Ayúdame (volumen 1)

Mi primer día de clases

Hoy es mi primer día de clases. Antes de ir al colegio, vine aquí.

El cementerio está envuelto en un silencio pesado, casi respetuoso. El cielo es gris y el aire es frío, de ese frío que no solo toca la piel, sino que se mete en el pecho. La tierra aún está húmeda por la lluvia de anoche; el olor a tierra mojada lo invade todo, mezclándose con el de las flores frescas que llevo entre las manos. Me detengo frente a su tumba. Respiro hondo, aunque el aire se siente denso, como si él también supiera todo lo que cargo hoy.

Dejo las flores con cuidado. Mis ojos se llenan de lágrimas y caen despacio, mojando mis mejillas.

—Aquí estoy, abuela —susurro—. Empezando otra vez.

Mi voz tiembla, pero no se rompe. Le digo que la extraño, que hay días en los que todo pesa demasiado, pero que sigo de pie. Que su nieta es una guerrera. Que no me he rendido y no lo voy a hacer, aunque a veces duela respirar.

Le prometo que algún día seré libre de todo lo que me ata, incluso de mi propia madre. Me inclino y apoyo la frente contra la piedra unos segundos, cerrando los ojos.

—Camino por ti y por mí —le digo en un murmullo—. No voy a fallarte.

Al levantarme me seco las lágrimas con rapidez antes de salir. No quiero miradas curiosas. No quiero preguntas. Nadie tiene que saber lo que acaba de pasar aquí.

Para mi el colegio es un mundo nuevo. Yo no fui educada por mi madre; fue mi abuela Ana quien lo hizo. Ella fue mi escuela, mi refugio y mi mundo entero. Durante dieciséis años, mi único salón de clases fue la mesa de madera de la cocina. Allí me enseñó a leer, a escribir mi nombre, a sumar, a pensar. Aprendí sentada en su regazo, siguiendo con el dedo las palabras mientras su voz llenaba la habitación. Me enseñó las letras como quien comparte secretos importantes. Me enseñó que los libros no eran solo historias… eran puertas.

Mi madre nunca se preocupó por mi educación; para ella, yo era una carga. Ella pasaba los días atrapada en su propio desprecio y en sus botellas. Si hoy sé escribir mi historia, es por mi abuela.

Cada semana, me llevaba a la biblioteca. Siempre a la misma mesa junto a la ventana, siempre con el mismo libro: *Jane Eyre*. Mi abuela me explicaba que la autora lo escribió en una época en que las mujeres no eran escuchadas. Que su protagonista no era sumisa, ni frágil, ni silenciosa; era fuerte y valiente. Decía lo que sentía aunque el mundo no quisiera escucharla. Yo quería ser así.

Cada vez que abría ese libro, sentía que estaba aprendiendo algo más que palabras. Estaba aprendiendo coraje. La biblioteca olía a papel antiguo y madera. La luz entraba suave por la ventana y mi abuela me miraba leer como si yo fuera el milagro más grande del mundo. Pero cuando ella murió, murió la única forma de vida que yo conocía. Sin ella para justificar mi educación en casa, tuve que inscribirme en el colegio por políticas del gobierno. Mi madre lo hizo de mala gana, solo por evitar problemas legales.

Caminar hacia la entrada del colegio se sintió como cruzar la frontera hacia un país desconocido. El ruido me golpeó primero: risas y conversaciones rápidas de adolescentes que se movían con una naturalidad que yo no sabía imitar. Yo no sabía cómo encajar, no sabía cómo existir en grupo. Extrañaba el silencio ordenado de los libros. Apreté el pequeño collar de plata en mi cuello —el último regalo de mi abuela— y sentí un chispazo de determinación. No quería empezar este nuevo mundo siendo el nombre que mi madre gritaba con desprecio: “Lucía”. Ese nombre me dolía. En honor a la luz que mi abuela siempre vió en mí, elegí ser otra persona.

Cerré los ojos antes de entrar y respiré profundo. El corazón me latía fuerte, por los nervios, pero debajo de todo eso había algo más… sentía que hoy iba a ser un gran día.

Busqué mi salón entre pasillos que todavía me resultaban ajenos. Cuando por fin encontré la puerta correcta, respiré hondo antes de abrirla, como si ese simple gesto pudiera darme valor.

Al abrir la puerta del salón, descubro que la clase ya ha empezado. Todos están en sus puestos, hablando en voz baja o mirando al frente. El profesor se detiene y de inmediato, todas las miradas se posan sobre mí. Siento cómo el calor me sube al rostro.

—Pasa —dice el profesor con calma—. Antes de sentarte, preséntate, por favor.

Doy un paso al frente. Respiro hondo. Sonrío, aunque la sonrisa me pesa.

—Hola, me llamo Lucía —digo con una voz que intento que suene segura—, pero prefiero que me digan Rushi. Es mi nombre en japonés… porque algún día me gustaría ir a Japón.

Algunos me miran con curiosidad, otros apenas levantan la vista. Continúo hablando, aferrándome a las palabras como si fueran un salvavidas.

—Tengo dieciséis años. Me encanta escuchar música, cantar y bailar… y me gustaría no solo ser su compañera, sino también su amiga.

Por fuera parezco tranquila, pero por dentro todo tiembla. Nadie puede ver cómo mis manos sudan, cómo mis piernas apenas se sienten mías. Nadie sabe que tengo miedo. Miedo de no encajar, de ser rechazada, miedo de mostrarme tal como soy y que nadie quiera quedarse.

La ansiedad me aprieta el pecho y me cuesta respirar con normalidad. Mi corazón late tan fuerte que temo que alguien pueda escucharlo y busco mi collar bajo la ropa, apretándolo con fuerza para calmarme. Nadie aquí sabe mi secreto. Nadie sabe que mi madre me golpea. Nadie sabe que cargo con marcas que no siempre se ven…y aun así, sigo ahí, de pie, frente a todos. Porque aunque por dentro esté temblando, aunque la sonrisa sea una máscara, este es un nuevo comienzo. Y una parte muy pequeña de mí —la más frágil, la más valiente— espera que aquí todo sea diferente.



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En el texto hay: va aver suspenso y amor

Editado: 21.02.2026

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