Aysha - La Hechicera de la Luna Roja

Epílogo – El jardín que perdura

Había flores que no existían en ningún mapa.

Crecían en silencio, ocultas bajo un techo de vidrio y madera reforzada, en un rincón del mundo que pocos visitarían por casualidad. No era un jardín público ni un campo abierto. Era un invernadero escondido entre colinas bajas y árboles viejos, alimentado por la luz difusa de un sol que atravesaba telas translúcidas y paneles gastados, como si el cielo supiera que ese lugar no necesitaba brillos violentos, sino claridad constante.

Aysha caminaba descalza entre las hileras de macetas. El suelo estaba cubierto por una mezcla de tierra compacta y tablas lisas. Con cada paso, sentía la textura fría y viva del lugar. A su alrededor, flores de pétalos blancos, violetas suaves, amarillos pálidos y azules extraños se abrían con delicadeza, como si estuvieran saludando a alguien a quien conocían desde hacía mucho tiempo.

Su apariencia no había cambiado.

El siglo se le había deslizado encima sin borrar sus rasgos ni marcar arrugas profundas en su rostro. Sus manos estaban un poco más firmes, su postura más segura, pero su expresión tenía la misma calma que cuando cuidaba un huerto humilde en una aldea desconocida.

Solo sus ojos eran distintos.

En ellos vivía el peso de historias que nadie más recordaba.

—Te estás volviendo caprichosa… —murmuró con una sonrisa leve, inclinándose hacia una flor pequeña de pétalos rosados—. Dijimos que ibas a florecer dentro de dos semanas, no hoy.

Rozó levemente el tallo con la punta de los dedos. No usó su poder, no lo necesitaba. La planta parecía responder solo a la familiaridad de su presencia.

—Te adelantaste —continuó, como si hablara con una niña traviesa—. Ahora todas las demás van a preguntarse qué tiene de especial tu rincón.

Se incorporó despacio, estirando la espalda. Habían pasado cien años desde aquella tarde gris en la que un hombre llamado Blasto cayó atravesado por una lanza frente a ella. Cien años desde su promesa. Cien años en los que sus pasos nunca se detuvieron por más de lo estrictamente necesario.

El invernadero era el único lugar que rompía esa norma, nació de las semillas que le había entregado Olúnida hace mucho tiempo.

Alzó la vista. El techo estaba recubierto de paneles que dejaban pasar la luz de manera difusa, creando una atmósfera blanda, serena.

—Me alegra de crear este lugar… —susurró—. Si no tuviera este rincón, no sé dónde pondría tantos recuerdos.

Se giró hacia una mesa de madera al fondo. Estaba cubierta de cuadernos apilados, frascos con semillas, pequeñas etiquetas marcadas con fechas y nombres de plantas.

Tomó uno de los cuadernos y lo abrió por la mitad.

Había anotaciones sobre viajes recientes: un pueblo en el que unos encapuchados intentaron secuestrar a dos hermanos; una caravana de comerciantes protegida a última hora moviendo rocas del camino con un gesto sutil de su mano; una familia que jamás sabría que la carreta en la que escaparon no volcó por una decisión silenciosa tomada a metros de distancia.

Su letra era firme.

Las páginas estaban llenas.

—Sigues moviéndote… —se dijo a sí misma—. Aunque no corras tanto como antes.

Cerró el cuaderno con cuidado y lo dejó donde estaba.

El silencio del invernadero se rompió apenas por el murmullo de un riachuelo artificial en una esquina y el suave crujido de la madera cada vez que el viento empujaba la estructura.

Aysha inspiró hondo.

Había algo más en el aire.

No era solo tierra húmeda ni plantas en crecimiento.

Era… noticia.

Recordó la voz del mercader de la última aldea que había visitado, dos días atrás. Aún podía escuchar con claridad cómo había bajado el tono mientras hablaba con otro hombre en una esquina de la taberna.

—Dicen que cayó con todo su ejército —había dicho el mercader, creyendo que nadie más escuchaba—. Contra sectas que ni siquiera sabemos nombrar. Que luchó hasta el final.

—¿Ella sola? —preguntó el otro.

—Dicen que no era como las demás. Que manejaba las armas como si hubieran nacido con ella. Que su mirada podía hacer retroceder a hombres entrenados.

Aysha, sentada en una mesa cercana con su capucha baja, había dejado de escribir.

Su mano se había quedado quieta sobre el papel.

—¿Nombre? —susurró el segundo hombre.

Hubo una pausa.

—Ayrinia —respondió el mercader—. La llaman la guerrera del juramento.

El mundo, por un instante, se había quedado muy pequeño.

Aysha recordaba aquel día en el tren como si hubiera ocurrido la semana pasada. El rostro de la guerrera, su postura, la manera en que la observó por unos segundos más de lo normal. No fue desconfianza. No fue temor.

Fue… reconocimiento.

Algo que ninguna de las dos pudo explicar entonces.

Aysha ahora estaba de pie en medio de su invernadero, con la mirada perdida en una línea imaginaria.



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En el texto hay: #misterio, #fantasía oscura, #inmortalidad

Editado: 24.04.2026

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