En ese momento escuchó un crujido. Al girar, vio a un grupo de hombres armados que salían de los árboles. Eran cinco personas con túnicas oscuras y sucias que cargaban hoces, cuchillos y palos. Uno de ellos la miró con fanatismo.
—Ahí está... la elegida —susurró el hombre.
Aysha retrocedió con miedo.
—Yo... yo no soy nadie especial. Solo estoy viajando. No quiero problemas.
—La que toca la vida y la detiene. La que los nuestros han visto. La que mueve lo que no debería moverse —dijo un segundo hombre.
Aysha negó con la cabeza.
—No sé de qué hablan. No quiero pelear.
—No tienes que querer. Solo debes venir —gruñó un tercero.
Aysha levantó las manos por instinto.
—Por favor... déjenme en paz.
El primer atacante levantó su hoz.
—No hay escapatoria. Si no vienes... te obligaremos.
El hombre avanzó. Aysha esquivó el golpe, pero cayó al suelo. Rodó hacia un lado para evadir al segundo hombre.
—¡Aléjense! ¡No quiero hacerles daño! —gritó desesperada.
—No puedes hacernos daño. No eres más que una niña perdida —se burló uno.
De pronto, un golpe seco derribó a uno de los fanáticos. El encapuchado apareció y atacó al grupo con movimientos rápidos usando un cuchillo pequeño. Los hombres lo reconocieron con furia.
—¡Es él! ¡El traidor! —gritó uno.
—¡Acaben con ambos! —ordenó otro.
Aysha intentó levantarse para ayudar.
—¡Cuidado! —le gritó al encapuchado.
Eran demasiados agresores. Uno de los fanáticos lanzó una lanza que atravesó el costado del encapuchado. Aysha gritó:
—¡NO!
El protector cayó de rodillas, pero logró derribar a un atacante antes de que los demás huyeran asustados. Aysha corrió a auxiliarlo.
—¡No te muevas! ¡No te muevas, por favor! —suplicó sosteniéndolo del brazo.
—Aléjate... —murmuró él con la voz rota.
—¡No! ¡No voy a dejarte! —insistió ella llorando.
Con manos temblorosas, Aysha lo ayudó a quitarse la capucha y descubrió el rostro de un hombre joven.
—Mi nombre... es Blasto.
—Blasto... por favor... no hables demasiado. Estás muy herido, tenemos que—
—Escúchame —interrumpió él suavemente.
Aysha guardó silencio. Blasto respiraba con mucha dificultad.
—No soy... lo que crees. No soy un encapuchado... ni un cazador... Formo parte... de algo más antiguo.
Aysha se sorprendió.
—¿Antiguo...? ¿Qué quieres decir?
Blasto cerró los ojos un segundo.
—Existimos... desde mucho antes del cometa. Somos... los que vigilan. Los que protegen en silencio.
Aysha sintió un escalofrío.
—¿Existen otros? ¿Como tú? ¿Como yo?
—Muchos menos ahora. Pero sí —asintió Blasto débilmente.
Aysha apretó su mano.
—¿Por eso me seguías? ¿Porque soy como tú?
—Te seguía... porque me recordabas mucho a alguien... a mi hermana —negó él.
Aysha contuvo el aliento.
—¿Tu hermana...?
—Ella también... tenía un don. Y también la persiguieron por alguien a quien consideraba mi amigo.
Aysha bajó la mirada y una lágrima cayó sobre la mano de Blasto.
—Blasto... lo siento tanto...
—No llores... no aún —sonrió él débilmente.
Aysha lo sostuvo con más fuerza.