Hola, me llamo Lucía… y les contaré mi historia. En la escuela prefiero que me llamen Rushi, pero nadie allí conoce la verdadera historia de Lucía. Mi historia empezó con el miedo. Tengo 16 años y, desde que nací, mi mamá siempre fue cruel conmigo. Vivía con miedo constante. Me trataba como si fuera su sirvienta; siempre me insultaba y me repetía, con palabras que me dolían y me llenaban de angustia, que yo era un “error” y que era mi culpa que mi padre nos hubiera abandonado.
Cuando cumplí 12 años, empezó a golpearme. Cada golpe venía acompañado de terror y silencio, al punto de dejarme moretones o hacerme sangrar. Cuando ella bebía, la situación era mucho peor; la casa se llenaba de gritos y yo solo quería desaparecer. Hubo momentos en los que, ahogada por la angustia, llegué a pensar que si moría, por fin sería libre y dejaría de sufrir.
Pero incluso en esos momentos oscuros, siempre recordaba las palabras de mi abuela. Ella siempre estuvo ahí para mí, dándome un poco de luz cuando todo parecía perdido. Recuerdo una ocasión en la que mi abuela se puso frente a mi madre como un escudo, a pesar de que su cuerpo temblaba de vejez. Fue una pelea más de tantas, pero esa vez fue diferente. Recuerdo los gritos, el aire pesado. Mi corazón golpeaba tan fuerte que me dolía el pecho. Ella me protegió una vez más. Mis manos temblaban, el tiempo parecía ir más lento. Me miró por última vez y, es en ese instante, mi mundo se desmoronó para siempre.
La habitación se sumió en un silencio funerario. No pude hacer nada; la vi morir frente a mis ojos sin poder moverme, sin poder gritar. Ella era la única que siempre estaba ahí para mí, la que limpiaba mis heridas con ternura, la que me abrazaba cuando lloraba y me repetía que nada de esto era mi culpa. Mi abuela siempre asumía la responsabilidad de mis supuestos errores para que mi madre no me hiciera daño. Desde entonces, ella vive en mi mente como mi refugio; es donde me escondo cuando el mundo es cruel y donde encuentro calma cada vez que recuerdo sus palabras.
Mi refugio nunca fue un lugar con paredes. Siempre fue ella. Cuando todo duele, mi mente sabe exactamente a dónde ir: vuelve a mi abuela. Se desliza hacia ese rincón tibio donde su voz calmaba mis miedos y su presencia hacía que el mundo dejara de temblar. Desde que se fue, llevo conmigo un objeto que le perteneció, como si fuera un pedazo de su alma cuidándome. Lo toco cuando me siento perdida, cuando necesito recordar que no estoy sola. Es mi consuelo, mi ancla, la prueba silenciosa de que el amor no muere. Mientras mi mente regrese a ella y mis manos la recuerden, seguirá viviendo dentro de mí.
Mi abuela siempre llevaba un collar pequeño, una cadenita plateada con un dije sencillo que brillaba incluso en los días más grises. Decía que le recordaba que, aunque la vida doliera, siempre había algo a lo que aferrarse.
El día que murió frente a mis ojos, entre el caos y el miedo, mis manos temblorosas buscaron ese collar y lo apreté contra mi pecho como si fuera lo único que me mantenía en pie. Desde entonces, lo llevo conmigo a todas partes. Es mi tesoro, mi refugio silencioso. Cuando tengo miedo, cuando la angustia vuelve o el pasado intenta alcanzarme, lo toco y recuerdo su voz diciéndome que sea fuerte, que no estoy sola. Ese collar es esperanza, es consuelo, es amor. Es la prueba de que ella sigue conmigo, acompañándome en cada paso de mi vida.
El collar siempre fue especial, incluso antes de ser mío. Mi abuela lo llevaba como si fuera parte de ella, como si ese brillo suave guardara algo más que belleza. Era de plata delicadamente trabajada, con formas curvas que parecían abrazar la piedra central, una lágrima azul clara que atrapaba la luz sin necesidad de llamar la atención. Alrededor, pequeñas perlas descansaban como si protegieran su corazón. Ella decía que era valioso, no por lo que costaba, sino por lo que representaba: momentos, promesas, una vida entera vivida con amor. Cuando lo llevaba puesto, su mirada se volvía más serena, como si ese collar le recordara quién era y todo lo que había superado. Ahora lo uso yo, y cada vez que roza mi pecho siento que sigo llevando su historia conmigo, su fuerza, su refugio. Es el tesoro más grande que me dejó, porque en él todavía vive ella.
He entendido que sin importar cuántas veces mi mamá me haya golpeado, nada de eso me impedirá ser feliz. Hoy me levanto con el corazón temblando, sí, pero también con una fuerza que nadie puede quitarme. No importa cuántas veces mi mamá intentó romperme; no lo logró. El pasado existe, duele y deja cicatrices, pero no me define. Mi futuro lo decido yo. Voy a cambiar mi historia, voy a reconstruirla a mi manera, sin miedo, sin pedir permiso. Nadie volverá a decirme lo que valgo o lo que debo ser, ni mi madre, ni ninguna otra persona. Soy un ser humano, como cualquier otro, digno de vivir, de soñar y de elegir. Y mientras siga respirando, mientras mi corazón siga latiendo, jamás me rendiré. Esta es mi vida… y apenas está comenzando.