POV: NOA
Rushi no tenía idea de lo que estaba pasando afuera. No sabía que yo estaba a pocos metros de su casa, oculto entre las sombras, mirando su ventana como si fuera la única luz en un mundo que se caía a pedazos.
Recuerdo cómo me temblaban las manos cuando marqué el número de Leo. Caminaba de un lado a otro por la acera, tratando de no perder los estribos.
—Leo… necesito ayuda —le dije en cuanto respondió.
Le conté todo: los golpes, la situación de Rushi, el miedo que sentía. Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.
—No hagas nada impulsivo —me ordenó él—. Espérame. Yo lo voy a resolver.
Esperar. Esa palabra se volvió una tortura. Me quedé allí, vigilando la casa, observando cada sombra que se movía tras las cortinas. Pasó una hora. Luego otra. El teléfono seguía en mi mano, mudo. Ni una sirena, ni un mensaje, ni el auto de mi hermano doblando la esquina.
La noche se hizo más fría, pero mi pecho ardía de impotencia. Pensaba en Rushi ahí dentro, sola, aguantando el infierno, mientras yo esperaba una ayuda que no llegaba. Volví a marcar a Leo, pero no respondió. Fue entonces cuando lo entendí: nadie iba a venir a salvarla esta noche. Si algo iba a cambiar, dependía de mí.
No estaba pensando con rabia, sino con un amor desesperado. Recorrí el patio trasero en silencio. Divisé una escalera apoyada contra la pared y, justo arriba, una ventana entreabierta. No sabía si era la habitación de Rushi o la de su madre, pero era mi única oportunidad. Subí cada peldaño con el corazón en la garganta. No era valentía; era el terror de que, si no hacía algo ahora, la perdería para siempre.
POV: LUCÍA (RUSHI)
La noche había caído por completo cuando todo terminó de romperse. Estaba en mi habitación, sentada en el borde de la cama, con la luz apagada. Afuera solo entraba la claridad pálida de la luna por la ventana que siempre dejo un poco abierta, solo para sentir que el aire me pertenece. El silencio en la casa era denso, interrumpido apenas por el televisor de la sala y el tintineo de las botellas de mi madre.
De repente, la puerta se abrió. Mi madre entró con un bate de madera que había encontrado por ahí. No recuerdo sus palabras; solo recuerdo la tensión eléctrica en el aire, el objeto levantándose y el sonido seco cortando el silencio. Después… el suelo frío. Me quedé allí, inmóvil, sintiéndome pequeña y rota mientras ella cerraba la puerta y me dejaba en la oscuridad como si yo no fuera nada.
No sé cuánto tiempo pasó, pero lo siguiente que sentí fueron unos brazos firmes rodeándome. Ese olor familiar, una mezcla de su perfume y el miedo, me hizo abrir los ojos. —¡Noa! —susurré, aterrada—. ¿Qué haces aquí? ¡Te dije que te fueras!
—Vine por ti, Rushi. Voy a protegerte de esa mujer —su rostro estaba marcado por una decisión inamovible.
—¿Y si te pasa algo por mi culpa?
Sus ojos brillaron con una fuerza que nunca le había visto.
—No me importa. Porque te amo. Y nadie va a cambiar eso, ni siquiera tu madre.
Apreté con fuerzas el collar de mi abuela mientras él me cargaba con cuidado. Bajamos por la escalera del patio, cada crujido del metal sonando como una amenaza. Cuando tocamos el suelo, por un segundo creí que lo habíamos logrado, hasta que un grito desgarró la noche. —¡Lucía, ven para acá ahora mismo! —era mi madre, asomada a la ventana.
—Ella no va a volver con usted —sentenció Noa, poniéndose frente a mí como un escudo. —¡No es tu problema, mocoso! —rugió ella.
—Sí lo es. Usted la maltrata y yo no voy a permitirlo. Soy el que la va a proteger de usted.
Empezamos a correr. Mis piernas apenas respondían, pero el miedo me empujaba. La casa de Noa estaba a solo unos metros, la luz del porche encendida prometía un refugio. Y entonces, escuché el rugido de un motor. Un chirrido de llantas mordiendo el asfalto. No estábamos huyendo; estábamos siendo cazados.
El auto frenó bruscamente frente a nosotros. Mi madre bajó con los ojos desencajados, brillando con una victoria enferma. En un movimiento rápido, levantó el bate. El golpe fue seco. Noa cayó al suelo y el mundo se inclinó.
Me arrodillé junto a él. La sangre corría por su rostro, manchando mis manos.
—No te la vas a llevar… —murmuró él, intentando incorporarse con una firmeza sobrehumana.
Mi madre se acercó despacio. Se inclinó sobre él y le susurró con una voz fría y vacía: —Saber que vas a morir lo cambia todo… porque ya no tendrás la oportunidad de volver a verla. Disfruta tu último aliento.
Me tomó del brazo y me arrastró hacia el auto.
—¡Mamá, suéltame! ¡Cinco minutos! —supliqué entre sollozos—. ¡Déjame despedirme!
Ella me observó con una sonrisa torcida, evaluando cuánto más podía romperme.
—Cinco minutos —dijo—. Para que te des cuenta de todo lo que vas a perder por desobedecerme.
Corrí hacia Noa. Sus ojos estaban cansados, pero al verme, algo en ellos se encendió. Le acaricié el rostro con manos temblorosas.
—No te voy a dejar… —le dije, aunque sabía que era una mentira—. Vas a vivir, Noa. Vas a ser feliz, aunque no sea conmigo.