Ayúdame (volumen 1)

Mi primer amor

Noa se quedó en shock cuando le dije la verdad. Sus ojos, que siempre parecían tener respuestas para todo, se quedaron vacíos por un segundo. Yo ya no podía ocultarle nada; es demasiado atento, demasiado inteligente. Y además… es mi primer amor. No quería que nuestra historia estuviera construida sobre una mentira.

—¡¿Cómo es posible que tu propia madre te insulte y te golpee?! —exclamó furioso, bajando la voz para que nadie escuchara—. Eso no está bien, Rushi. ¡Hay que llamar a la policía ahora mismo!

Sentí miedo, pero no por mí.

—Espera, Noa… —susurré—. Sé que quieres protegerme, pero es mi madre. La quiero, aunque ella parezca odiarme.

Lo vi apretar la mandíbula con tanta fuerza que temí que se hiciera daño.

—Ok… lo entiendo —dijo finalmente, respirando hondo—. Pero una madre así no te está amando como debería. Y eso… eso hay que corregirlo de una u otra manera.

—No siempre fue así, Noa —le dije, intentando convencerlo y convencerme a mí misma—. Recuerdo cuando tenía cinco años. Me llevaba al parque los domingos y me empujaba en los columpios; se reía cuando yo gritaba que quería tocar el cielo. Me hacía trenzas y me decía que era su princesa valiente. Me aferro a esos recuerdos desde los seis años, como si fueran pruebas de que esa mujer todavía vive en algún rincón de ella… aunque ahora sus pasos suenen duros y su mirada ya no tenga luz.

—Lo entiendo rushi —murmuró él, suavizando su expresión—. Pero me duele.

Caminamos por la acera y él insistía en ir pegado a mi, como si su sombra pudiera protegerme de todo. El cielo se oscurecía y mi pecho se apretaba con cada paso hacia mi casa. Sentía el tiempo encima. Sentía el reloj imaginario contando los minutos de retraso.

Pero él seguía ahí.

—Te acompaño hasta la puerta —sentenció con esa terquedad dulce que lo caracteriza.

Negué suavemente.

—Noa… no hace falta.

—Sí hace falta.

Su voz no era desafiante, mostraba preocupación. Y eso era lo que más me rompía.

Lo miré e intenté sonreír, aunque sentía que esa sonrisa era frágil, como vidrio a punto de romperse.

—De verdad —le dije en voz baja—. Vete a casa tranquilo. Mañana nos vemos. le pedí, tomando sus manos.

Él frunció el ceño.

—No quiero dejarte sola.

Y en ese momento quise abrazarlo y no soltarlo nunca. Quise decirle que tampoco quería quedarme sola. Que cada noche era una batalla silenciosa. Pero no podía arrastrarlo a eso.

—Noa… —susurré—. Si mi madre te ve conmigo, será peor. No podría soportar que te hiciera daño por mi culpa.

Mis ojos se humedecieron, pero luché por mantener la calma. Me acerqué y besé su mejilla con ternura.

—Mírame —le pedí. Lo hizo.

Y por un segundo el mundo dejó de existir. Solo éramos nosotros, parados en medio de la calle vacía, con el miedo respirándonos en la nuca.

—Mañana me vas a ver —repetí, forzando una pequeña sonrisa—. Me vas a abrazar como siempre y todo estará bien… ¿sí?

Él no parecía convencido, pero acarició mi mejilla con una delicadeza que contrastaba tanto con lo que me esperaba al final de la calle.

—Te amo, Rushi —dijo.

Sentí que esas palabras me sostenían.

—Yo también te amo —respondí, y esta vez mi voz tembló.

Lo solté despacio, como si soltarlo fuera un error.

Caminé unos pasos hacia atrás sin dejar de mirarlo. Tenía miedo, miedo de girarme, miedo de lo que encontraría tras esa puerta. Pero también sentía amor. Un amor tan grande que prefería enfrentar sola mi tormenta antes que verlo herido por mi culpa.

—Vete —le pedí una última vez, casi en un suspiro.

Y cuando por fin se dio la vuelta, sentí que mi corazón se iba con él… mientras yo avanzaba hacia la casa que me esperaba con las luces encendidas y el miedo sentado en la sala.Pero a mitad de cuadra esa sensación volvió: el peso invisible de alguien acompañando mis pasos. Me desvié hacia un arbusto cercano y allí estaba él, escondido entre las sombras.

—¿Qué haces aquí? —susurré asustada. —No me sigas, Noa.

—Tuve que hacerlo. —Respondió sujetando mi brazo—. No puedo dejarte sola sabiendo lo que te espera.

—Tengo miedo de que te lastime a ti. Vete, por favor. Te lo suplico. No quiero perder a nadie más… —mi voz empezó a quebrarse—

—Es un riesgo que tomaré. —Sus ojos no dudaron ni un segundo—Primero, no me vas a perder. Y lo hago porque te amo. Te amo, Lucía.

Por un instante, el aire se volvió más cálido. Como si el mundo, cruel y oscuro, nos regalara un segundo de paz. Pero el miedo seguía ahí.

—Si mi madre sale y te intenta hacer algo…

—Puedo defenderte.

Cerré los ojos un segundo.

—Gracias… pero yo puedo sola. Ya he vivido esta batalla constantemente. Sé cómo enfrentarla.

Él me observó con dolor.



#16074 en Novela romántica
#4293 en Thriller
#1637 en Suspenso

En el texto hay: encontrar suspenso y amor

Editado: 23.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.