Ayúdame (volumen 1)

¿Sera él mi alma gemela?

Con el pasar de los días todo parecía normal. Después de aquel día en que Noa me rescató, algo cambió entre nosotros. Sin darnos cuenta, empezamos a hablar más, a confiar el uno en el otro, y nuestra amistad se volvió cada vez más fuerte.

Han pasado ya dos meses. Noa se ha convertido en alguien especial en mi vida. Nuestra conexión es estrecha y sincera; nació de una experiencia que nos marcó a ambos, pero fue creciendo con el tiempo, entre conversaciones, silencios compartidos y momentos que se volvieron importantes. Sin embargo, este día empezó mal. Muy mal.

Mientras preparaba el desayuno, mi madre me dijo algo tan horrible que sentí como si un cubo de concreto me hubiera caído del cielo, aplastándome por dentro. Fue una de esas frases que no se gritan, pero que desgarran el alma. Me quedé paralizada. No respondí; solo guardé un silencio amargo mientras un nudo en la garganta me impedía tragar. Desayuné casi sin probar la comida. Salí de casa sintiendo que el mundo era gris y pesado, como si el día ya estuviera arruinado antes de comenzar.

Caminé con la cabeza baja, conteniendo las lágrimas, pero al levantar la vista frente al colegio, algo iluminó mi rostro. Allí estaba Noa, esperándome con esa sonrisa grande y hermosa que parece hecha solo para mí. En ese instante, el concreto se deshizo y en su lugar crecieron pequeñas chispas de luz dentro de mí. Supe que, aunque el día empezó como una pesadilla, junto a él podía convertirse en algo hermoso.

Caminamos juntos al salón. Nos reíamos de cualquier cosa: de un comentario absurdo, de un recuerdo tonto, de palabras que ni siquiera tenían sentido. A su lado, el ruido del pasillo y las miradas ajenas desaparecían. Todo se volvía lejano. Solo estábamos él y yo. Noa es la única persona que me permite ser yo misma, sin máscaras. Pero hay algo que todavía escondo, y me duele.

Lo que más me pesa es que tengo que ocultarle mi secreto más oscuro. No le cuento que en mi casa las cosas son un infierno. No le cuento que hay palabras que duelen… y a veces no son solo palabras. No es por falta de confianza, sino porque lo quiero demasiado. Tengo miedo de que, si lo sabe, todo cambie. Que me mire diferente. Que intente intervenir. Que se meta en problemas por mí. Por eso le miento. Le digo que “estoy cansada” o que “me golpeé con una puerta”. Me digo a mi misma que lo protejo, que es mejor que él siga sonriendo sin cargar con mis sombras.

Como de costumbre, nos sentamos juntos.. Es algo natural: él deja su mochila junto a la mía y yo acerco mi silla para estar más cerca. Pero últimamente he sentido algo diferente, una sensación de alerta que no logro ignorar. Shon nos mira. No es una mirada de aburrimiento,es algo oscuro y tenso. Sus ojos se clavan en Noa con una mezcla de celos y enojo que me eriza la piel. Parece que no soporta vernos reír. Y eso me asusta.

Porque no parece que solo esté incómodo. Parece que quisiera hacerle daño. A veces intento convencerme de que estoy exagerando. Que solo lo imagino. Pero hay algo en su mirada que me dice que no es así. Y aunque trato de seguir conversando como si nada, una parte de mí permanece alerta, preguntándose qué pasará el día que esa mirada deje de ser solo una mirada. y hoy lo que tanto temía, finalmente pasó.

Estábamos merendando en el receso cuando un escalofrío me recorrió la espalda. La piel se me erizó sin razón aparente, y supe, con una certeza que me heló la sangre, que algo no estaba bien. El ruido a mi alrededor seguía igual, las risas, las voces, el ir y venir de los estudiantes… pero para mí todo se volvió distante, apagado.

No porque lo viera, sino porque lo sentía. Esa presión incómoda en el pecho, esa intuición que grita sin palabras. Sentía una mirada fija y persistente. Mi corazón empezó a latir más rápido y el miedo se instaló en mi cuerpo, silencioso, pesado.

Tragué saliva. No quise girarme. No todavía. El aire se volvió denso, difícil de respirar, y tuve la sensación clara de que algo malo estaba a punto de pasar. Me acerqué al oído de Noa, fingiendo normalidad, y se lo susurré en voz baja. mientras mis manos empezaban a temblar. Busqué instintivamente el collar de mi abuela bajo la blusa, apretándolo para no desmoronarme.

Noa me contó en voz baja, como si temiera que alguien más pudiera escucharlo; que antes de que yo llegara, Shon tenía una fama terrible. Empujaba a los nuevos, hacía bullying sin motivo, golpeaba a cualquiera que se le cruzara en el camino.

Lo miré con los ojos abiertos, sintiendo cómo un nudo se formaba en mi estómago.
—Oh, Dios… ¿en serio hacía eso? —le pregunté, casi sin darme cuenta de que había hablado en voz alta. Noa asintió, serio.

Empecé a preguntarme si debía huir cada vez que lo viera, si lo más seguro era mantenerme lejos. ¿Y si me hiciera algo? ¿Y si conmigo volvía a ser el mismo de antes?...

Junto al miedo apareció otra duda, me preguntaba si alguien así podía cambiar, pero no tuve tiempo de reflexionar. Noa reaccionó de inmediato. Me tomó de la mano y empezamos a correr hacia el patio central, donde siempre había más gente.

El pasillo parecía interminable. Algunos estudiantes se giraron al vernos pasar, confundidos; otros se hicieron a un lado sin entender qué estaba ocurriendo. Sentía sus miradas en la espalda, pero no me detuve. El miedo no me dejaba pensar, solo seguir adelante.

Al salir al patio, el murmullo de la multitud me envolvió, pero ni siquiera ahí me sentí a salvo del todo. Noa se colocó delante de mí, protegiéndome, buscando con la mirada un lugar donde pudiéramos perdernos entre la gente. No sabíamos si Shon nos había seguido, pero la amenaza seguía ahí, suspendida en el aire. En ese momento entendí que Noa no corría solo por miedo, corría para cuidar mi seguridad, para asegurarse de que a mí no me pasara nada.



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En el texto hay: encontrar suspenso y amor

Editado: 23.02.2026

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