Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Epílogo – El jardín que perdura

Había pasado un siglo desde la muerte de Blasto.

A veces me costaba decirlo en voz alta. Cien años. Demasiado tiempo para una persona normal. Para mí, en cambio, el tiempo seguía avanzando mientras mi cuerpo se quedaba igual.

Yo seguía teniendo el mismo rostro. Las mismas manos y pero con un gran aumento de fuerza. No tenía arrugas nuevas ni señales claras de los años. Eso era útil para moverme, para ayudar y para escapar cuando alguien empezaba a hacer preguntas.

Pero también era agotador.

Por eso construí el invernadero.

Estaba escondido entre colinas bajas, lejos de los caminos principales. Nadie llegaba allí por accidente. Tenía paredes de vidrio viejo, madera reforzada y varias cerraduras que yo misma había instalado. Adentro guardaba flores, semillas, cuadernos y algunas cosas que no quería perder.

Caminé descalza entre las macetas. El suelo estaba frío y húmedo. Algunas flores ya estaban abiertas, aunque no esperaba verlas así hasta dentro de varios días.

Me agaché frente a una flor pequeña de pétalos rosados.

—Te adelantaste —murmuré, tocando apenas una hoja—. No era tu turno todavía.

La planta se movió un poco sin que yo usara mi poder, al menos no de forma consciente, porque a veces las plantas reaccionaban solo porque yo estaba cerca.

—Está bien —dije con una sonrisa cansada—. Haz lo que quieras. Tampoco voy a pelearme contigo por florecer antes.

Me levanté despacio y fui hacia la mesa del fondo. Allí tenía mis cuadernos. Algunos estaban llenos de nombres, fechas, rutas y lugares donde había ayudado a gente a escapar. Otros tenían dibujos de plantas, registros de semillas y notas sobre mi poder.

Abrí el cuaderno más reciente.

"Dos hermanos rescatados cerca de un molino".

"Una caravana desviada antes de una emboscada".

"Una familia salvada cuando moví unas rocas para bloquear el camino de los encapuchados".

Leí todo en silencio.

—Sigo haciendo lo mismo —dije para mí—. Solo que ahora me canso más por dentro.

Cerré el cuaderno y apoyé las manos sobre la mesa.

Hacía dos días había escuchado un rumor en una aldea donde un mercader hablaba de una batalla en el sur, diciendo que una guerrera había caído con muchos de sus soldados. No estaba seguro de los detalles, pero dijo un nombre que me dejó quieta.

Ayrinia.

La recordé de inmediato.

La vi una vez en una estación. Bajó del tren con soldados a su lado. No nos hablamos, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí que algo en mí reaccionaba. No supe explicar qué era. Ella tampoco dijo nada. Solo siguió caminando.

Desde entonces pensé muchas veces en ella.

—Ayrinia —dije en voz baja—. No sé si sigues viva. Ojalá sí.

Me senté en un banco de madera junto a unas plantas recién trasplantadas. Me quedé mirando mis manos.

Había protegido a muchas personas durante cien años

Había protegido a muchas personas durante cien años. Había evitado secuestros, detenido ataques y escondido familias enteras. Aun así, cuando todo terminaba, siempre volvía al mismo lugar: yo sola con mis cuadernos y mis flores.

Eso pesaba.

—Me gustaría hablar con alguien que entienda esto —admití—. Alguien que no me mire como si fuera una rareza.

El invernadero quedó en silencio.

Luego escuché mi nombre.

—Aysha.

Me quedé quieta.

Ese sonido no fue un grito ni tampoco vino de la puerta, sino que sonó cerca, como si alguien estuviera a mi lado, pero al mirar no vi a nadie.

—¿Quién está ahí? —pregunté, levantándome despacio.

—Aysha —repitió la voz.

Tragué saliva.

No era la primera vez que escuchaba voces extrañas. Años atrás, en el bosque, una voz me advirtió que me fuera. Esa vez tuve miedo. Esta vez también me inquieté, pero no sentí que estuviera en peligro.

—Habla claro —dije—. No me gustan los juegos.

—Me llamo Lularis.

Ese nombre me golpeó de inmediato

Ese nombre me golpeó de inmediato.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 17.07.2026

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