Un día me puse a investigar qué significaba mi nombre. No me lo puso mi madre; me lo puso mi abuela, y siempre supe que en esa elección había algo profundo. Cuando encontré su significado, me sorprendí tanto que las lágrimas empezaron a caer solas. No eran de tristeza; eran de alegría y de esperanza.
Mientras leía, apreté con mi mano el collar que era de ella, como si necesitara sentirla más cerca. En ese instante entendí que mi nombre y ese collar nacían del mismo lugar: del amor con el que ella me pensó. Mi nombre me recuerda quién puedo ser; el collar me recuerda de dónde vengo. Juntos me sostienen, como si mi abuela aún me guiara en silencio, diciéndome que todo va a estar bien.
Lucía significa: brillante, luminosa. Entender eso me hizo ver que dentro de mí siempre ha habido una chispa de luz y de esperanza, incluso en los momentos más oscuros. Saberlo me dio fuerzas para no rendirme. Cada vez que pienso en mi abuela, me repito lo mismo: ella estaría orgullosa de mí. Sus palabras siguen vivas en mi corazón, esas que me dijo antes de partir y que jamás voy a olvidar: “Nunca te rindas, nieta mía. Eres fuerte y valiente. No dejes que nadie se interponga en tus sueños ni en tu camino y sigue adelante, que yo te prometo que estaré ahí para ti.”
Esas palabras se las voy a cumplir. Mi abuela no murió en vano; me dio un propósito. Me enseñó que jamás debo rendirme ante los obstáculos, que siempre debo seguir. Sin embargo, aún queda uno que tengo que enfrentar, uno que me duele nombrar: mi madre. Superar su sombra y tomar distancia de lo que me lastima es parte de mi camino para poder ser feliz y libre, tal como mi abuela Ana quería para mí. Mientras siga avanzando, sé que su luz camina conmigo.
Cuando estaba a punto de cerrar mi computador, convencida de que ya había terminado de investigar el significado de mi nombre, la curiosidad me ganó. Había algo que todavía no me dejaba en paz, una sensación pequeña pero insistente que me ha acompañado desde niña: mi fascinación por Japón. Siempre he soñado con visitarlo, con caminar por sus calles, escuchar su idioma, sentir su cultura tan distinta y a la vez tan profunda. Pensé que, si algún día lograba ir, me gustaría saber cómo sonaría mi nombre allí. Entonces decidí investigar mi nombre en japonés.
Cuando vi los resultados, algo dentro de mi alma se iluminó. Mi nombre podía escribirse con caracteres que evocaban luz, amanecer, claridad. Fue ahí donde encontré Rushi.
No era solo una pronunciación diferente, era el significado. Brillar. Iluminar. Renacer. Leí esas palabras una y otra vez, como si necesitara asegurarme de que eran reales, de que no estaba imaginando esa conexión. En ese instante entendí que mi nombre no era casualidad y que, incluso en los momentos en los que me he sentido perdida, llevaba conmigo una promesa silenciosa. Mi nombre, en cualquier idioma, parecía decirme lo mismo: que siempre hay luz, que siempre hay esperanza y que, después de la noche más larga, el día vuelve a empezar.
Cerré la pantalla con una sonrisa suave. Tal vez aún no sabía hacia dónde iba, pero por primera vez sabía quién era yo realmente. Y eso, en ese momento de mi vida, era más que suficiente.